Dos paradigmas de lo exquisito

Podría resultar paradójico el título, casi un contrasentido. Lo es que sean dos muestras de lo exquisito las que se dieron a la comunidad lectora bajo idéntico nombre, porque exquisito (ex quaerere) es lo que se desea de un modo especial, en el extremo hablamos de lo que se selecciona sin parangón. Cada cosa tiene su ángel, a diferencia de lo demoníaco que jamás singulariza. Lo propio del demonio son los grandes números, es siempre Legión. Eso no quiere decir que los ángeles sean uno o pocos. En realidad, y si nos atenemos a la mística hebrea y a Walter Benjamin, lo que cuando menos resulta oportuno en el caso de Cacciari pero también en la estrategia de edición ahora de Stevens, con un ángel de Paul Klee como portada, es factible decir que son incluso muchísimos aunque su vida sea a veces tan corta como la de las mariposas efímeras. Aviso para melancólicos: puede que nuestro ángel sea tan breve como un suspiro o como un cierto brillo enamorado en los ojos de alguien que, de repente, nos mira. Lo exquisito, igual que ocurre con los libros, tiene una existencia corta. Entre lo ya olvidado y lo que todavía sobrevive en nuestra memoria.

El libro del poeta Wallace Stevens es una gema de la filosofía; puede que su antecedente más remoto, sobre todo por lo que se refiere a la pesquisa sobre la facultad imaginativa, sea la Biographia Literaria del también poeta Samuel Taylor Coleridge. En cambio, el libro del filósofo Massimo Cacciari, que toma como punto de partida la cita completa de The Necessary Angel de Wallace Stevens, es en muchos aspectos una teoría poética, una cosmología de las inteligencias separadas o angélicas. Pero nos equivoquemos; jamás se entienda lo imaginario como de una naturaleza diversa a lo real: “I am the angel of reality, / Seen for a moment standing in the door…” Uno, siempre uno, porque lo propio del ángel es ser la propiedad de algo singular. Pero también muchos porque sólo permanece “for a moment”.

Imaginar no es contradecir la realidad, sino ampliar su potencia, lo posible hasta lo impensable. Stevens dirá que la poesía es una satisfacción del deseo de semejanza, pero lo que la identifica de manera específica es que “en acto de satisfacer el deseo de semejanza toca la sensación de realidad, ensancha la sensación de realidad, la eleva, la refuerza”[1]STEVENS, Wallace: El ángel necesario. Ensayos sobre la realidad y la imaginación. A. Machado Libros, Madrid, 2018, p. 63.. O, como dirá nada más comenzar sus Adagia, “un objetivo válido para la poesía es dar una idea de la frescura e intensidad de la vida” (to give a sense of the freshness or vividness of life)[2]STEVENS, Wallace: Poesía reunida. Lumen, Barcelona, 2018, p. 685.. Se trata de ensanchar lo vivo, no de sustituirlo. Me atrevo a decir que lo hermético de la poesía, y nadie objetará que el atributo de hermetista le cuadra de maravilla al gran poeta americano, al más profundo junto a T.S. Eliot, tiene que ver con ese plegamiento imaginario a lo real. Se parece a la inmediatez de una mirada, ajena todavía a la abstracción o al concepto.

En este sentido, y si se me obliga a rescatar a un filósofo que esté a la altura de compartir la tensión realizadora de la imaginación, tal como la interpreta Wallace Stevens, sólo se me ocurre uno, que a la fuerza ha de ser entonces tan libre y profundo. Me refiero a Clément Rosset, quien advierte de la fuerte relación que existe entre la ilusión y la estructura paradójica del doble, puesto que, dice, “la noción del doble implica en sí misma una paradoja: la de ser a la vez ella misma y el otro.”[3]ROSSET, Clément: Le réel et son double. Gallimard, París, 1976, p. 19.. La ilusión, en este primer sentido de engaño o ceguera, que es el único que tiene en común con la palabra en francés, y que Rosset atribuye al pobre Swann proustiano, es tarea de la fantasía. Pero no hay nada de fantástico en el poeta, sino de una imaginación que está hecha de la misma estofa que lo real y que lo amplía y por así decir lo airea. Claro que esto se parece mucho también a la ilusión, pero en ese otro sentido que tiene la palabra en español, de tal manera que también podríamos hablar de la ilusión y su doble, siendo éste el que el propio Stevens delata cuando escribe: “La poesía es la imaginación de la vida. Un poema es un pormenor de la vida pensado durante tanto tiempo que el propio pensamiento se vuelve un elemento inseparable de la vida, o bien un pormenor de la vida sentido con tal intensidad que ha sido penetrado por el sentimiento”[4]STEVENS, Wallace: El ángel necesario, p. 56..

