Cuaderno de viaje: Tierras del norte

Felipe Pozueco
El banco con las mejores vistas del mundo. Acantilados de Loiba (Foto del autor)
El banco con las mejores vistas del mundo. Acantilados de Loiba (Foto del autor)

Nuestro viaje nos llevará por las indómitas costas gallegas y asturianas, nos adentraremos en las montañas de Asturias y Cantabria para volver a casa atravesando los inmensos campos de Castilla. Y, como no, dando buena cuenta de la gastronomía de esas maravillosas tierras.

1º. Día.
Tras una larga galopada de casi 700 km, hemos alcanzado nuestro destino en un encantador hotel rural, El lugar do Cotariño, en los alrededores de Camariñas, el mismísimo corazón de A Costa da Morte en la orilla atlántica de Galicia.

Por el camino hemos recalado primero en Combarro, una preciosa villa pontevedresa al pie de la ría donde hórreos y cruceiros son su principal seña de identidad. Casi flotando sobre la ría, hemos almorzado en un singular restaurante donde hemos empezado ya a disfrutar el primer día de ruta de los maravillosos frutos del mar que van a ir ofreciéndonos estas tierras.

Hemos continuado hacia a nuestro primer destino no sin antes detenernos en lo que otrora llamaran los romanos el fin del mundo: El Cabo Finisterre (Fisterra en lengua gallega). Una apreciación errónea de la época por cuanto el punto más occidental del continente es el Cabo da Roca, cerca de Sintra (Portugal), el cual también tuvimos la ocasión de visitar no hace mucho tiempo. En cualquier caso las vistas que depara Fisterra son del todo espectaculares, sobre todo en nuestro caso desde donde hemos podido contemplar, sin prisa, como caía el sol tras el infinito mar.

Ya de noche cerrada hemos llegado a Camariñas, primer fin de etapa en nuestro viaje.

Combarro, Pontevedra (Foto del autor)

2º. Día.
No podía ser más apropiado el nombre para un paraje que alberga en sus entrañas decenas de naufragios, resulta de las frenéticas arremetidas de un océano despiadado. La Costa de la Muerte tiene su máxima expresión en el Cabo Vilán, villano para más señas, y el faro del mismo nombre junto al pueblo de Camariñas. Esta mañana, con un viento tan endiablado como ensordecedor para nosotros y un día apacible a tenor de los lugareños, tuvimos el inmenso placer de asomarnos a uno de los escenarios más virulentos de la península ibérica.

Después, la mágica Coruña con su majestuosa Torre de Hércules que guarda la historia de sus 20 siglos de existencia. Magnífico almuerzo en un típico mesón próximo a la Plaza de María Pita –no hubo más remedio que repetir las zamburiñas-, y salida a Viveiro, no sin antes el obligado paseo por la avenida de la Marina con sus característicos edificios acristalados. Tarde lluviosa pero menos que ayer y según parece más que mañana.

Encantadora Casa Almoina, cerca de Viveiro en medio de la campiña gallega, desde donde escribo estas líneas y vamos a pasar la noche solos con el rugido del viento y la mar sobre fondo.

Cabo Vilán, Camariñas (Coruña). (Foto del autor)

3º. Día.
Alfredo, nuestro anfitrión de Casa Almoina, se despachó hoy con un formidable desayuno, como si supiera que nos esperara una ajetreada jornada en nuestro periplo por estas tierras.

Y es que a buen seguro, a quién se le ocurriera colocar un sencillo banco de madera sobre los acantilados de Loiba, a solo unos kilómetros del cabo de Estaca de Bares, jamás podría imaginar que acabaría siendo elegido como el banco con la más bella vista del mundo. La verdad que no sabría afirmar si tal cosa es o no cierta pero lo que sí puedo asegurar es que la vista desde el mismo resulta impresionante.

