De la tierra y los problemas del campo

A fuerza de ser sincero que uno tiene mucho de urbanita y poco de campo. Pero quiérase o no uno es extremeño, mora esos lares y directa o indirectamente le salpica el devenir de lo que ocurre en el mismo. A más saber lo tiene en la familia y amigos y por eso, como cualquier otro de esta tierra, tiene elementos de juicio suficientes para saber qué es lo que ocurre más allá de los límites de la ciudad.

Para colmo de males todo se tuerce en esa tan laboriosa profesión. Cuando no lo es el tiempo que ya sabemos a ciencia a cierta que irá de mal en peor, es el veto de Putin a la UE por sus líos en Ucrania, los aranceles de Trump y su furibunda nacionalista y ahora para colmo el Brexit y esos 70.000 millones de menos que aportaba el Reino Unido que ha puesto patas arriba a una cada vez más desnortada Unión Europea.

A pesar de los intentos de la caverna mediática ya parece haber quedado bastante claro que el adecentamiento del hasta ahora infame salario mínimo de los jornaleros no es el problema del sector ni el que ha causado que los agricultores hayan decidido echarse a la calle y a cortar carreteras. Se trata de otra cuestión que viene de lejos y que no es otra que el aumento general de los costes de producción mientras los precios de lo producido caen bajo mínimos debido a factores externos como los que ya hemos aludido y, en especial, a la especulación —digamos mejor extorsión—, de los numerosos intermediarios existentes en la llamada cadena alimentaria en el camino de la tierra al consumidor.

Ya andan advirtiendo los gurús del capitalismo que eso de que el gobierno fije unos precios de salida mínimos para los agricultores va en contra de la libertad de mercado o de los mercados, esos tipos a los que no tenemos el gusto de conocer pero según parece son los encargados de jodernos la vida a la mayoría mientras unos pocos de sus colegas se enriquecen a más no poder. Bueno eso, digo yo, habrá que verlo que si alguna ley lo impide no estaría de más cambiarla si se trata para un mejor fin que, al menos, es lo que cabría suponerse.

De la misma manera que creo, con el modesto parecer de un bicho de ciudad, ya es hora de que los agricultores se unan de verdad, sumen y sumen cooperativas, creen su propia red comercial —no sería el primer país en la UE donde las cooperativas regentan sus propios supermercados—, y que los pequeños agricultores se agrupen llevando sus productos directamente al consumidor con fórmulas como la de los supermercados cooperativos basados en una estrecha colaboración entre productores y consumidores. Una idea surgida en Nueva York en 1973 que agrupa ya a 17.000 personas en la gran manzana —nunca mejor dicho—, extrapolada a París en 2010 y que ahora irrumpe en Madrid con grandes dosis de optimismo.

En definitiva, lo rigurosamente cierto es que la fórmula actual, donde el Dios Mercado campa a su antojo sin mayores impedimentos, ha resultado sumamente perjudicial tanto para los productores de la materia prima, por sus exiguos beneficios cuando no pérdidas, como para los consumidores por cuanto un encarecimiento desmedido de los precios.

Veremos.

Felipe Pozueco

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