«Daisy Miller» ya no vive aquí: sobre una novela de Henry James

Henry James | Vía: iblogs.es
Henry James | Vía: iblogs.es (quotationof)

Daisy Miller[1]Todas las citas están extraídas de JAMES, Henry. 1962. «Daisy Miller», en The Turn of the Screw and Other Short Novels. New York: Signet, pp. 93-152 (las traducciones del original son nuestras) fue publicada por primera vez en julio de 1878, constituyendo un éxito inmediato, y transformando a Henry James en un autor de prestigio internacional. El ácido retrato de una cándida e ingenua muchacha norteamericana, segura de sí misma y más bien vulgar, tratando de coexistir en el ambiente enrarecido de la alta sociedad europea, va mucho más allá de la mera literatura.

A través de Daisy Miller y su hermano pequeño, Randolph, se nos presenta la alegría como un valor importante de la cultura americana en sus primeras páginas. Winterbourne nota que Daisy es «muy animada» [2]James, Ibíd., p. 117 y abierta de mente. Sigue James: «en lo relativo a sus gustos, costumbres e intenciones, Miss Miller estaba dispuesta a dar la información más precisa y, de hecho, la más favorable» [3]Ibíd., p. 118. Así pues, sabemos hoy que esta alegría se ha documentado como un rasgo cultural de los estadounidenses[4]Vid. el interesante artículo de KOTCHEMIDOVA, Christina. 2010. «Emotion Culture and Cognitive Constructions of Reality». Communication Quarterly, pp. 207-234.

¿Pero qué le ocurre a Daisy? Esta joven, recién entrada en la veintena, no es aceptada ni en su propio país ni en Europa porque evoca su Yo frente a la imposición de una normativa social que en ningún caso es acorde con la idiosincrasia de ese personaje. Tratada como alguien anormal en los Estados Unidos y acreedora de dos nombres, Daisy se parece realmente a otra jovencita norteamericana, Caroline Meeber «Carrie», que viaja, en otra de las grandes novelas de la literatura, desde la aburrida y minúscula Columbia City hasta un Chicago viciado por el dinero y la sociedad de consumo[5]Nos estamos refiriendo, obviamente, a Sister Carrie, escrita en 1900 por Theodore Dreiser..

Daisy Miller -cuyos valores, formados en la lejana Schenectady, difieren de principio a fin con los de Europa, especialmente con los de la Italia descrita por James- no encaja ni en Europa, ni en su propia tierra. Esta apátrida per se paga las consecuencias de una manera extrema, contrayendo una malaria mortal. A la chica Miller la lleva a Europa, nos dicen, una apasionante ceremonia de verdad y belleza[6]PÉREZ GÁLLEGO, Cándido. 1982. Guía de la literatura norteamericana. Madrid: Fundamentos, p. 79, que sin embargo, falla. Tenemos un nuevo marco ideológico, en cuanto a la aparición de la mano de obra gratis en el capitalismo, y su relación entre el buen humor, el confort material y el mérito personal. De esta manera, puede entenderse que la sociedad americana parezca considerablemente más libre e inocente que la compleja y sofisticada organización de las sociedades europeas y que, por ese motivo, sea rechazada al no ajustarse a normas tan confusas.

Nos parece que esta teoría la apoyaría la afirmación de Freud de que «la libertad individual no es un bien de la cultura […] El desarrollo cultural le impone restricciones, y la justicia exige que nadie escape a ellas. Cuando en una comunidad humana se agita el ímpetu libertario puede tratarse de una rebelión contra alguna injusticia establecida […] pero también puede surgir del resto de la personalidad primitiva que aún no ha sido dominado por la cultura, constituyendo entonces el fundamento de una hostilidad contra la misma. Por consiguiente, el anhelo de libertad se dirige contra determinadas formas y exigencias de la cultura, o bien contra ésta en general»[7]FREUD, Sigmund. 2008. El Malestar en la Cultura. Madrid: Biblioteca Nueva, pp. 87-88.

Tras esta diferencia cultural esencial están, por tanto, las teorías y análisis de Freud, quien afirmará también que «la libertad del individuo no es un beneficio de la cultura»[8]Ibíd., p. 87. Winterbourne será, de alguna forma, quien narre esta dura realidad cuando Daisy Miller, con su espíritu libre, tan americano –extranjero, al cabo- es rechazada por sus compañeros ingleses. Tenía que ser así, máxime si pensamos en que la sociedad europea es enormemente compleja y la sociedad moderna, asumiendo que el comportamiento social de todas las personas es el resultado de un altruismo psicológico real, comprime las normas morales más allá de un nivel alcanzable por la mayoría de sus miembros.

Si el comportamiento culturalmente aceptado de una sociedad compleja como la de Inglaterra va más allá de lo que la mayoría de sus miembros pueda alcanzar, es natural que alguien que no esté familiarizado con él rompa muchas de sus normas. Como igualmente natural resulta que alguien, llevado por los valores del individualismo, roce con las limitaciones de una sociedad desconocida y restringida como ésta, en su esfuerzo por ir más allá. En busca no ya del tiempo perdido en Europa, sino de la propia felicidad y libertad personales. Winterbourne insiste en que Daisy Miller es simplemente «inocente»[9]James, Op. Cit., p. 102, «inculta»[10]Ibíd., p. 107 y, sin embargo, James dota a sus personajes femeninos de un poder esencial, de una suerte de aura visionaria, aunque sea tarde para cuando llega tal desvelamiento.

La novela, y así nos lo recuerda Cándido Pérez Gállego[11]PÉREZ GÁLLEGO, Cándido. 1987. Henry James. Madrid: Coloquio, pp. 38-39, es un canto a la libertad y a la belleza. Igual que la culta y despierta Isabel Archer en The Portrait of a Lady (1879) –atrapada en la mansión del pérfido Gilbert Osmond- o la muerte de Milly Theale en The Wings of the Dove (1902) –bajo las garras del Viejo Mundo y su sórdido materialismo- Daisy Miller es otra mártir. Su vida termina y nos sirve, de manera trágica, para saber que la mentira no descansa jamás y conocer la verdad que se esconde tras esa Europa supuestamente moderna.

«Las muchachas americanas son las mejores»[12]James, Op. Cit., p. 96, sostiene Daisy, y sin embargo, como muchos estadounidenses, es vista como inocente y falta de sofisticación, infantil e inmadura por los cercanos a Winterbourne, en apariencia mucho más cultivados, cultural y socialmente. Ello explicaría que prefiera mantenerse en compañía de Giovanelli y otros “italianos misteriosos”, que se parecen más a ella, en lugar de esas compañías que no se molestan siquiera en ocultar su desprecio por quien es diferente. Vista simplemente como una indiscreción cultural, para alguien que no está familiarizado con estos tabúes sociales y costumbres, sólo tendría sentido que virase de ese círculo social -tan complicado y prejuicioso- hacia quienes de verdad la aceptan.

Aunque lógico por su parte, que Daisy elija a Giovanelli y a otros hombres italianos como compañía, sólo sirve para agravar su situación social para con los allegados de Winterbourne. Esto, visto como una provocación, tiene además un doble rasero, pues si por una parte, resulta inusual para las culturas –bien sean inglesas o italianas- que las mujeres se comporten tan libremente, y además, le sirve para ahondar en su ostracismo, mientras permanezca en la sociedad europea de Roma. No es una novedad decir que la cultura italiana, más al sur de Europa, es una cultura mucho más cercana, ya que los italianos son más propensos a sentirse cómodos que las personas de culturas mucho más distantes, como los estadounidenses. Este tipo de contacto social sólo podría interpretarse como erótico y sexual por una sociedad de menor proximidad, o por aquella que tiene mayor límite físico y social.

De nuevo, Freud: «en cuanto a la cultura, su tendencia a restringir la vida sexual no es menos evidente que la otra, dirigida a ampliar el círculo de su acción […] El tabú, la ley y las costumbres han de establecer nuevas limitaciones que afectarán tanto al hombre como a la mujer […] Ya sabemos que la cultura obedece al imperio de la necesidad psíquica económica, pues se ve obligada a sustraer a la sexualidad gran parte de la energía psíquica que necesita para su propio consumo. Al hacerlo adopta frente a la sexualidad una conducta idéntica a la de un pueblo o una clase social que haya logrado someter a otra a su explotación. El temor a la rebelión de los oprimidos induce a adoptar medidas de precaución más rigurosas. Nuestra cultura europea occidental corresponde a un punto culminante de este desarrollo»[13]Freud, Op. Cit., p. 95.

De esta manera, lo que parece subyacer tras la magnífica novella de James es que, cuanto más sexualmente inhibida es una cultura, mayor será la energía mental de sus miembros derivada hacia la supresión sexual de los deseos del Otro. Con una cultura mucho más cercana, como la italiana, la sexualidad está menos inhibida, y las normas sociales en cuanto al comportamiento van mucho más allá de los límites de lo que los ingleses considerarían apropiados para los conocidos, dentro del reino de la intimidad sexual. Sin embargo, se trata de un encuentro trágico, pues no es sólo la clase inglesa la que encuentra pecaminosa la libre conducta de Daisy, sino también los italianos.

El único pecado de Daisy es desobedecer los consejos de la moral: los desoye, se adentra en el Coliseo y muere, como mártir de la libertad, a causa de una simbólica malaria.

Título: Daisy Miller
  • Autor/es: Henry James
  • Editorial: Laertes
  • Nº de páginas: 94
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias   [ + ]

1. Todas las citas están extraídas de JAMES, Henry. 1962. «Daisy Miller», en The Turn of the Screw and Other Short Novels. New York: Signet, pp. 93-152 (las traducciones del original son nuestras)
2. James, Ibíd., p. 117
3. Ibíd., p. 118
4. Vid. el interesante artículo de KOTCHEMIDOVA, Christina. 2010. «Emotion Culture and Cognitive Constructions of Reality». Communication Quarterly, pp. 207-234
5. Nos estamos refiriendo, obviamente, a Sister Carrie, escrita en 1900 por Theodore Dreiser.
6. PÉREZ GÁLLEGO, Cándido. 1982. Guía de la literatura norteamericana. Madrid: Fundamentos, p. 79
7. FREUD, Sigmund. 2008. El Malestar en la Cultura. Madrid: Biblioteca Nueva, pp. 87-88
8. Ibíd., p. 87
9. James, Op. Cit., p. 102
10. Ibíd., p. 107
11. PÉREZ GÁLLEGO, Cándido. 1987. Henry James. Madrid: Coloquio, pp. 38-39
12. James, Op. Cit., p. 96
13. Freud, Op. Cit., p. 95
Daniel Arana

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