Donald Trump, otra bofetada a la democracia.

Donald Trump (Wikimedia Commons)
Donald Trump (Wikimedia Commons)
Donald Trump (Wikimedia Commons)

Cuando el 1 de Enero de la bienvenida al año 2017, se cumplirá una década desde que los vientos comenzaron a soplar de forma desfavorable a un modelo económico capaz de generar inmensas dosis de riqueza pero a la vez provocar enormes desequilibrios sociales. Tras esos diez años de crisis el mantra de lo inevitable y del «no se puede hacer otra cosa» ha traído como consecuencia que el tablero político y el marco social se esté trastocando de manera más que sensible en la escena mundial. Que por ejemplo en España la última encuesta del CIS afirme, a pesar de los optimistas datos macro-económicos, que la percepción real para más del 62 % de la ciudadanía es que el próximo año va a ser igual o peor que este, que en Europa el auge de nuevas formas de fascismo parezcan irreversibles y que un personaje como Donald Trump haya alcanzado la presidencia de EE.UU., el país más poderoso y determinante del planeta.

Qué duda cabe que la rival de Trump en estas elecciones tampoco ha estado a la altura de semejante órdago. Hillary Clinton representaba el establishment, ese grupo dominante que tanto en EE.UU. como en Europa ha creado una estructura de poder por y para las élites y que de hecho ya tuvo más dificultades de las previstas para lograr ganar las primarias demócratas ante la sorpresa de un político septuagenario, Bernie Sanders, que venía a encarnar a la socialdemocracia clásica y que había captado numerosos adeptos en los cinturones industriales de las principales ciudades norteamericanas. Su mensaje caló en una población deprimida por los bajos salarios y una recuperación económica inexistente para los mismos. El mismo caladero de votos que para Donald Trump, aunque si bien para Sanders la salida a la misma pasaba por las fórmulas keynesianas empleadas con éxito tras la 2ª. Guerra Mundial y la Gran Depresión, en el caso de Trump esta pasa por un discurso donde la xenofobia, el sexismo y el racismo forman parte fundamental de la misma.

Del mismo modo que Hitler conquistó el corazón de los alemanes con la condena a los judíos para dar respuesta a la profunda crisis en la que se encontraba sumida Alemania después de su derrota en la primera Gran Guerra, las exorbitantes sanciones impuestas en los Tratados de Versalles y las secuelas de la Gran Depresión, tanto Trump como los partidos ultranacionalistas de nueva cuña en la extrema derecha europea están tomando como principal caballo de batalla de esta crisis interminable el fenómeno de la inmigración. Ante la falta de respuestas de la política clásica, distanciada por completo de la realidad de los ciudadanos, los inmigrantes parecen estar siendo el chivo expiatorio donde se pretende hacer recaer todos los males del modelo económico actual. No en vano en el Reino Unido desde la victoria del Brexit en el referéndum del pasado mes de Junio y desde hace solo unos días tras la victoria de Donald Trump en EE.UU. las agresiones a inmigrantes se han multiplicado según informan los medios y las autoridades locales.

Lejos de buscar debida respuesta a una situación que se está amplificando día a día a lo largo y ancho de esa zona del mundo a la que dimos en llamar Occidente, las formaciones políticas tradicionales además de no cortar de raíz tamaño envite que está poniendo en riesgo a la mismísima democracia, muy por el contrario, cada vez se escoran más hacia posiciones más conservadoras e intentan reforzarse con pronunciamientos de corte nacionalista con el ánimo de calmar a esa parte del electorado proclive a tales excesos. En apoyo de los mismos toda una poderosa industria mediática, controlada por las citadas élites, da cobertura al problema confiriendo un mismo común denominador para todos aquellos partidos, grupos, plataformas y movimientos sociales y políticos que aún desde posiciones y alternativas completamente opuestas proponen soluciones distintas a las formuladas como inevitables por el sistema.

La crisis de la socialdemocracia, reconvertida en los 90 a una nefasta Tercera Vía por Tony Blair y Gerhard Schröder en busca del voto de las clases altas renunciando con ello a muchos de sus postulados habituales, ha acentuado aún más el problema al dejar de ejercer como contrapeso a las ideas liberales y dando así alas a la versión más radical de la teoría capitalista verdadero germen de la crisis actual.

Si en unos años la democracia consigue abrirse camino ante tales amenazas y los peores presagios de autores de décadas pasadas, auténticos visionarios en su día de un futuro distópico que cada vez se hace más presente como Ray Bradbury, Aldous Huxley o George Orwell entre otros, será motivo de estudio en Ciencias Políticas como los partidos políticos tradicionales han podido alcanzar tal grado de desafección por parte del pueblo y tal grado de desconexión con la realidad. Cómo ésta última es deformada y manipulada por los grandes medios de comunicación y en las redes sociales, cómo pueden ser encumbrados personajes como Donald Trump y otros con un discurso tan agresivo como racista o cómo la corrupción política puede campar a sus anchas y encontrar acomodo entre el electorado facilitándole una y otra vez el acceso a tareas de gobierno en países tan avanzados de ese mismo marco occidental. Entre otros muchos desmanes que harían casi interminable la lista.

Por último, mención aparte merecen los fallos en las encuestas preelectorales que presagiaban una victoria, más o menos holgada, de la Sra. Clinton. Una vez más, como ocurriera en Israel, Colombia, España o el Reino Unido, en los últimos tiempos las empresas demoscópicas han vuelto a errar en sus pronósticos. El porqué de esto, aún imposible de responder de forma absolutamente certera, podría radicar en varios y diferentes factores. Entre ellos que las encuestas se realizan, por regla general y por una mera cuestión de costes, entre un pequeño número de personas lo que no parece ya de por sí una muestra lo suficientemente elocuente. Que, en las circunstancias actuales por uno u otros motivos, el encuestado miente o no se manifiesta de forma clara, proponiéndose por una indefinición que realmente tiene poco de incierta. Y, sobre todo, una interpretación quiérase o no subjetiva de la llamada “cocina” de las mismas que son los datos que se acaban facilitando y no los que emanan directamente del trabajo de campo. Quizá no haya mejor prueba de ello por su cercanía que, en España, se da el caso que las encuestas encargadas por los medios de comunicación son más o menos favorables a la derecha o a la izquierda política, según se trate de un medio conservador u otro más progresista.

En definitiva, estamos en una época de la historia en la que asediados por los medios de comunicación, las redes sociales y la malintencionada cuando no burda verborrea de buena parte de la clase política dirigente empeñada en modular nuestras opiniones y creencias en beneficio propio y al servicio de unas élites dispuestas a todo por mantener un modelo económico que les reporta enormes beneficios, solo el sentido común y de motu proprio un análisis sosegado de los acontecimientos pasados y recientes nos podrá permitir afrontar un futuro cada vez más incierto.

Felipe Pozueco

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