Del mar de plástico a la ciudad

Los feminismos andan a vueltas con el análisis sobre los territorios. Las compañeras de las zonas rurales señalan el olvido de las demandas concretas del mundo rural, muchas veces alejadas y en lucha con la pretensión de universalidad del discurso feminista urbanita. Casi todo blanco, un poco paternalista; y muy preocupado en delimitar sujetos, en que no se divida el movimiento y en generar discurso, nicho de capital simbólico en nuestros días. Pero, ¿cómo impactan esos discursos en las zonas donde el modelo de feminismo que llega, en la mayoría de las ocasiones, está mediado por la institución y sus políticas de asimilación, y por lo que se ve en la tele, que poco tiene que ver con las realidades concretas de los pueblos?

Hace poco más de un mes una feminista rural contaba a un auditorio lleno el peligro que están viviendo ella y sus compañeras ante el crecimiento de la ultraderecha en esos territorios, nos interpelaba y nos pedía que pensáramos en común cómo hacer para que el movimiento feminista tuviera más presencia en esas zonas. Era emocionante escucharla, sentir la dignidad de las que no se fueron y resisten los envites sin dejar a nadie fuera, sin blanquear lo que nos separa;  con una escucha que va más allá del discurso y que sabe del peligro y de las bondades del pueblo, que se apega a lo posible.

Mi abuela me da verduras como si no hubiera un mañana cada vez que voy a verla al pueblo, se las regalan y ella, a la vez, reparte con orgullo a las del bloque, a su hermana, a su nieta, si le digo: “abuela, no eches más que no te van a quedar para ti”, ella me dice que qué tontería que seguro esta semana le regalan otra vez, y que si a mi suegra le gustan las berenjenas para echar 3 o 4 extra.

Mi abuela no sabe que eso que ella hace por costumbre es algo raro en nuestros tiempos, ahora es algo político que tiene la marca del saber y del cuidar la vida, que se escribe sobre esas prácticas, y que depende del territorio es signo identitario y de clase. Yo se lo intento explicar y me dice que estoy chalá… que las palabras nos van a sepultar, y que ojalá no me vea sola y sin novio. Me río.

Mi abuela, 2016.


Por ahora sé que no puedo volver al pueblo. Para mí fue un alivio salir de allí y me cuesta reconciliarme con muchas de sus raigambres, aprendí que de alguna manera todo tiene un precio. Aprendí que ser apta en la comunidad implica aceptar las normas, conocer los límites y no ir más allá de lo un poco “extravagante”; aprendí que la consecuencia del estigma era el aislamiento; la penitencia y la conversión a través del perdón. Por lo menos, en mi pueblo, salirse de la norma se pagaba con vergüenza y sin miramientos.

Mi madre pensará que soy una exagerada, y que ni fue ni es para tanto. No lo pongo en duda. Mi madre desde que salí de allí habla con orgullo de lo cosmopolita e independiente que soy, de lo lista, de lo libre; no sé qué diría si me hubiera quedado allí. Tampoco sé cómo es ser adolescente ahora en ese lugar sin polígonos ni descampados, sin yonkis, sin punk; con piscina municipal y actividades extraescolares.

Es también cierto que en la ciudad, en las ciudades donde he vivido, me he sentido casi siempre en peligro, insegura. He sentido un miedo de estructura, y he anhelado mi espacio seguro, la que fue mi casa, las rutinas siempre iguales; la satisfacción de la irreverencia. Es difícil no tener asideros y ser parte de un entramado ciudadano tan de mentira, tan cruel. Y desde esa contradicción que me atraviesa intento entender las polimetrías de lo rural, los contextos diferenciales que recoge el término, el cuaderno de experiencias de mis amigas que como yo llevan a su pueblo dentro, sin miramientos ni escapatoria.

Así que me pregunto si el acercamiento entre los feminismos de las ciudades y los pueblos está en el discurso, en politizar las prácticas o en traducirlas. Me parece que adentrarnos en las múltiples ruralidades es también, de alguna manera, entrever los orígenes del sistema, la construcción social de las relaciones y los mecanismos de resistencia y supervivencia, con todo lo de política feminista que sin duda tiene esto.

Celia Garcia

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