Combatir o convivir con el virus

Por mucho que insistan sus palmeros en retorcer las cifras no cabe la menor duda que transcurrido un año desde que la pandemia irrumpiera en nuestras vidas, visto el principal dato a evaluar como es el exceso de mortalidad, los datos de la Comunidad de Madrid son los peores del país.

Tampoco en lo económico Madrid ha sido especialmente un modelo a seguir por cuanto sus datos con respecto a la caída del PIB y el aumento del desempleo sitúan a la Comunidad, en el mejor de los casos, en la media española.

Pero lo mismo o parecido podría decirse del caso de los países más desarrollados del mundo o al menos así se habían evaluado hasta ahora, mientras que en otros que lo parecen menos la cosa les ha ido mejor.

Porque, por mal que lo haya hecho o lo siga haciendo Madrid, por mucho que Associated Press la califique como el «epicentro de la fiesta en Europa en plena pandemia», o esgrima ciertas similitudes con el caso de Suecia, un país con una de las estrategias más laxas a la hora de combatir el virus que ha resultado otro absoluto fiasco como ha reconocido el propio rey sueco, no es fácil enjuiciar semejantes delirios cuando otras comunidades españolas y otros países europeos con medidas mucho más restrictivas han fracasado también a la hora de hacer frente la pandemia.

La respuesta

Economía vs salud, titulábamos otro artículo del pasado mes de Septiembre a la vista de la dicotomía que se viene planteando en algunas esferas a la hora de tratar la mayor pandemia de nuestro tiempo. Transcurrido más de un año desde la declaración de pandemia por parte de la OMS parece obvio que en la mayoría de los casos el resultado es abrumadoramente favorable al primero de dichos preceptos.

De ahí que aquellos países, del que nos puede valer como mejor muestra la todopoderosa Alemania, que en un principio parecieron hacer frente de mejor manera los embates del virus, tras una serie de confinamientos, seguidos de precipitadas desescaladas, en una especie de continuo tira y afloja como si de una goma elástica se tratara, hayan traído igualmente catastróficos efectos tanto para la salud de los ciudadanos como para las propias economías nacionales.

A la vista de semejantes resultados en lo sanitario, la dubitativa apuesta por el desarrollo de los fondos adecuados para hacer frente a la crisis económica desatada e incluso con el controvertido asunto de las vacunas y sus retrasos de por medio, la Unión Europea ha vuelto a evidenciar que no está a la altura que se le espera, perdida en su habitual racanería, exceso de burocracia y, en resumidas cuentas, su probada incapacidad de soltar amarras de la más pura ortodoxia capitalista.

Ese modo de interpretar las cosas durante décadas, ha devengado una especie de cultura de la insolidaridad que empezó a vislumbrarse durante la Guerra de los Balcanes, se hizo evidente a raíz de la crisis financiera de 2008 y que se manifiesta una y otra vez en el caso de la crisis migratoria y de los refugiados, a la que la sociedad europea que se presuponía máxime exponente del estado del bienestar y garante de los derechos humanos ha venido dando la espalda reiteradamente.

A la vista de esto no es de extrañar que bien sea desde el punto de vista de las autoridades madrileñas o suecas, avaladas en cualquier caso por buena parte de la ciudadanía, o desde el irregular modus operandi del resto, que tal modo de entender la vida haya venido a trastocar sensiblemente nuestra pretendida escala de valores.

El ejemplo

Pero muy por el contrario al tajante «no hay alternativa», de Margaret Tatcher a las formas más frenéticas del capitalismo, en el caso de la actual pandemia ha habido otras maneras de enfrentar la misma y sus resultados, al menos por el momento y parece que con la llegada de las vacunas van a acabar por confirmarse, son mucho más satisfactorios.

Allá donde la salud sí que ha estado muy por delante de las pretensiones de la economía. Lo que precisamente ha hecho que esta última saliera menos perjudicada.

Por poner algunos ejemplos son los casos en Asia y Oceanía de Corea del Sur, Nueva Zelanda o Australia, al margen de lo que pueda ocurrir en China, una dictadura cuyos datos como en todos estos regímenes resultan difícilmente contrastables. Noruega, Finlandia, Dinamarca o Islandia en Europa. O el excepcional caso de Uruguay en el continente americano.

El Lowy Institute australiano, una institución de carácter independiente para el análisis de asuntos globales, y la conocida compañía norteamericana de servicios financieros Bloomberg ofrecen resultados similares en cuanto a los países que han sabido afrontar mejor la crisis.

En lo básico a tenor de un sistema sanitario público más solvente, una correcta metodología de rastreo, confinamientos y medidas estrictas, cuarentenas y control de fronteras, una acertada estrategia de comunicación promoviendo un alto sentido de la responsabilidad social y colectiva y un importante grado de confianza en las autoridades.

Propuestas todas ellas que aplicadas debidamente han dado lugar a que dichos países hayan alcanzado una cierta normalidad de manera más rápida, mucho menos dolorosa, mucho más eficiente y, por tanto, el daño a la economía haya resultado menos significativo.

No se trata pues de evaluar quien lo hecho peor estableciendo solo la diatriba entre la temeraria permisividad sueca y madrileña con las paradójicas medidas de la mayor parte de países europeos o del resto de Comunidades españolas. Más bien se diría que es el propio sistema el que vuelve a defenderse de su propia ineficacia restando visibilidad a otras alternativas.

La cuenta atrás

Cuando a finales de año quizá se vea de verdad el final del túnel y hayamos alcanzado a costa de las vacunas la tan deseada inmunidad de rebaño, debería volverse la vista atrás, rebobinar y analizar todos los errores cometidos no solo durante la pandemia sino el antes y después de la misma. Pero, francamente, hoy por hoy, visto lo visto, tengo poca o ninguna confianza en ello.

Menos todavía tras escuchar a Boris Johnson decir hace solo unos días y 125.000 muertos después: «La razón de nuestro éxito con la vacuna es el capitalismo, es la codicia, amigos». Más aun cuando el desarrollo de dicha vacuna ha sido posible gracias a la fuerte inyección de dinero público en la misma y las trabas para liberar las patentes se van a cobrar miles y miles de víctimas en el resto del mundo.

Lo que sí que tengo claro es que algo debe funcionar mal en nuestra manera de entender la sociedad cuando familias enteras, alentadas en algún caso por las propias autoridades, atraviesan toda Europa para sentar sus posaderas en la arena de una playa cualquiera, en medio de una pandemia que al día de hoy sigue sembrando de inquietud, cuando no de dolor y muerte, cada uno de los rincones del planeta.

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