Diálogos invisibles: La danza

Armstrong, John; A Stately Dance; Scarborough Collections; http://www.artuk.org/artworks/a-stately-dance-9167
John Armstrong, Una danza majestuosa, 1945.

¿Por qué bailamos? Desde tiempos remotos, cualquier cultura, en cualquier parte del mundo, se ha puesto a bailar, hacerlo es parte de nuestra forma de ser y de relacionarnos con el entorno; asistimos a la danza como bailarines, pero también como espectadores, bailamos pasadísmos a altas horas de la noche en discotecas, vestidos con ropa tradicional en una plaza de pueblo o de etiqueta en salones bien elegantes, en la calle, en naves abandonadas, en la cocina, el jardín… Tanta es su importancia, que también la hemos tratado de capturar plásticamente casi desde sus orígenes, y eso tal vez nos da una pista: bailamos igual que respiramos, hablamos o sentimos.

Ya en la Prehistoria, los primeros grupos humanos bailaban, como evidencian numerosas pruebas arqueológicas y artísticas. Eran danzas llevadas a cabo en espacios abiertos y en las que participaba todo el colectivo. No hay muestras de que existiera una coreografía, pero sí debieron realizarse al ritmo de la música (palmadas, tambores, flautas de hueso…) dentro de un contexto presumiblemente ritual en que la tribu, abandonada al libre frenesí del baile, no solo «disfrutaba» en un sentido llano de la palabra, sino que alcanzaba en ese proceso un clímax extático que podría ponerse en relación con el acceso visionario a sus realidades míticas y/o con experiencias de tipo iniciático. Cabe imaginar además ─ puesto que «las manos van al pan» ─ que el contacto estrecho entre los cuerpos tuviera asimismo una consecuencia erótica, de tal modo que la danza sirviera en última instancia para alentar el acto sexual que garantizase la reproducción y, por ende, la supervivencia.

Figuras danzantes conservadas en las Montañas Acacus (Libia), h. 12.000 a.E.

Ambas cuestiones, la danza como trance místico y como catalizador sexual, tendrán continuidad durante la Edad Antigua, ligadas a un simbolismo mucho más amplio como es el de la fertilidad. Los griegos otorgaban un papel destacado a este arte en la representación de sus tragedias, pero también en rituales como las bacanales, en honor a Dionisio, dios de la fertilidad y del vino, o los misterios eleusinos, dirigidos a la diosa de la agricultura Deméter y a su hija Perséfone, por lo que nos encontramos de nuevo el placer sensorial de la danza, ahora de manera explícita, vinculado al éxtasis religioso (junto al consumo de ciertas drogas) y a la idea de fertilidad, matizada ya en un sentido menos inmediatamente carnal y más esotérico, dirigida a fuerzas invisibles.

Bailando en honor a Dionisio (taller helenístico), h. 50-30 a.E.
Peter Paul Rubens, Danza de seres mitológicos y aldeanos, 1630-35.

En el hinduismo, este aspecto del baile llega al paroxismo al simbolizar la creación misma del Universo, y no solo la multiplicación terrena de animales, personas o plantas, una percepción que cristaliza en la figura del dios Shiva en su papel de Natarâjâ, rey de la danza cósmica, unión del espacio y del tiempo en la evolución… Esto se debe a que la danza, en tanto que arte rítmico, recuerda al acto sexual humano al tiempo que emula la armonía de los movimientos celestes, implicados a su vez en los ciclos de la Naturaleza. No debe extrañarnos por tanto que el baile sea también una de las formas más antiguas y habituales de magia propiciatoria en diversas culturas, con especial arraigo en algunos pueblos africanos y amerindios; de igual modo, cambiando de óptica pero sin abandonar la misma línea, el baile entre hombres y mujeres no solo facilitaría su posterior encuentro sexual en aquellos contextos arcaicos, sino que llegaría a simbolizar con el tiempo al matrimonio original del Cielo y la Tierra, tan presente en infinidad de cosmogonías. El mundo es, en muchos aspectos, una inmensa canción para ser bailada.

Fruto de esa remisión al orden y la armonía cósmicos, se dará también una sofisticación mayor de las coreografías, muchas veces relacionadas con cuestiones simbólicas y geométricas. Omnipresentes serán, por ejemplo, las figuras y movimientos circulares, cuya continuidad podemos rastrear desde aquellos bailes orgiásticos de la antigua Grecia al citado Shiva Natarâjâ, los aquelarres de las brujas durante la Edad Media (reminiscencia pagana, por otro lado) o en ceremonias tribales como la Danza del búfalo de los indios Sioux. Mención a parte merecen los giróvagos sufíes, quienes alcanzan mediante continuos giros sobre sí mismos ─ replicando por tanto el movimiento rotacional de los planetas ─ un estado de trance (uaÿd) capaz de abrirles las puertas a la percepción de lo divino. También en la China y el Japón imperiales tendrán desarrollo este tipo de danzas astrológicas, como una manera de reflejar en la tierra el equilibrio del cielo.

Izda. Shiva Natarâjâ (Anónimo), h. 1200. Dcha. John Collier, La danza del huevo, 1903.
Eugenio Lucas, Aquelarre, 1850-55.
Espectáculo contemporáneo de giróvagos o derviches.

Con el tiempo, y aunque lo simbólico siempre subyace, el arte de la danza se irá desprendiendo de su aparato esotérico, al menos, en el contexto europeo. La Edad Media cristiana será poco pródiga en bailes más allá de las Danzas de la Muerte, que sí tenían un significado muy definido, y de su presencia habitual durante las festividades populares. Es en el Renacimiento y especialmente desde el Barroco que la danza adquiere cierta relevancia como arte «refinado» dentro de la corte, surgiendo en la Francia del siglo XVII el ballet que luego se extendería al resto de Europa y que marcará a partir del Romanticismo una tónica importante para el arte.

Serán pues los románticos y sus continuadores, atentos a todo lo que de emocional y mágico quedaba en el mundo que les tocó vivir, quienes vuelvan sus ojos hacia el baile. El auge del ballet y de los salones, el gusto exótico por las danzas orientales o por esa dimensión oscura de los aquelarres harán que no solo se revitalice el interés por la danza, sino que ésta aumente exponencialmente su presencia en las artes plásticas, particularmente en la pintura, muchas veces de manera superficial, como algo curioso y/o atractivo para el público europeo. No es hasta finales del siglo XIX y en las vanguardias del XX cuando otra vez se intuye con más nitidez en la danza su dimensión simbólica, sobre todo a raíz de los ballets rusos. El movimiento y los ritmos de este arte no remiten ya para los artistas modernos a ninguna deidad cósmica, pero sí servirán para explorar la dinámica profunda de todas las cosas… Para Edgar Degas, famoso por sus cuadros de bailarinas, sólo en ellas podía redescubrirse el movimiento de los griegos.

Edgar Degas, Bailarina verde, 1877-79.
Vicente Palmaroli, Apunte de una bailarina, 1886.
David Bomberg, La bailarina, 1919.
Margaret Morris, Bailarinas del harem, 1920.
La bailarina, artista y coreógrafa italiana Simone Forti durante una actuación en 1976.

Hoy, la danza contemporánea sigue explotando, desde una reglamentación mucho menos rígida a la que caracterizaba épocas anteriores, las posibilidades de este arte. Bailar es, al fin y al cabo, una vía para estar en el mundo, una expresión física de aquello que llevamos dentro y que muchas veces nos desborda. No se trata ya de estar en sintonía con los planetas (que también) sino con nosotros mismos y con lo que sentimos, ya sea mediante un baile improvisado, en situaciones lúdicas o desde la meditación y la reflexión. Sin embargo, en esa recobrada libertad para la danza puede que se esté dando cierto viaje de vuelta, una conexión con aquellos bailarines primigenios que, ajenos todavía a cualquier dogma religioso o estético, bailaban como algo inherente a su naturaleza, a su experiencia terrena y espiritual… Y es que bailar es, desde hace más de 10.000 años, simplemente una manera de estar vivos.

Antonio Saura, Enigmática danza, 1950.

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