Después de una breve visita a Porto Barqueiro, un pequeño pueblo que guarda sus esencias marineras en la frontera entre las provincias de Lugo y La Coruña, hemos pasado el resto de la mañana en uno de los más extraordinarios parajes que nos depara la península ibérica: la Playa de Aguasantas, más conocida por la Playa de las Catedrales. Un impresionante espectáculo de la naturaleza en las proximidades de Ribadeo, fruto de la erosión y la virulencia de estas aguas. Aprovechando la marea baja un paseo por su inmenso arenal entre las rocas y sus fantasmagóricas y colosales formas constituye un recuerdo imborrable para los que la recorren.

A mediodía, vuelta a la carretera hasta el que va a ser nuestro destino final de hoy: Luarca. Hemos vuelto a almorzar, un año más tarde, en El Barómetro un coqueto, típico y conocido restaurante justo delante del puerto pesquero que hace de la cocina asturiana su emblema. Unas impresionantes fabes con almejas y otras no menos exquisitas al estilo tradicional casi nos darían fuerzas más que suficientes para completar toda la ruta. Fantástico y si tenemos la ocasión volveremos siempre que podamos hacerlo.

Después, visita obligada a su cementerio a decir de algunos entre los más bellos del mundo. Desde lo alto de una colina, el camposanto rinde tributo a un mar Cantábrico infinito. Severo Ochoa, el Nobel de medicina, guarda reposo eterno en tan significado lugar.

Noche tranquila y paseo apacible por las enmudecidas calles de Luarca en estos últimos días de Octubre. Una villa que, por su cantidad de hoteles y restaurantes da la sensación de bulliciosa en la época estival.

Playa de las Catedrales, Lugo. (Foto del autor)

4º. Día.
Nueva jornada, ya de lleno en el principado de Asturias, en la que por primera vez nos ha acompañado el buen tiempo. Así, después de abandonar Luarca, hemos alcanzado Cudillero, un pueblo marinero que al abrigo de la sierra del litoral permanece impertérrito al paso de los siglos. Sus casas colgadas y sus calles de escalinatas imposibles son sus principales señas de identidad y el argumento de su pujanza como atracción turística.

Más tarde, otra parada, esta vez en Lastres. Junto a la orilla del mar pero con empinadas calles fruto de su escarpada orografía, Lastres es uno de esos tantos pueblos con una dilatada historia que abundan por toda la geografía española que, desconocidos para la mayoría, recobran vitalidad a consecuencia de cualquier pronunciado evento. El caso de Lastres es el de haber sido la localidad donde se rodó Doctor Mateo, la serie de televisión que ha propiciado su popularidad.

Después de una breve parada en las Cuevas del mar, otro agreste paraje de la costa cantábrica donde el mar esculpe sus violentas formas, hemos dado con el almuerzo en la villa de Nueva (Llanes) en La Central. Allí, ni cortos ni perezosos, hemos desafiado los alegatos de la OMS y nos hemos metido entre pecho y espalda unas buenas raciones de jamón, chorizo y huevos de la tierra.

Ante lo interesante de la propuesta del propietario del restaurante, después del almuerzo, hemos recorrido unos pocos kilómetros atrás sobre nuestros pasos para presenciar otro de los espectáculos que la naturaleza ofrece por estos lares: Los bufones de Pría. En los acantilados del mismo nombre el mar penetra en su interior y el resultado de la física y la geología del terreno hace que escupa auténticos bufidos que se convertirán en geiseres conforme la violencia de las arremetidas de este por los pequeños orificios de lo alto de la meseta que guardan sus rocas.

Llegada a Llanes a última hora de la tarde, lo justo para recorrer su hermoso casco viejo, degustar su sidra y sus pinchos. Y para cerrar el día, nada mejor que una copa en la terraza de las habitaciones de nuestro hotel bajo la luz de la Luna y con el rumor de las olas a nuestros pies.

Cuevas del mar, Nueva Llanes (Asturias)

5º. Día.
Antes de abandonar Llanes no podíamos pasar la oportunidad de visitar su Paseo de San Pedro, una magnífica obra sobre su línea costera que fue sufragada por sus ciudadanos a mediados del SXIX.

Después, a solo unos pocos kilómetros de Llanes, nuestra última mirada al mar, esta vez ante la singular Playa de Gulpiyuri. Una auténtica playa interior que, por asombro de la naturaleza, se adentra tierra adentro con la pleamar por debajo de los acantilados.

Tierra dentro: Covadonga. Un paisaje totalmente distinto al que hemos tenido hasta ahora. Tanto que ha cambiado los aromas de la brisa marina con los del bosque de montaña. La colosal basílica y la cueva de la Santina son las puertas de entrada a los no menos famosos lagos de Covadonga.

Así y después de encaramarnos, nunca mejor dicho, hasta el bellísimo Lago de Enol, descenso para el almuerzo y proseguir destino hasta Camaleño, una localidad próxima a Potes ya en la vecina Cantabria.

El trayecto, de unos 90 km, ha sido sorprendente y tan hermoso como fantasmagórico. Observados continuamente por los Picos de Europa mientras acompañábamos en una serpenteante carretera el curso de los ríos Cares primero y Deva después. Un itinerario que recomendaríamos a cualquiera que quiera disfrutar de estas comarcas.

De esa guisa hemos llegado hasta nuestro alojamiento, una magnífica casa con más de tres siglos de historia encaramada ya en la montaña. Fantástica, imposible de explicar con palabras si no se ha estado aquí.

Cena en Potes y, claro cómo íbamos a perdernos nuestro partido del Atléti. Gracias a la generosidad de nuestro anfitrión en la cena aunque, visto lo visto, mejor sería haberse olvidado de ello. Vuelta a nuestra casa, rodeada de naturaleza en todo su esplendor. Copa y aperitivo en un paraje que, a buen seguro, tardaremos en olvidar.

Basílica de Covadonga (Foto del autor)

6º. Día.
Francamente, para uno que es bicho de ciudad, despertarse en un paraje como el de esta mañana en Lon, una pedanía de Camaleño de menos de 100 habitantes, en los Picos de Europa y ante la mirada de osos, lobos, zorros y demás moradores del lugar, como poco, sobrecoge e impresiona.

Recuperado el aliento, bajamos a desayunar a Potes y recorrer unos minutos sus animadas calles en un entorno medieval que resulta encantador. Potes fue reconstruida fiel a su imagen anterior después de haber sido destruida, casi en su totalidad, durante la última Guerra Civil y si bien eso le confiere un aspecto algo equivoco, no desmerece para nada la visita y le ha convertido en un auténtico foco turístico del sur de Cantabria.

Lon, Camaleño (Asturias). (Foto del autor)

Camino ya de Carrión de los Condes en la provincia de Palencia, alcanzamos Castilla por otra sinuosa carretera, esta vez a través del Parque Natural de Fuentes Carmona y Fuentes Cobre, donde los paisajes de postal se repiten una y otra vez. Por cierto que por tres veces en el camino tuvimos que detenernos ante la irrupción en el mismo de vacas, ovejas, caballos y demás pobladores de estas tierras.

Como se diría encaramados casi de forma abrupta por la carretera en la meseta castellana, llegamos a Carrión donde tras el almuerzo nos hemos visto sorprendidos por el espectacular friso y el marco de su Iglesia de Santiago y la contundencia de la Iglesia de Santa María, dos de las joyas del románico en España.

Más próximos a nuestro destino final de la jornada, no podemos dejar atrás la localidad de Frómista que, para algunos, contiene la mejor representación del románico español y uno de sus máximos exponentes en el mundo: la Iglesia de San Martín. Con un aire tan breve como majestuoso la iglesia tiene como principales características sus torres circulares y las prolíficas tallas de sus capiteles interiores.

Después de nuestra breve pero enriquecedora visita a Frómista, en poco minutos recalamos en Monzón de Campos, una pequeña localidad a escasos kilómetros de Palencia que alberga un original hotel y un interesante restaurante de autor que han satisfecho, especialmente el segundo y con creces, nuestras necesidades.

Iglesia de San Martín, Fromista. Palencia. (Foto del autor)

7º. Día.
Tras un copioso desayuno en el singular restaurante de nuestro hotel de Monzón de Campos, salida hacia nuestro último destino: Ávila. En tránsito por unos campos de Castilla que han inspirado a tantos poetas, nos hemos visto obligados a detenernos para retratar sus vastas llanuras bajo un cielo de nubes que parecían colgadas de un azul impertérrito. También, tanto ayer como hoy a golpe de carretera, no podemos dejar de mencionar la grandiosidad de las iglesias que sobrevuelan colosales el cuerpo de casas que pululan a su alrededor en cada uno de los diminutos pueblos que se van intercalando en nuestra ruta.

Hemos llegado a la capital abulense a primera hora de la tarde, justo para tomar alojamiento en un magnífico palacio renacentista y buscar un restaurante propicio para degustar las tradicionales viandas de la tierra. Alubias blancas, patatas revolconas y como no su celebérrimo chuletón de ternera y su cuarto de cochinillo asado han formado parte de nuestro menú.

Tras el almuerzo, nada más propicio que un paseo por unas calles que guardan la esencia de otros tiempos. Intramuros de una fortaleza única en España por la amplitud de su perímetro y su estado de conservación, Ávila está plagada de palacios, casonas que fueron en su día acopio de la nobleza castellana y sobre todo iglesias y conventos absorbidos por el carácter místico de sus más insignes vecinos: Teresa de Jesús y Juan de la Cruz.

Es en el convento que fundara la orden de la Santa, donde hemos visitado la estancia que se presenta como su lugar de nacimiento, el huerto de la casa donde pasó su infancia y algunas de las reliquias de la misma. Entre otras y dentro de ese cierto aire tétrico de la tradición católica, un dedo momificado de la religiosa.

Café y copa al resguardo del viento y el frío habitual de la ciudad en el Café del Mercado, un hermoso local anexo a nuestro hotel donde hemos esperado la llegada de la noche. Más tarde, como no podía ser de otra forma, una cena ligera ha acabado poniendo la rúbrica a nuestra jornada dando por terminada la misma.

Murallas de Ávila (Foto del autor)

8º. Día.
No podíamos abandonar Ávila, última etapa de nuestro viaje, sin visitar su joya más preciada y probablemente uno de los monumentos más importantes del románico español: la Basílica de San Vicente. Un impresionante edificio en el que nos ha llamado la atención, aparte de su grandiosidad, el cenotafio de los hermanos mártires Vicente, Sabina y Cristeta por su singularidad y belleza. Una obra extraordinaria en piedra policromada en forma de barco y profusamente tallada que resulta de vista obligada.

Nos gustaría habernos detenido, ya en carretera, en el magnífico castañar del Valle de Iruelas, un paraje de especial belleza natural justo en la frontera entre las provincias de Ávila y Toledo pero la lluvia no ha sido benigna en esta ocasión con nosotros y hemos tenido que seguir adelante nuestro camino.

Almuerzo en el legendario mesón La Troya de Trujillo ya en la provincia de Cáceres, recordando viejos tiempos y aunque la masificación ha hecho perder en cierto modo su encanto, sí que mantiene al menos parte de sus tradiciones. Tortilla de patatas y ensalada de aperitivo, junto a las consabidas botellas de vino, gaseosa y agua, además de un pan entero y todo eso… para empezar.

Y así hemos llegado al final. Otro viaje más en nuestro haber que, a buen seguro, sobrevivirá al paso del tiempo. Francamente una experiencia fantástica en la que hemos recorrido buena parte de las costas del norte de España, saboreado las mieles de los Picos de Europa, disfrutado de los campos de Castilla y degustado los platos más tradicionales de la gastronomía de tan fantásticos parajes.

¡Hasta la próxima!

Campos de Castilla. (Foto del autor)
Felipe Pozueco

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *