La olvidada Concha Albornoz, eterna «amiga de».

Concha Albornoz. Óleo sobre lienzo. 54 x 44,5 cm. 1951. Ramón Gaya.

Concepción Albornoz Salas.
(29-04-1900, Luarca, Asturias, España /
29-02-1972, Ciudad de México, México).

Tal y como indican en el archivo del Ministerio de Cultura, «fue una catedrática de instituto e intelectual española, exiliada tras la guerra civil». Siempre ayudó a sus amigos ejerciendo como mecenas o apoyándolos con fines artísticos como en el caso de Miguel Hernández, para quien medió para que entrara en los círculos literarios a su llegada a Madrid. Animó a Rosa Chacel para que se presentara a la beca del Guggenheim -por la cual pudo trabajar dos años en Nueva York-; o hizo favores mucho más personales como esconder a Giménez Caballero en los primeros días de la Guerra Civil. Convenció a Luis Cernuda para viajar a París con ella y posteriormente consiguió que trabajara como profesor en el Mount Holyoke College de Massachusetts (donde posteriormente, en 1944, lograría ella una plaza como profesora.)

Concha Albornoz, Luis Cernuda y Ruth Sedwich en 1948 en el Mount Holyoke College de Massachusetts.

Si buscamos información sobre esta mujer, cuesta encontrarla. Se desconoce si fue por decisión propia o no el pasar desapercibida, pero es un nombre que -aunque quizá muchas personas lo desconozcan-, está unido a numerosos artistas: a Miguel Hernández, que le dedicó poemas; aparece en cartas de Luis Cernuda, María Zambrano o de su gran amigo Ramón Gaya; fue también la inspiración para Juan Gil-Albert en su novela «Tobeyo o del amor», en el personaje de Magda, entre muchísimas crónicas más.

Gil-Albert en «Viscontiniana» la describió como una “lectora incansable y de certero juicio”, “era una acompañante excepcional, penetraba a las gentes y las valoraba por sus características […]. Aparte de esto, escuchaba, sabía escuchar, le interesaba oír al otro, propio o ajeno.”

01-08-1950. Carta escriba a mano de Concha a Gregorio Prieto, a quien le cuenta desde Cambridge que está pasando el verano en México con Luis Cernuda, le invita a viajar a Estados Unidos y le envía recuerdos de Concha Méndez. El manuscrito se conserva en el Museo de la Fundación Gregorio Prieto.

A las mujeres intelectuales siempre se las clasificó como varoniles. Algunas de ellas tuvieron que disfrazarse de hombres o incluso utilizar pseudónimos masculinos para poder tener la opción de realizar publicaciones. Algunos hombres no aceptaban a las mujeres con talento. Muchas tenían que elegir que las siguieran considerando “mujeres” como la imagen que se tenía estereotipada de la mujer o renunciar a esos tópicos para luchar y poder cumplir sus deseos.

En el libro «Memorabilia», Gil-Albert dice sobre ella que “[…]. Su aspecto, netamente intelectual, estaba dosificado, casi en partes iguales, con su inclinación natural a la elegancia que se manifestaba en cualquiera de sus particularidades. No es que fuera una mujer a la moda, nada más lejos de eso, tenía una manera peculiar de vestirse, y sus tailleurs […], su muestrario de blusas exquisitas […], sus portamonedas, sus guantes, sus zapatos […], la acreditaban, aunque se trate de un término aplicado con exclusividad al varón, de dandy. Porque parecía desprenderse de todo ello un sentido distinto al que le hace a la mujer engalanarse para gustar.”

Ramón Gaya, Concha Albornoz y Juan Gil-Albert en Venecia, 1952.

Hace 4 años -por un evento del que formé parte en la programación del Museo Ramón Gaya de Murcia- intenté investigar sobre ella, pero apenas encontré información. Decidí rescatar su imagen rastreándola a través de más de 50 libros en los que podría aparecer, pero sólo había vagas referencias. Casi siempre se referían a ella como “la amiga de Luis Cernuda”, “la amiga de “Ramón Gaya”, “la amiga de “María Zambrano”… Siempre unida a muchísimos nombres de grandes personalidades. Concha Albornoz fue muchísimo más que “la amiga de”.

Como dictan los archivos del Ministerio de Cultura, donde también he encontrado información a modo de resumen: «Estudió primeras letras en su Luarca natal y se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid. Ganó oposiciones a Cátedra y fue destinada como profesora en el Instituto Antonio de Nebrija de Madrid. Fue personaje habitual de los círculos culturales de Madrid, organizando tertulias literarias en su domicilio. Se marchó a París como secretaria de la Embajada de España en Francia, pero regresó y formó parte del Ministerio de Estado. Retomó su carrera diplomática optando a un puesto como secretaria en la embajada de Atenas pero nunca llegó a ocuparlo por una falsa acusación. Se trasladó en 1939 a Cuba. Allí impartió clases de literatura en la Escuela Libre de la Habana. En 1944 se marcha a Estados Unidos para ejercer como profesora de literatura española en el Mount Holyoke Collage, en Massachussets. Durante estos años, seguirá reuniéndose con su círculo intelectual en Europa y en México.» La breve información que ha podido recopilarse sobre ella, nos ha llegado a través pequeñas referencias, poemas, cartas…

En una comida organizada por Vicente Aleixandre. Concha Albornoz se encuentra en el centro de la fotografía.

En este proceso he podido descubrir que no soy la única que necesita más respuestas sobre ella. En la actualidad, la persona que más está indagando sobre su vida e intentando averiguar si también tuvo obra propia, se trata de Isabel Murcia Estrada, una estudiante de doctorado en la State University of New York, Stony Brook. Gracias a su investigación sobre la experiencia del exilio en las intelectuales republicanas españolas tras la guerra civil, ha centrado parte de su tesis en la figura de Concha Albornoz. Incluso ha viajado hasta México, como si de una detective se tratara, para poder recolectar más información sobre ella. El año pasado la entrevistaron en la emisora Candil Radio; y allí -que os recomiendo su escucha- nos cuenta varias anécdotas que acontecieron durante esta investigación. Podéis acceder al programa a través de este enlace: https://candilradio.com/audio/programas/amazonas-en-el-tiempo/amazonas-2020-02-03-concha-de-albornoz/

Ojalá Isabel Murcia Estrada continúe con esta ardua investigación y próximamente podamos encontrar un libro completo sobre Concha Albornoz.

Son incontables las mujeres de las que no nos ha llegado toda la información de la que querríamos disponer. Cualquier adolescente sabe quiénes eran los componentes de la Generación del 27. Todo hombres, ni una sola mujer. En los libros de texto no nos hablaban de las Sinsombrero, ese grupo de mujeres de la vanguardia artística de principios del siglo XX tan importantes como ellos aunque no se les dio el mismo valor. Entre ellas también se encontraba Concha Albornoz. Esta mujer formó parte de las asociaciones más importantes de la época.

Ramón Gaya, Clara Janes, Concha Albornoz y Juan Gil-Albert en Florencia en 1952. Clara Janes fue una alumna y luego amiga de Concha Albornoz que sirvió de guía a Gaya y a sus amigos por Italia como pude descubrir en su momento gracias al libro «Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya» de Miriam Moreno Aguirre.

Fue miembro de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura junto a compañeros como Ramón Gaya, Rafael Alberti, Juan Gil-Albert o María Zambrano. En este enlace del archivo del Ministerio de Cultura, pueden consultarse todos sus componentes: http://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/autoridad/25031

También fue miembro de Lyceum Club Femenino. «Organización cultural y laica, creada por y para las mujeres en 1926, que luchó por la igualdad social y jurídica de su género.» Entre sus miembros se encontraban personalidades como Victoria Kent. En este enlace del archivo del Ministerio de Cultura, pueden consultarse todas sus socias: http://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/autoridad/142525

Feminista, antifascista y republicana, tuvo que exiliarse tras la guerra civil y jamás regresó a España. Falleció en México un 29 de febrero. Curioso que muriera un día que algunos años no existe. Casi como una metáfora de la poca presencia que nos ha llegado de ella. El aniversario de su muerte no existirá tampoco este año.

Concha Albornoz con Ramón Gaya en Florencia, 1952. Un año después de haber pintando la única pintura que se conserva (o de la que se tiene constancia) hasta hoy de nuestra protagonista.

Octavio Paz, en “Primeras letras”, nombra el retrato de Albornoz que le realizó Gaya -que encabeza este artículo- ensalzándolo entre sus grandes obras tan capaces de tanto. Como un augurio del recuerdo que intento rescatar de Concha, cierro así con él: La pintura de Gaya nos regala algo ausente de casi toda la pintura contemporánea: un mundo. Los gouaches de Francia, el retrato de Concha Albornoz, el Eucalipto, La cinta, son algo más que pintura, son algo más que color, forma, volumen y atmósfera, no porque dejen de serlo, sino porque se han vuelto ya otra cosa: espíritu, alma. Estos cuadros son algo más que un discurso o una confesión; son la vida misma, la vida en su magia, en su transcurrir, en su fatalidad desdichada y graciosa. El arte no es la vida, pero su misión consiste en crear otra vida o en eternizar ésta. Ramón Gaya, en estos cuadros, no crea otra vida, sino que salva unos pocos minutos de esta vida nuestra y los hechiza y detiene, sin que pierdan su influencia. Y al salvar de sí mismo a una porción del tiempo, ¿quién duda que salva de la muerte a un poco de nosotros mismos?

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