Cuando no tienes tiempo ni para ti…

Imagen de Agustina Guerrero


Se oye mucho lo de vamos como vamos….

Y es que quien no ha dicho o ha escuchado en su entorno lo de “voy hasta arriba”, “no puedo, no tengo tiempo”, “si es que vamos como vamos”, “estoy a tope”, “qué agobio”, “me voy a quedar a vivir en el curro”, “se me olvidó hasta comer”, “no contéis conmigo, ya para la próxima”, “no puedo más”, “voy reventá”,… Y así y así, hasta ver quién da más.

Imagen de Agustina Guerrero

En esta sociedad patriarcal, capitalista y consumista, vivimos rodeadas de expectativas, de mandatos de género y de exigencias sociales diferenciadas que interiorizamos, normalizamos y asumimos como objetivos a alcanzar desde la más tierna infancia.


Perseguimos metas, competimos, nos comparamos y mecanizamos comportamientos, acordes con las sociedades. Acumulamos lo material, compramos y ansiamos lo que nos venden. Amontonamos productos, atesoramos lo último de lo último respondiendo más a una necesidad creada que necesaria.


Los estudios, el curro o la búsqueda de trabajo, la familia, las amistades, la pareja, la casa, el maratón de las dietas y las modas, se convierten en los escenarios en los que actuamos de aquí para allá, generando estrés, tensión y agotamiento.


En esos escenarios, sometemos nuestra vida a la carrera, al “tengo que”, al “hay que”, nos creamos expectativas y sentimos el vacío y la culpa cuando no podemos cumplir con lo esperado. Sentimos que no hemos cumplido, y con ello un punto menos en nuestra autoestima.


Además, si a esto le sumamos la carga mental que sufrimos las mujeres fruto de esa socialización diferenciada y simbólica, donde muchos juguetes y referentes de historietas van preparando el camino para esa carrera de fondo que luego nos espera en la etapa adulta, ya tenemos el resultado final que es una mezcla de cóctel explosivo.


Este es un combinado peligroso que sólo percibimos cuando no podemos más y petamos. Cuando hemos ido más allá de nuestras posibilidades y cuando nuestro cuerpo con su lenguaje a través de las emociones, de las tensiones, estrés, insomnios, cansancios, ansiedades, inapetencias, erupciones cutáneas, caídas de cabello, cefaleas, cambios bruscos en el peso, cólicos y más dolores, nos manda un mensaje y nos avisa cual señal de tráfico para que paremos, porque nos estamos pasando de la velocidad permitida y debemos reducir la marcha y hacer la carrera a una velocidad más moderada.

Que aflojemos y (nos) respetemos los ritmos del cuerpo.


Hay cosas que no podemos cambiar, hay cosas que una misma es imposible que pueda cambiar (aunque queramos con todas nuestras fuerzas), pero lo que sí que puedo cambiar y está dentro de mis posibilidades es mi manera de circular para no ser kamikaze, para cuidarme, para estar mejor conmigo y así poder evitar riesgos innecesarios.


La responsable de nuestro propio bienestar somos una misma.

Si cambiamos nuestra mirada, cambiamos nuestra realidad.


Por tanto tenemos que salir de esa queja.


Dejar esa queja que repetimos cual mantra y que solo nos trae más quejas y más quejas y asumir qué puedo hacer yo para poder cambiar eso, qué puedo hacer yo para conducir a menos velocidad, para conducir sin riesgos, para respetar las señales que mi cuerpo me manda, para prevenir riesgos, para respirar y contemplar el camino, para disfrutarlo y no sólo mirar el reloj y lo que me falta para alcanzar el destino final y luego vuelta a empezar.


Conectar y reconectar con nosotras, con nuestro cuerpo, aprender a escucharnos, a ser conscientes de lo que nos ocurre, de nuestras sensaciones corporales.

Seguir conociéndonos, disfrutar de nuestra sexualidad y desculpabilizandonos.


Como mujer feminista y apasionada de la cocina, sé que no hay recetas mágicas para cambiar las realidades, pero sí sé que hay ingredientes que bien combinados y cocinados pueden hacer que vivamos la vida de una manera más consciente, plena, más con nosotras mismas, más teniéndonos en cuenta.


Ingredientes como aprender a buentratarnos, cuidarnos, protegiéndonos, aprendiendo a poner límites, a estar en el aquí y en el ahora y a escapar más de los “tengo que”.


Cuando nos damos permiso a estar, a ser, a experimentar, disfrutar, a respirar, a soltar y a reconectar con nosotras mismas, nuestro cuerpo, con sus mensajes también nos lo agradecerá, sólo tenemos que aprender a escucharlo.

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Isabel Guerrero Campoy

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