Decir, tal vez: una palabra para Maurice Blanchot

Maurice Blanchot

Consagrar una vida a la escritura y al silencio tiene mucho que ver con reflexionar y dar pausa. Cuando la vida y la muerte quedan a un lado, uno sólo trata de estar de acuerdo consigo mismo. Maurice Blanchot -a quien van dedicadas estas palabras, con el temor de quien sabe que sería mejor, quizás, no volver a escribir ya nada acerca de él, sólo leerlo en silencio- escribía sobre Kafka que «el conflicto de la escritura y de la vida, al reducirse a esa simplicidad, no puede ofrecer ningún principio de explicación seguro».[1]BLANCHOT, Maurice. 2010. De Kafka à Kafka. Paris: Gallimard, p. 228

¡Qué gloriosa paradoja!

Blanchot, que de ningún modo ni forma siquiera, se explicó a sí mismo, pues no era esa su tarea. Los espacios de su escritura, en la fina línea que acerca filosofía y poética, no son huecos sino mensajes completos.

La palabra de Blanchot, en lugar de designar, propone y sugiere. Es esta riqueza poética, que se niega a presentarse como sublimada, la que tiende a restaurar cierta primitividad en su sentido más noble. Lo que siempre hablaba, por boca del filósofo, era un lenguaje común a toda la humanidad.

Pensar es, en el fondo, tratar de acercarse a esta «palabra densa, encerrada en su propia ansiedad, que nos interpela e impulsa hacia delante, de manera que a veces parece unir poesía y moral y decirnos lo se espera de nosotros, pero que es para sí misma esa conminación que es la forma de todo comienzo»[2]BLANCHOT, Maurice. 1999. La bestia de Lascaux. El último en hablar. Madrid: Tecnos, p. 36 . Ese «dedo imperiosamente dirigido hacia lo desconocido» es su prueba singular del ser-para-la-muerte, su lucha incesante.[3]Ibíd., p. 36

La escritura de Blanchot es la escritura del deseo, hecha de dolor y en la que la contemplación es un corazón que late y delata, que nos comunica y al que nos asocia. No es el escritor, sino el sujeto, quien tiene una relación particular con el tiempo y el significante. Es Leibniz soñando, de forma inconsciente, con la universalidad de una escritura y un lenguaje.

Es decir, tal vez. Tal vez decir. Porque este acto de habla implicaría una relación con el Otro y, sin embargo, sabemos ya que es la relación con el Otro lo que resulta problemático para Blanchot. Habla Lacan: «el prójimo es la cercanía intolerable del goce, mientras que el Otro es sólo el terraplén»[4]LACAN, Jacques. 2006. Le Séminaire XVI: D’un autre à l’Autre. Paris: Seuil, p. 18 . Así pues, en la medida en que es deseable que exista un metalenguaje, decimos que éste no existe, de ahí la necesidad, siempre renovada, de alinear las palabras y las frases.

¿Significa eso que para Blanchot la escritura es función de objeto a, función de jouissance, de goce? Esta emana del lugar del Otro, que es el lugar de la palabra como tal. Lo que es recurrente en toda su obra es la cuestión de la conciencia de la individualidad, la relación de la intimidad con la «extimidad». Este cara a cara al que se enfrenta el escritor es un tercero que podría ser considerado como el lugar de lo real y del que sabe que no (ob)tendrá respuesta.

Escribir es morir. Emmanuel Lévinas, su amigo y probablemente el más cercano a su pensamiento, escribía sobre Blanchot que la muerte para él no es «lo patético de la última posibilidad humana, posibilidad de la imposibilidad, sino la reverberación incesante de lo que no puede ser captado, ante el cual el «yo» pierde su ipseidad […] la muerte no es el fin, es el no acabar de acabar»[5]LÉVINAS, Emmanuel. 2000. Sobre Maurice Blanchot. Madrid: Trotta, p. 36-37. Esta repetición es la fuerza impulsora que hay detrás de la obra de Blanchot, tal vez a la manera de un lugar de refugio que escapa a la aporía del tiempo. Creo que es así y de ninguna otra forma: compleja y exigente.

El trabajo del filósofo expresa una experiencia interior: hacer desaparecer lo imposible, llevando luz a la oscuridad y compartiendo con Bataille, por ejemplo, el hallazgo de la desesperación y el enigma de la muerte.

Pero, ¿dónde se detiene y comienza la literatura y la ficción, si la significación del mundo en la obra de Blanchot concierne al nuestro? Sigue Lévinas: «Es la interpretación lo que recusa tal obra […] Todo debe decirse aquí en el modo del tal vez, como hace Blanchot mismo cuando quiere explicar lo que ha dicho en sus libros»[6]Ibíd., p. 50 .

Decir tal vez[7]He considerado más correcto traducir la locución adverbial original peut-être por tal vez, en lugar del quizás que utiliza Cuesta Abad en la, por otra parte magnífica, edición española de Trotta. es interrogarse aquí de forma indefinida. Este meditar de nuevo la idea de la muerte, por dolorosa que fuera, no sólo no desalentó a Blanchot, sino que en 1994, al final de su vida, publicaba El instante de mi muerte, texto a menudo definido como relato y que, sin embargo, yo pienso como acontecimiento histórico convertido en acontecimiento personal.

