Del Caso Dina y la fanfarria

Francamente que todavía no acabo de enterarme de que va el Caso Dina. Algo de una señora que le desapareció un teléfono, cuya tarjeta cayó en manos de Pablo Iglesias, Interviú, OK Diario y, como no, ¡de Villarejo!; que joder con el tipo, para que luego hablen de Dios, pues este también está en todas partes.

Y de verdad que me he puesto a ello, pero por mucho que lo intento todavía no sé de qué va el enredo más allá de dicha tarjeta y de que hoy dice un tribunal una cosa y otro mañana se diría que la contraria. Lo que lo único que sirve es para poner en duda la consistencia de cualquier causa.

Algo que, en cualquier caso, creo que poco o nada tiene que ver con la cosa pública. Que según parece hay quien dice también que Iglesias y Podemos utilizaron artificialmente -o no, como diría el bueno de Mariano-, para echar más leña al fuego a eso que llaman «las cloacas del estado».

Por cierto que, de esto último, se diría que lo de las tales cloacas en este país suena algo a chufla, aunque solo sea por lo chapucero del asunto. Vamos que nada tiene que ver con lo de las pelis de sajones y americanos donde todo se lleva más de tapadillo por mucho ruido que se haga.

Aquí, puestos a hacer cosas malas, a nuestros políticos de referencia se les ve a la primera el plumero y no hay que rebuscar muy en el fondo para sacar trapos sucios y hacer que todo salte por los aires. Le pasó a González con los GAL y ahora a Rajoy con su policía política o patriota o como quiera que se llame.

Otra cosa es que alguien termine pagando por ello. En el caso del primero alguno acabó con sus huesos en la cárcel, aunque bien es cierto que sería Aznar, sí el José Mari, quien unos meses después les acabara indultando para que pudieran salir a tomar el fresco y aquí paz y después gloria. De los de ahora pues… ya veremos.

Llover sobre mojado

Volviendo al Caso Dina –por una señora llamada Dina Bousselham-, lo que más llama la atención es la facilidad con que nuestros políticos se llenan la boca para tener después que tragarse un sapo. O lo que es lo mismo, la diferencia entre estar en la oposición o cuando se tiene el bastón de mando.

Iglesias abogó desde la bancada de la oposición y antes incluso cuando todavía impregnaba 15M, que en caso de imputación –que todavía no es el caso-, cualquier político debería presentar su dimisión y de no ser así ser dimitido. Una propuesta no excesivamente novedosa ya que nuestros ilustres representantes ya venían balbuceando algo desde hace algún tiempo visto que el pueblo ya empezaba a estar harto de tanta trama corrupta.

Como tantos otros el vicepresidente, aunque todavía solo en parte, es víctima ahora de su propia controversia, así que a saber cómo quedará el asunto y cómo podrá salir de esta. Mucho más allá del ruido de la oposición que «manda huevos», como diría Trillo, que siga habiendo quien vea tan descaradamente la paja en el ojo ajeno y no vea la viga en el suyo.

Aunque de momento no es menos cierto que a esta última le haya venido de perlas, también con toda la que tiene encima, cuando las encuestas –hasta las de sus propios voceras-, le resultan desfavorables víctimas de su endiablada estrategia y para colmo el gobierno anuncia un plan de reconstrucción de difícil contestación en estos tiempos que corren. Otra cosa será cómo y de qué manera acabará llevándose a cabo el mismo.

De entrada ahí queda lo de los 800.000 puestos de trabajo. Que puestos a ello todo es posible, otra cosa es ver luego como queda el saldo entre contratados y despedidos. Pero esa es otra historia de la que tendremos tiempo de hablar y es que las últimas décadas han dado para muchas promesas de este tipo que al final se acabaron quedando en el camino.

De vuelta con Iglesias y su partido, lo que deberían hacer por el bien del gobierno es no entrar al trapo del asunto y menos aún contra los jueces, que bastante tienen también con lo suyo –su irresoluta e inusitada renovación del CGPJ de por medio-, que lo de batirse en duelo con la oposición no pasará de ser otro bochornoso espectáculo más de los que se dan día sí y otro también en el Congreso.

Pero no estaría de más que, en sede parlamentaria, el propio Iglesias que tantas veces lo exigió para otros, aclaré de una vez por todas el asunto, que al menos sepamos de qué va la historia y si en verdad cometió algún error lo reconozca en la forma debida. Cosa que no vendría nada mal en un país que tanto adolece de ello.

Y sobre todo cara a sus votantes que a base de tanto machacar, a buen seguro, a muchos la duda sobrevuele ya en exceso y eso, a la larga, podría causarle mayor estropicio a él y al gobierno de coalición.

Imputar y ser imputado

En lo que a mí respecta, nunca tuve claro que dimitir en caso de imputación –o investigación que creo que es así como lo llaman ahora los letrados-, fuera cosa de recibo. Y me explico.

Una máxima de la democracia que la hace radicalmente diferente de las dictaduras es la presunción de inocencia y de ahí mis dudas al respecto desde el primer día que empezó a atisbarse semejante envite ya que, a mi modesto modo de ver, dimitir o ser dimitido por el mero hecho de ser «investigado», pone ya en entredicho la misma.

Quizá bastaría dar un paso atrás al respecto pero en un mundo donde la prensa es capaz de condenar antes que ser condenado y arrastrar con ella al populacho, cualquier decisión resulta sumamente difícil cuando no la mar de compleja.

Me viene a la memoria el Caso Wanninkhof, donde una señora de nombre Dolores Vázquez fue injustamente condenada de asesinato por un tribunal en medio del ardor popular. La mujer se pasó año y medio en la cárcel por un delito que no había cometido y aunque la justicia acabó admitiendo su error el pueblo siguió mirándola de reojo, nunca obtuvo su perdón y tuvo que tomar el camino del exilio.

En la tradición cristiana la expresión «el que no tenga pecado que tire la primera piedra», viene a escenificar con bastante claridad el asunto. Por ello en política más valdría dejar actuar a la justicia cuando toque, que cada uno ejerza su responsabilidad como crea que le corresponde y que, sea quien sea, aquel que la haga la pague.

Aunque con respecto a esto último, visto lo visto y con la propia Constitución poniéndose tan irónicamente en entredicho permítanme mis dudas al respecto.

Artículo 14: Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. (Constitución Española)

Porque un servidor no se lo cree y me cuesta mucho imaginar que usted, querido lector, sea capaz de creérselo también.

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