Compliance o la obediencia del horror

– Cuando te dijeron que te quitases la ropa, ¿hay alguna razón por la que no te negaras?

– No lo sé. Sólo supe que iba a ocurrir.

En la década de los sesenta, el psicólogo Stanley Milgram llevó a cabo una serie de experimentos en la universidad de Yale para investigar hasta dónde llegaría un ser humano ante las órdenes dadas por una figura de autoridad.[1]Una traducción castellana, aunque incompleta, del resumen de aquellas sesiones puede encontrarse en MILGRAM, Stanley. 1988. «Obediencia a la autoridad», en Torregrosa, José Ramón y E. Crespo (Eds.). Estudios básicos de la psicología social. Barcelona: Hora, pp. 365-382. Para la versión completa, consúltese MILGRAM, Stanley. 1974. Obedience to Authority. An Experimental View. New York: Harper and Row Los resultados fueron bastante impactantes. Tal como se desprende de aquellas investigaciones y actuando como especie, somos capaces de llegar muy lejos cuando alguien que creemos que representa una autoridad moral o legal nos da órdenes que normalmente no cumpliríamos.

Compliance (Craig Zobel, 2012) habla precisamente sobre eso: Sandra (Ann Dowd), una gerente de comida rápida recibe, en uno de los peores días laborales, una llamada. Alguien que se identifica como oficial de policía (Pat Healy), al otro extremo del teléfono, alega que una de sus trabajadoras, Becky (Dreama Walker), robó dinero del bolso de una mujer. Le pide a Sandra que lleve a Becky a la habitación de atrás y la interrogar por teléfono. Luego, siguiendo sus instrucciones, será Sandra quien la interrogue, lo que le lleva, debido al inmenso bullicio en el trabajo, a traer a algunos de sus empleados para ayudar en la búsqueda del dinero. Un interrogatorio que conduce a la más absoluta humillación de Becky y que tendrá consecuencias terribles, terminando con su propia violación.

Conforme se desarrolla la película -todo un prodigio de guión y montaje- nos preguntamos nosotros mismos si es creíble lo que está ocurriendo, dado que algunas de las situaciones resultan estúpidas y absurdas, de puro aterradoras. Desgraciadamente, se nos ha avisado, al iniciarse los créditos, de que está basada en hechos reales, e incluso puede decirse que, pese a su escabrosidad, suaviza ciertas cuestiones que se repitieron durante innumerables casos a lo largo de los Estados Unidos, hasta que el sujeto perpetrador de tal horror fue detenido y condenado.

Es difícil ver una película como Compliance (2012) y no tener una reacción visceral. Se puede hacer cine capaz de revolver el estómago y la conciencia al más avezado sin que, para ello, sea necesaria una sola gota de sangre en pantalla. Nos resulta imposible creer que algo así pueda realmente suceder. Una y otra vez nos repetimos, escena tras escena, que nadie puede ser tan estúpido y tan fácil de engañar como Sandra, Becky y el resto de los protagonistas, pero esta monstruosidad, de todo punto inmoral e inhumana, tuvo lugar en más de setenta ocasiones a lo largo del país, de acuerdo con los periódicos de aquella época que hemos podido consultar.

Estados Unidos puede ser un país maravilloso pero no es menos cierta su complejidad: un país construido gracias -pero también a cambio- del esfuerzo humano, lo que incluía cuantiosas pérdidas de vidas. Cada decisión equivocada que toma la clase política y cada demanda absurda a la que se prestan los humanos, tiene total y completo sentido para muchos de ellos. Por eso, cuando algunas de las preguntas ocasionales que le hace el hombre del teléfono a sus interlocutores son cuestionadas, aquellos reciben como respuesta la necesidad del cumplimiento (compliance) y además, toda suerte de fructíferos, si ridículos, intentos para calmar las inquietudes surgidas.

Ni siquiera como estudioso de la psicología me atrevería a intentar explicar el porqué de la acción del falso policía que conduce, por último, a la degradación total de Becky a manos de sus propios compañeros de trabajo. Eso sumado a que nadie, salvo un trabajador que recae a última hora en el local y es quien da la voz de alarma, se atreve a cuestionar al sádico que está detrás de todo, un simple vendedor telefónico y padre de familia, para más información. Alguien que, en definitiva, ve en Sandra a una persona lo suficientemente inteligente como para asumir las responsabilidades de un gerente de restaurante, y por tanto, con la necesaria competencia para cumplir órdenes, por espantosas que sean.

Hay que remontarse algunos años atrás, a la carrera del guionista y director Craig Zobel (Nueva York, 1976), que suele ponerse al frente de películas de factura modesta sobre gente normal en escenarios sin ornatos particulares, lo que no es óbice para que haya desarrollado toda una poética de indagación en el más grande de los misterios: el comportamiento de los humanos. Su primer largometraje, Great World of Sound (2007), que tenía como protagonistas a dos estafadores que se dedican a captar músicos con talento y después engañarlos, supuso una mirada poco convencional a las celebridades y al falso sueño americano, con algunas escenas de audiciones, extraídas de documentales, y que, en esencia, subrayaban la estafa que se representa en la película.

Compliance, su segunda película como realizador, también contiene un engaño y una cadena de explotación, y funciona de manera envidiable como reflejo de las poderosas fuerzas sociales de persuasión y obediencia. En parte inspirada, como decíamos antes, por estudios de psicología del comportamiento, se ha convertido en un experimento de incomodidad e identificación del público. Sabemos que despertó, durante su estreno en Sundance, todo tipo de acusaciones desfavorables, así como reacciones positivas, en parte debido a la extraña fascinación que despierta por la capacidad humana para la crueldad y la insensibilidad.

Zobel dirige su propio guión con pasmosa eficacia, salvando posibles escollos. Establece rápidamente una atmósfera opresiva en el restaurante al explotar las hostilidades entre Sandra y Becky, que sólo se intensifica cuando la gerente asume la responsabilidad de detener a su empleada. Las tomas enmarcadas con evidente sapiencia, ciertos sutiles movimientos de cámara y, sobre todo, la construcción de una violenta tensión que bloquea al espectador, son motivos suficientes para defender, no sólo humana sino técnicamente, la película. Todo ello remarcado, además, por la excelente melodía de Heather McIntosh.

También es preponderante el papel que, más allá de cuestiones técnicas, de las actuaciones. Compliance podría resultar una obra de teatro magnífica y es que tanto Dowd –que resulta impagable como gerente de uno de esos típicos locales de comida rápida– como la joven Dreama Walker, de bello e inocente rostro, en el rol de la acusada, se encargan de defender sus personajes de modo y manera admirables. Esta última, una vez descubierto el horror, es capaz de desgarrar nuestras conciencias sólo con el gesto deshecho de su rostro. Sin música, voces o cualquier otra distracción, sólo su rostro.

Esta película sigue despertando reacciones encontradas en el espectador, pero, para quien suscribe, no sólo se trata de una de las mejores películas de la década, sino también de una de las más importantes. Son numerosos ya los visionados y, sin embargo, sólo puedo inclinar mi cabeza con vergüenza ante determinadas acciones humanas, no por inexplicables menos terribles.

Ficha técnica


Título: Compliance. Año: 2012. Duración: 90 min. País: Estados Unidos. Dirección: Craig Zobel. Guión: Craig Zobel. Reparto: Dreama Walker, Ann Dowd, Pat Healy, Bill Camp, Philip Ettinger, James McCaffrey, Ashlie Atkinson, Ralph Rodriguez, Stephen Payne, Matt Servitto. Productora: Bad Cop Film Productions / Dogfish Pictures / Muskat Filmed Properties

Referencias   [ + ]

1. Una traducción castellana, aunque incompleta, del resumen de aquellas sesiones puede encontrarse en MILGRAM, Stanley. 1988. «Obediencia a la autoridad», en Torregrosa, José Ramón y E. Crespo (Eds.). Estudios básicos de la psicología social. Barcelona: Hora, pp. 365-382. Para la versión completa, consúltese MILGRAM, Stanley. 1974. Obedience to Authority. An Experimental View. New York: Harper and Row
Daniel Arana

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