Texto confesional, de testimonio, casi testamentario, del que ahora me pregunto si -por seguir en ese «tal vez» que incluso puedo entender como arriesgado- es lícito suponer que ilumina la obra de Blanchot como si este instante, esta confesión, hubiera sido retenida en presencia del propio autor. 

El libro revela, no por nada, una cierta demarcación con su obra, esquiva como sinuosas olas. Es su recapitulación postrera, la más última, un lapso de tiempo suspendido, la imagen congelada de una vida: el momento trágico del 20 de junio de 1944 y el espacio de una vida vivida como una muerte.

Jacques Derrida, poco después de la muerte de Blanchot, rendiría homenaje al pensador, con un lenguaje que sólo puede recordarnos a Derrida, como si fuese Blanchot quien hablase, por boca de él: « […] aprendamos esta distinción entre sobrevenir  [survenir] y llegar [arriver]. Digamos que la muerte de Blanchot ha sobrevenido innegablemente, pero que no ha llegado, que no llega. Que no llegará nunca»[8]DERRIDA, Jacques. 2003. Chaque fois unique, la fin du monde. Paris: Galilée, p. 51. Del testimonio de la casi-muerte de Blanchot, que Derrida se niega poner en duda, escribe también este, sin poner en duda su alegato: «está la inmediatez y también la instancia, la instancia jurídica y la instancia del a punto de como algo inminente. La inmediatez es sólo esta última instancia cuando se trata de la muerte»[9]DERRIDA, Jacques. 1998. Demeure. Paris: Galilée, p. 59 .

Al escribir sobre la muerte y decir así, tal vez, sobre ella, Derrida está estableciendo un vínculo con La Escritura del Desastre, que para él arroja luz sobre el propósito de Blanchot: «Escribir la autobiografía de uno mismo, ya sea para confesarse, ya sea para analizarse, ya sea para exponerse a los ojos de todos, al modo de una obra de arte, quizás es tratar de sobrevivir, pero mediante un suicidio perpetuo -muerte total en cuanto fragmentaria. Escribirse es dejar de ser para confiarse a un anfitrión –el otro, el lector- cuya carga y cuya vida serán a partir de entonces nuestra inexistencia»[10]BLANCHOT, Maurice. 2015. La escritura del desastre. Madrid: Trotta, p. 61.

El filósofo no concluye sino que, sencillamente, observa que la palabra «demeure» (morada, como sustantivo) permanece (demeurer, como verbo) y que lo hace en todos sus significados. Esto es, que vuelve al texto, se queda en él. Esta declinación lo lleva hasta «permanecer», que antes se podía escribir «demourance» y que significa estar a la espera. Derrida también se pregunta si la pérdida del manuscrito no es para el narrador «la pérdida absoluta», la perdición sin salvación y sin repetición.

«Tan sólo permanece el sentimiento de ligereza que es la muerte misma o, para decirlo con más precisión, el instante de mi muerte desde entonces siempre pendiente»[11]BLANCHOT, Maurice. 1999. El instante de mi muerte. La locura de la luz. Madrid: Tecnos, p. 26 . Así finaliza Blanchot su libro y Derrida se detiene en la última frase, sobre la asociación del siempre y del ahora– el siempre: presente y futuro sin fin; el «desde entonces» (desormais) que se podría traducir por «de ahora en adelante» (dorénavant), a partir de aquí.

Los «ahora» tomados de la literatura indican siempre «algo sobre la compasión», dice Derrida, y de una especie de «quejarse» al que, igual que ocurre con las sobras o con un discurso, habría que saber cómo ponerle fin[12]DERRIDA, Demeure, Op. Cit., p. 136.

Si uno opta por la tesis de que la pérdida de un manuscrito es el daño absoluto, sería este avatar (la desaparición del manuscrito), la muerte misma, la muerte sin apelación. Entonces tenemos que preguntarnos: ¿testimonio o ficción? 

El texto contenido en El instante de mi muerte se convierte, al evocar el manuscrito, en su propio testigo. Privado de su disfrute, el autor o el narrador, ante el silencio del objeto, lo transforma en un enigma. 

Blanchot nos cuenta que se encontró con Malraux y que éste le contó cómo había sido hecho prisionero (sin ser reconocido), y que había conseguido escaparse, aunque perdió un manuscrito: «No eran más que reflexiones sobre arte, fáciles de rehacer, mientras que un manuscrito no podría serlo». Así pues, la cita a Malraux también nos informa de que es Blanchot quien está preocupado.

Sin olvidar ese «tal vez», lo que yo encuentro en El instante de mi muerte es, sin duda, una metáfora: el escritor que llega al final de su vida y se da cuenta de su síntoma-escritura. Su escritura es la muerte y aún, la esencia de su vida. Percibe su dependencia de los significantes, de su estructura incontrolable e insatisfactoria. Tal vez decir esto sea para él una revelación. A las puertas de la muerte, se trata de un duro encuentro. 

El instante de mi muerte es la renuncia a su síntoma y su última publicación importante. Lo libera de su obsesión con la muerte, le transforma «como si la muerte fuera de él no pudiese desde entonces más que chocar con la muerte en él. Estoy vivo. No, estás muerto»[13]BLANCHOT, El instante de mi muerte, Op. Cit., p. 25.

¿Por qué siente la muerte?, pensamos. Tal vez está muerto no sólo por haber sido despojado del manuscrito sino, sobre todo, por la ironía del destino que hizo que quien tuteaba a la muerte fuese olvidado por ella.

El tormento de la injusticia, dice Blanchot, es que se preserve el Castillo. Nosotros podemos estar de acuerdo con que la crueldad de la guerra consiste también en salvar a unos y asesinar a otros, pero en este momento de caos, de desencadenamiento de la violencia, la pertenencia a una clase social parece irrisoria. No dudamos que, como Hegel, podríamos usar el exorno de ciertas mentiras y verdades. Ni siquiera que alguien sepa «distinguir lo empírico y lo esencial». Lo que sí sabemos, lo que sí testificaremos, es que ese «qué importa» con que termina el texto de Blanchot desvanece todo esto con un simple gesto de la mano.

El momento del fusilamiento hace que Blanchot se dé cuenta de que el cuerpo está implicado en la muerte y de que esta es la verdadera muerte. 

La cuestión del cuerpo está ausente de sus textos y, sin embargo, en El instante de mi muerte habla, de forma implícita, a causa de la vergüenza de ese cuerpo que no le gusta que los demás miren. Habla por su breve -aunque verdadero- júbilo en el momento en que comprende que está sano y salvo, por la imposibilidad de la borradura del cuerpo, su temblor interior, sus estremecimientos, el cuerpo que traiciona y que hay que esconder en el bosque amigo, el cuerpo de los jóvenes granjeros martirizados, el de las mujeres de su familia que hay que proteger.

No se trata de escribir, sino de vivir cara a cara con la muerte: el deseo de muerte se vuelve indeseable. Se podría decir que Blanchot pasa del «pienso» al «soy». Increíble experiencia subjetiva, de acuerdo, pero terriblemente dolorosa. La muerte es aquí una renuncia, un «morir» la muerte. Lo impensable de la muerte. Blanchot, en el bosque de brezos donde se podría decir que vuelve a nacer, está entre dos muertos, frente al agujero de lo pensable que hasta ahora ha esquivado.

Al hacerse «invisible» – se negaba a ser filmado o fotografiado –, esto es, al no obedecer a la dictadura de la imagen, tal vez todavía pensaba, inconscientemente, fantasmalmente, escapar del orden común de los mortales. ¿No es esto disfrazar de evasión a la castración?

La paradoja eterna de Blanchot es haber manifestado de forma terminante el prurito de borrarse detrás de la escritura, de querer que las palabras se conviertan en silencios y, al hacerlo, el cumplimiento de su deseo no puede ocurrir ya que, precisamente por su publicación, no ha dejado de reivindicarse.

La incineración será su última voluntad, último borrador, tal vez todavía fiel a Celan, Lévinas o Antelme, a la relación privilegiada mantenida con ellos. Así se mantenía su palabra, desapareciendo como su manuscrito, devolviendo la escritura a su ausencia. 

Sin embargo, aunque Maurice Blanchot pudiese estar molesto, nosotros, hasta cierto punto hipócritas, anónimos lectores, todavía queremos seguir su rastro.

Título: El instante de mi muerte. La locura de la luz
  • Autor/es: Maurice Blanchot
  • Editorial: Tecnos
  • Nº de páginas: 64
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias   [ + ]

1. BLANCHOT, Maurice. 2010. De Kafka à Kafka. Paris: Gallimard, p. 228
2. BLANCHOT, Maurice. 1999. La bestia de Lascaux. El último en hablar. Madrid: Tecnos, p. 36
3. Ibíd., p. 36
4. LACAN, Jacques. 2006. Le Séminaire XVI: D’un autre à l’Autre. Paris: Seuil, p. 18
5. LÉVINAS, Emmanuel. 2000. Sobre Maurice Blanchot. Madrid: Trotta, p. 36-37
6. Ibíd., p. 50
7. He considerado más correcto traducir la locución adverbial original peut-être por tal vez, en lugar del quizás que utiliza Cuesta Abad en la, por otra parte magnífica, edición española de Trotta.
8. DERRIDA, Jacques. 2003. Chaque fois unique, la fin du monde. Paris: Galilée, p. 51
9. DERRIDA, Jacques. 1998. Demeure. Paris: Galilée, p. 59
10. BLANCHOT, Maurice. 2015. La escritura del desastre. Madrid: Trotta, p. 61
11. BLANCHOT, Maurice. 1999. El instante de mi muerte. La locura de la luz. Madrid: Tecnos, p. 26
12. DERRIDA, Demeure, Op. Cit., p. 136
13. BLANCHOT, El instante de mi muerte, Op. Cit., p. 25
Daniel Arana

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *