Desconsuelo

Foto: Eva García


Cuando la noche amenaza ser fría y borrosa, me basta  evocar su boca procaz. Esa lengua que acariciaba, inconsciente de su efecto, una eterna piruleta de fresa. Esos labios rojo caramelo que sonreían de puro placer y se fruncían alrededor del palito.

Cuando la madrugada  congela con su abrazo invisible de bruma el pálpito de mis entrañas, rebusco el calor de su mirada inocente en mi frágil memoria.

Cuando la luz de peligro destella en mi cabeza y descubro en mi bolsillo la caja de cerillas, tarareo nuestra canción, balanceándome, como hacía ella.

Cuando pregunto qué hora es, siempre es mediodía. Siempre hace calor. Siempre es quince de agosto. Siempre hay sangre en mi mano. Siempre hay fuego en la casa. Siempre suenan las sirenas que me anclaron a ese instante. Siempre hay una piruleta en el suelo. De fresa.

Cuando el silencio de la tarde me enfrenta al reflejo sin lágrimas de la ventana, cuando sólo veo a un monstruo desquiciado sin futuro, cuando adivino de reojo los lazos encarnados de sus trenzas deshaciéndose furtivos, cuando me quiero morir, oigo su risa.

Y entonces comprendo que ella desea que viva, cada uno de los días que me queden, recordándola.

Foto: Eva García
Eva García

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