De paso a la ya tan, de Ángela Segovia: el monólogo de la lluvia

Hay veces que un libro te knockea como lo haría un boxeador más grande y más fuerte que tú. Llevo meses tratando de descifrar la poética de Ángela Segovia en De paso a la ya tan (2013, ÁRTEse quien pueda) y prometo que este joven escribidor cultural no lo consigue. Suelo recordar a veces entre mis cómplices confesores que la línea que separa la genialidad y la mediocridad de una obra de arte no es que sea fina, es que en muchos momentos ni existe. El artista domina las herramientas con cierto talento y propone, pero al final es el lector, el espectador, el consumidor cultural, más o menos preparado para la interpretación de lo que se le ofrece, quien dispone.

Ángela Segovia hila muy fino en la cuidada edición de de paso a la ya tan, desde la elección de la ilustración de la cubierta y la contracubierta al rechazo de las mayúsculas o la ruptura del orden lógico de la frase del título. Creo que hay algún tipo de clave de interpretación en los detalles que enmarcan el poemario: un torrente de agua en pleno fluir de partículas desperdigadas que se rompen y buscan su camino fuera del conjunto. El monólogo de la lluvia.

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De paso a la ya tan recupera el discurso de la locura, el torrente del monólogo interior que secuestra y agrede a la sintaxis, pero que se convierte en ojo que mira hacia afuera. Quizá sea ese detalle el que me lleva esta tarde otoñal a destacar la poética de ángela: la inteligencia de presentar la realidad en una tercera persona que abruma a la primera a través del tamiz de un caleidoscopio que fragmenta sin orden el amor, la calle, la locura, la poesía.

De paso a la ya tan es quizá la demostración más radical del triunfo del neovanguardismo entre las poetas de la nueva generación. Sintaxis abrupta, ausencia de comas, puntos a los que no siguen mayúsculas, separaciones espaciales de palabras, juegos tipográficos, cambios en la orientación de la página, como hacía Cortázar, onomatopeyas y otra suerte de recursos fónicos que rompen la métrica acentual, acercando el lenguaje al pensamiento, alejando la interpretación racional.

Un torrente en ebullición. Como la famosa escena de Un perro andaluz en la que Buñuel saja un ojo pidiendo una nueva lectura, unos ojos nuevos que entendieran un lenguaje nuevo, Ángela Segovia recupera la dinamita vanguardista un siglo después del triunfo del Cubismo. Os dejo las herramientas y os planteo la solución: sajarnos los ojos. O que Ángela nos invite a una cerveza. Aunque a veces no sea necesario explicar lo inexplicable y la poesía se convierta en un cuarteto de Gibbons, que suena sin saber con qué misterio.

Victor M. Sanchis

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