Contracultura y opresión: Alguien voló sobre el nido del cuco, de Ken Kesey

Ken Kesey | Vía: elplacerdelalectura.com
Ken Kesey | Vía: El Placer de la Lectura

One flew over the cuckoo’s nest (1962)[1]Todas las citas se ofrecerán en su versión original y mediante nota al pie, se ofrecerá nuestra propia traducción al castellano para facilitar su comprensión. La edición que utilizamos es: KESEY, Ken. 1976. One flew over the cuckoo’s nest. London: Picador, 255 pp. es un grito desesperado más que una novela. Es un aullido de libertad, nacido a partir de las experiencias de su autor, Ken Kesey (1935-2001), como guarda psiquiátrico en el Hospital para Veteranos de Menlo Park (California) y de la ingesta de sustancias alucinógenas como el Peyote y el LSD. En ella, el joven McMurphy, acusado de violar a una menor de edad y condenado a largos años en prisión, decide fingir locura y que lo trasladen a una institución psiquiátrica, donde, para su desventura, no sólo no apaciguará sus ánimos sino que descubrirá cómo sus nuevos compañeros son unos seres sometidos que han olvidado su identidad, que han vuelto a ser niños por la fuerza. Hallará que la privación de libertad de los psiquiátricos es tan terrible como la locura misma.

Y es que libertad es un concepto primordial para Kesey, que fue uno de los últimos miembros de la llamada Beat Generation e igualmente, como expusimos en su día, uno de los referentes de la contracultura de finales de los sesenta y principios de los setenta, hecha a base de oposición constante[2]GARCÍA ARANA, Daniel. 2014. “Hippies y contracultura: era post-beat”, en Los Otros Aullidos. Zaragoza: STI, p. 20. Puente de unión, por tanto, entre los dos movimientos: «Si los hippies no son más que la suma de los Beats y las drogas, todo empezó, según la leyenda, con Ken Kesey. Fue Kesey, dicen, quien hizo que ocurriese».[3]COOK, Bruce. 1971. The Beat Generation. New York: Scribner and Sons, p. 196

Kesey es el escritor de la verdad, la identidad y la libertad -no resueltas- y se le reconoce por su lúcida sencillez. Es el explorador incansable de la comunicación y constata la imposibilidad de ésta con un genio tan imprevisto y descorazonador como verista. Focalizar un sentido a medio completar de libertad, sin comunicación, es difícil. La pregunta es si puede aspirarse a mucho más. Digamos a una especie de libertad de comunicación, aunque sea ejercida por esclavos al servicio del poder, pero que siempre tendrá esa suerte de migajas parecidas acaso a una idea original sobre el ser libre.

Si entre los personajes de la novela no hay comunicación, es porque no se permite: la superestructura lo impide. A los personajes del libro se les ha arrebatado la imaginación y el amor, entre otras muchas cosas, con lo cual ejercer el derecho de ser libres deviene tarea ímproba. En el psiquiátrico existen, con esa lógica impuesta por el sistema, relaciones de poder, y se ha creado una ideología de la dominación para someter al ciudadano/paciente, utilizando la superestructura, que además lleva nombre y aspecto de mujer, encarnada en la enfermera Ratched. La dominación porta bata blanca, símbolo éste de intemporalidad y éxtasis absoluto, del blanco opuesto al negro, del blanco que lucha para vencer y apoderarse del tesoro. Esa riqueza son las almas de unos desgraciados a quienes llaman locos: «Noto que está furiosa, que ha perdido completamente el control. Va a hacer pedazos a esos cochinos negros, pues así de furiosa está. Comienza a hincharse, se hincha y se hincha hasta desgarrar la espalda del blanco uniforme y despliega sus brazos y los extiende y alcanzan tal longitud que podrían dar cinco o seis vueltas en torno a los tres hombres. Mira a su alrededor con un rápido vaivén de su enorme cabeza. Nadie a la vista, sólo el viejo Bromden Escoba, el mestizo, escondido detrás de su escoba, y que no puede gritar para pedir ayuda. Así que ya no se contiene más y su sonrisa pintada se transforma, se despliega en un gran bufido, y ella se agranda, cada vez más, hasta parecer un gran tractor, tan grande que puedo oler el motor que lleva dentro, tal como huelen los motores sometidos a un esfuerzo demasiado grande».[4]Kesey, 1976, Op. Cit., p. 10

La superestructura, de forma inconscientemente misógina, es mujer: Ratched, the Big Nurse, la Gran Enfermera. Los infames psiquiátricos de la época tienen, como decíamos, sus propios mecanismos para impedir esa comunicación, que no es sino la antesala de la libertad, y será McMurphy quien emprenderá una lucha cruenta contra esa superestructura, encarnada mayoritariamente por la pérfida Ratched. Este entrañable niño pelirrojo rebelde protagonista, pone en duda el sistema y la enfermedad mental de los pacientes y motiva a los resignados hombres a reclamar sus derechos y su independencia, frente a la rigidez de la enfermera, que reta a McMurphy sin mesura, llevando su rebelión a un final espeluznante. Pero, ¿quién es él?

La primera visión de McMurphy la aporta Bromden, el indio narrador. Lo cual, por cierto, nos llevaría a preguntarnos el por qué de haber elegido a un protagonista principal que no narra, aunque asista a ella. Un indio, referente inexcusable de una clase social destruida por la historia, es quien tiene la palabra aquí. Luego vendrán escritores nativos como Martin Cruz Smith, pero mientras tanto los blancos se permiten escribir y poner palabras en boca de ellos. Oigamos su voz, su descripción de McMurphy: «Su modo de hablar, sus guiños, su fuerte vozarrón, su fanfarronería, todo ello me hace pensar en un vendedor de coches usados o en un tratante de ganado -o en uno de los charlatanes que pueden verse junto a los escenarios de segunda, de pie bajo las pancartas bamboleantes, con una camisa a rayas y botones amarillos, que atrae a las multitudes como si fuera un imán».[5]Ibíd., p. 16 Ha sido el Indio quien nos ha dejado claro que McMurphy tiene dotes de líder.

Desde una perspectiva masculinista, Kesey nos ofrece a un héroe carismático, una figura de fuerza espiritual y energía sexual, frente a la dominación femenina de Ratched. Sin embargo, ¿quiénes son sus únicos apoyos en el hospital? El Jefe Bromden, ese indio de metro ochenta, hijo de una blanca, de la que ha aceptado su apellido. También el joven y tímido Billy Bibbit, que teme al mundo exterior y por eso vive encerrado allí. Su madre es amiga personal de Ratched. Y, junto con Martin, muchacho que sufre terribles alucinaciones y a quienes McMurphy aprecia considerablemente. Éstos pertenecen a los llamados «Acutes» (Agudos), porque los médicos suponen que aún están lo suficientemente enfermos como para poder hacer algo con ellos.[6]Ibíd., p. 17

Cheswick es el primer paciente que apoya la rebelión del rematadamente lúcido McMurphy. Y muere ahogado. No sabemos si es suicidio, ¿se suicidan los locos? Pete Bancini. Un loco que nació muerto, según él mismo.[7]Ibíd., p. 47 Defender a su otro amigo, George Sorenson, le cuesta a nuestro protagonista su primera terapia de choque.
Los vegetales Blastic y Ellis sufren las consecuencias de la infame terapia de choque. Uno no vive y el otro sólo vive para orinarse encima. ¿Acaso hay héroes en ese mundo de antihéroes? En definitiva y como aclarábamos en un principio, la mujer no cuenta: o son pérfidas represoras o simplemente prostitutas, como Candy y Sandy. Hay otra, sí, una iletrada, boba e insignificante esposa que cumple rigurosamente la visita al marido interno, Dale. Y en cuanto a los hombres, castrados emocionalmente no ya por la dominación de Ratched sino por el sistema mismo, tampoco parece que puedan erigirse en salvadores de nadie.

El razonamiento sobre las formas de poder y su represión de la libertad más básica nos lleva directos a la Anti-psiquiatría. Este es el movimiento surgido en la década de los 60 contra las escuelas dominantes del psicodiagnóstico y la psicoterapia que surgió en la década de 1960 y, en especial, con la aparición de nuevas teorías sobre las causas y el tratamiento de enfermedades mentales como la esquizofrenia, siendo uno de sus máximos defensores Ronald D. Laing. El rasgo común entre la novela y la propia teoría anti-psiquiátrica es, no hay duda, el rechazo hacia las teorías que limitan el origen de la enfermedad a las causas somáticas y el abrazar aquellas que, por el contrario, sostienen que debe prestarse especial atención a las influencias nocivas de la sociedad y la familia.

Laing afirmó en Sanity, Madness and the family (1964)[8]LAING, R.D., and A. Esterson. 1987. Sanity, Madness and the Family. London: Pelican Books, 282 pp., que las causas de la esquizofrenia se encuentran principalmente en las relaciones familiares viciadas. Por eso, es lógico pensar que numerosos representantes de la anti-psiquiatría rechazan de forma general la existencia de los centros psiquiátricos, ya que, según ellos, el enfermo psíquico debe estar en contacto con la sociedad. Encontramos aquí el choque entre la radical disciplina del hospital y el concepto abstracto e intangible de libertad que daría el contacto con el resto de la sociedad.

De Laing podríamos avanzar hasta Foucault, según el cual habría unas relaciones de poder que se nutren del saber y, a su vez, ese saber sirve para fortalecer el poder. En ese juego nos constituimos porque es una red que atraviesa toda nuestra existencia. Tony Tanner da unas pinceladas en su imprescindible City of Words (1971) sobre esta cuestión: «Ella (Big Nurse) es la sierva, o más bien la suma sacerdotisa, de lo que se refiere a la “Alianza” o “sistema”, otra versión de esa noción de que la sociedad está regida por alguna fuerza secreta que controla y manipula a todos sus miembros, algo muy común en la ficción americana contemporánea».[9]TANNER, Tony. 1976. City of words. London: Jonathan Cape, p. 373

Y es que ese término, The Combine[10]Una traducción aproximada sería «La Alianza» o «La Coalición», pese a que en España nos llegara como «El Tinglado» (vid. la imperfecta traducción para Planeta que hizo Mireia Bofill), ya ha llegado a nuestros oídos en muchas ocasiones, pues así es como Bromden clarifica en su mente el conjunto mecanizado con el que se controla, extorsiona y tortura a los «enfermos». Al final, como diría Foucault, la historia no tiene un sentido, esto es, se articula como si fuera un puzzle y que se puede construir de muy diversas maneras. En definitiva, de lo que se trataría es de descifrar cuáles son las condiciones de posibilidad que permiten una construcción concreta: la nuestra.

Todo esto, por ende, y sin querer extenderme más a este respecto, nos lleva de nuevo al hospital/cárcel de One Flew Over…, donde, igual que advertía Foucault, se produce la inevitable pérdida de libertad que nos encadena a lo que sabemos, a lo que podemos y a lo que, en consecuencia, somos, pero cuidado, porque allí se nos obliga a ser precisamente lo que somos. El Indio Bromden parece ver una posible comparación con las Reservas donde América les encerró por no dejarse desproveer de sus tierras, y qué duda cabe, donde el psiquiátrico ilustraría una sociedad en la siempre ha habido reprimidos y represores. Un centro en el que solo cabe, igual que en la mayoría de familias americanas y como bien predijo Jack Kerouac en The Dharma Bums, «sentarse frente al televisor, en un manicomio, dejando que te supervisen otros».[11]KEROUAC, Jack. 1974. The Dharma Bums. Herts: Granada, p. 77

Thoreau grita desde dentro del psiquiátrico. Kesey -beat y hippie al mismo tiempo- cambia la cárcel por el hospital. Algunos incluso sobreviven allí.

Título: Alguien voló sobre el nido del cuco
  • Autor/es: Ken Kesey
  • Editorial: Anagrama
  • Nº de páginas: 288
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias   [ + ]

1. Todas las citas se ofrecerán en su versión original y mediante nota al pie, se ofrecerá nuestra propia traducción al castellano para facilitar su comprensión. La edición que utilizamos es: KESEY, Ken. 1976. One flew over the cuckoo’s nest. London: Picador, 255 pp.
2. GARCÍA ARANA, Daniel. 2014. “Hippies y contracultura: era post-beat”, en Los Otros Aullidos. Zaragoza: STI, p. 20
3. COOK, Bruce. 1971. The Beat Generation. New York: Scribner and Sons, p. 196
4. Kesey, 1976, Op. Cit., p. 10
5. Ibíd., p. 16
6. Ibíd., p. 17
7. Ibíd., p. 47
8. LAING, R.D., and A. Esterson. 1987. Sanity, Madness and the Family. London: Pelican Books, 282 pp.
9. TANNER, Tony. 1976. City of words. London: Jonathan Cape, p. 373
10. Una traducción aproximada sería «La Alianza» o «La Coalición», pese a que en España nos llegara como «El Tinglado» (vid. la imperfecta traducción para Planeta que hizo Mireia Bofill)
11. KEROUAC, Jack. 1974. The Dharma Bums. Herts: Granada, p. 77
Daniel Arana

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