Despedida

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Deslicé mi mano sobre el pomo de la puerta y la encontré allí, en una blanca habitación de hospital; tumbada y sola, mirando las gotas de lluvia deslizándose por el cristal. Su imagen, tan frágil de ahora, me hizo recordarla cuando era una mujer joven que luchaba como una jabata por sacar a sus hijos de una vida llena de penurias y de llantos.

El ruido de la puerta le hizo volver de su ensueño y, con el recato propio de su educación, se arregló las sábanas y el pelo y me miró con una sonrisa en el rostro. Antes de que pudiera preguntarle cómo se encontraba, comenzó a hablarme del mal tiempo que hacía y de que quizá, hoy tampoco, pudieran venir sus chicos a visitarla.

Hoy no vinieron; tampoco lo hicieron ayer, ni anteayer… Aquéllos, que salieron de sus entrañas, sus hijos, no tuvieron tiempo de arreglar sus diferencias y pasar a despedirse de su madre. Una madre sola que esperó hasta el último momento para su única y definitiva despedida.

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Susana Peral

2 comentarios

    1. Gracias Rafa, se hace lo que se puede, pero viniendo de ti el comentario, me esperaba aquello de eres “intensa”.

      Como dicen los filósofos: “Solo sé que no se nada y, al saber que no sé nada, algo sé; porque sé que no sé nada”

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