Pero no perdamos de vista lo que se propone el filósofo si deviene poeta, a qué dimensión no es empuja con su libro exquisito: “Utópica es la dimensión del Ángel. Su lugar es el País-de-ninguna-parte, cuarta dimensión más allá de la esfera que delimita los ejes del cosmos visible, mundus imaginalis. Nadie sabría indicar el camino que allí conduce. Sólo el Ángel, guardián del verbo divino, icono del ad- verbum, intermediario necesario a todos los profetas hasta Mahoma, puede realizar largos viaje desde este ninguna- parte invisible, desde su Caelum- Caeli, Domus y Civitas del Señor, inalterable y eterna, (San Agustín, Confesiones, XII, 11), hasta el templo interior del hombre, penetrar sus tinieblas, ayudarle a encontrar su propio Oriente”[5]CACCIARI, Massimo:El ángel necesario. Visor, Madrid, 1989, pp. 15-16. Así pues, la ontología deviene topografía, mapa intermundano, y también en este sentido la imaginación poética es capaz de ensanchar la vida cuando la ensalza. Hay ángeles porque hay palabras, el silencio es demoníaco mientras que lo angélico suena a polifónico, no uno sino más de uno, puede que muchísimos. Pues, como apunta Cacciari tomando como a la mística de Eckhart, decir es glorificar lo invisible sin esperar nada de él, sin provocar nada en él[6]CACCIARI, Massimo: El ángel necesario, p. 34..

Entonces el ángel imaginario, el ángel de lo real, conecta mundos, es intermediario como en Diótima de Mantinea o, para el caso, en Simone Weil. Daimon mediador, metaxi, pero no diabolus o separador. Y no es uno sino dos o más, porque puede ser por ejemplo el Angelus Novus de Klee y Benjamin, abrazado a cada uno de nosotros en el instante, por lo que tiene de mínimo y de irrevocable. Porque así me parece que se elabora el poema, según el principio de lo mínimo irrevocable. No es una vez de muchas lo que sostiene al imaginario poético, nos tal cosa lo que conmemora, sino la última de otras tantas. Como señala Cacciari, “lo que decide de la vida no se decide en la vida.”[7]CACCIARI, Massimo: El ángel necesario, p. 62. El ángel nos contempla desde un ápice, como un cruce de mundos, a veces desde la crisis o incluso desde la desolación. Wallace Stevens, el menos inclinado por su concepción de la vida al pathos, diría que “el deseo de disfrutar la realidad es un deseo de elegancia.”[8]STEVENS, Wallace: El ángel necesario, p. 64. Ya, se me dirá que la trascendencia poética es un artefacto, pero si eso lo consideramos como un minusvalor tampoco entenderemos la trascendencia en general. El ángel habrá volado, lo habremos perdido. La poesía no deja todo como está, sino que lo que está se agranda. Y el filósofo, incluso uno tan poco inclinado a la lírica como Tomás de Aquino, echará de menos el canto, quia sacris angelorum solemniis interesse non possumus (De substantiis separatis 1, 42). Algunos cuando pensamos siempre lo hacemos como expulsados del coro.

Título: El ángel necesario: ensayos sobre la realidad y la imaginación
  • Autor/es: Wallace Stevens
  • Editorial: Antonio Machado Libros
  • Nº de páginas: 141
  • Encuadernación: Rústica

Referencias   [ + ]

1. STEVENS, Wallace: El ángel necesario. Ensayos sobre la realidad y la imaginación. A. Machado Libros, Madrid, 2018, p. 63.
2. STEVENS, Wallace: Poesía reunida. Lumen, Barcelona, 2018, p. 685.
3. ROSSET, Clément: Le réel et son double. Gallimard, París, 1976, p. 19.
4. STEVENS, Wallace: El ángel necesario, p. 56.
5. CACCIARI, Massimo:El ángel necesario. Visor, Madrid, 1989, pp. 15-16
6. CACCIARI, Massimo: El ángel necesario, p. 34.
7. CACCIARI, Massimo: El ángel necesario, p. 62.
8. STEVENS, Wallace: El ángel necesario, p. 64.
Julio García Caparrós

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