Cobijo de la palabra: Chupitos de tinta, de Emma Baizán

Vía: Mercedes Blanco
Vía: Mercedes Blanco

Después, allí, escrito, lo que se me dio,
lo que no tuve hasta haberlo escrito
(Hugo Mujica)

«A veces la vida, es para siempre». Este es uno de tantos momentos contenidos en el primer libro de la joven ovetense Emma González-Baizán, Chupitos de Tinta (2015). Baizán ha escrito un libro del todo inclasificable, por cuanto resulta imposible decir de él género o razón: conjunto de poemas, compendio de aforismos, prosa poética…siempre que se intenten clasificar estas casi ciento cincuenta delicadísimas páginas, existirá la posibilidad de no ser justos.

Que la palabra es curativa, lo sabemos. También cobijo. Así como la roca le sirve al pescador para el resguardo de la tormenta, la escritora (nos) dispone un lienzo de variado color que da reposo a quien lo busca. Si es cierto que se escribe para salvar un momento, en apertura de metafísico revoloteo, aquí están escritos, como quien hace una fotografía indeleble, tantos y tantos momentos. La sinceridad hace aparición desde el inicio mismo, con ese «Yo escribo porque me sale del alma» (p. 9), y así, entre primaveras, parpadeos, silencios y sobre todo, amor (concreto, abstracto, existencial o amor por la palabra, ustedes eligen), la escritora, que podría ser lo mismo pintora, da sus pinceladas tintando palabras.

Dividido en siete estaciones, cada parada es distinta, y el viajero no puede por menos que dejarse guiar por el nombre propio de cada una: «Primavera de las palabras», «Parpadeos de eternidad», «Y no comimos perdices», «En el cielo de tu copa», «Colección de suspiros» y «Roma para zurdos». Cada estación, una orilla. A ella somos empujados sin remedio, como si estuviésemos en medio del Maelstrom de Poe. Son la pregunta misma, el lenguaje en el que ésta nace. Nuestra única orilla, lo que nos separa del río sin orillas. Y eso separado, que es un saber de lo que no podemos saber, es lo sagrado. Cerca de ahí, muy cerca, está Chupitos de Tinta. Al menos en aquello que de absoluta devoción por la palabra —y su uso exquisito— tienen libro y autora. El mundo contenido aquí es atemporal: es hoy, mañana o ayer. Por eso se parece más a una nube que a un reloj. Emma Baizán nos permite (co)existir en el tiempo sin tiempo.

También en el sueño, pues el sueño es la vida misma, aunque sea un poco más absurda, mágica y adivinatoria. Heráclito nos plantea un enigma: cuando afirma (D-K 75) que también los durmientes son operarios y colaboradores de las cosas que en el mundo se producen. Pero ¿cómo?, nos preguntaríamos nosotros, dado que para los despiertos hay un mundo común (κοινον κόσμον) mientras que los dormidos se desvían a uno individual (ἲδιον) (D-K 89). Dormir sería el desmentido del logos, un desgarrón que se abre en el tejido de ese orden común.

Así, Emma Baizán plantea otra cuestión: tener sueño al despertar, o tener un sueño. Sueños que empiezan como lejos aquí y como tarde, ahora (p.18). Que cada uno opte, parece decirnos, por la melodía que quiera escuchar, pues un fino oído para la vida acaba siendo un fino oído para su contrario. El bajo continuo acompaña a la melodía y cuánto más se fija uno en ella mejor comprende lo que la sostiene en el aire. Atender no significa justificar ni mucho menos consolar o redimir. Esos son otros mimbres para los que el pensamiento ya no da de sí.

Atender o lo que es lo mismo, mirar con valentía. Para Emma Baizán —que hace constante alarde de una prosa juguetona y de una clase especial al travesear, precisamente, con ella— «rendirse ante las evidencias no es cobardía, sino justicia» (p. 59). La evidencia ante la que nos rendimos es la de una escritora que promete grandes sorpresas, que escribe y respira, que se mancha con tinta incluso el alma misma. Con la palabra, parece querer acordonar un territorio infinito, con ella, contenida en su propia metafísica o con (bienvenidos) excesos románticos, sin término medio, y así aflora el encanto mixto de las cosas.

Chupitos de Tinta es esa gran metamorfosis que convierte en himno de entrega un alegato mágico: «Tú serás mi mundo» (p. 89). ¿Quién podría resistirse, qué oráculo vencería al atardecer incendiado de amor que propone la autora? Estamos al alcance del tiempo, de los segundos que se nos escapan, y cada sección del libro es un nuevo paisaje propuesto. Quien observe con calma cada palabra dispuesta, verá que Emma Baizán escribe desde su juventud, pero con una madurez consagrada.

Si la juventud, no obstante, tiene algo de impedimento por cuanto nos queda aún por aprender, pareciera que la autora ha decidido que esas crestas, mínimos refugios de sabiduría, en la planicie de la juventud, se abracen al cálido puerto de la palabra mesurada, sopesada. Hasta los ecos de San Juan de la Cruz (en la Subida al Monte Carmelo) parecen resollar, alegres, en mitad de la carrera hacia el todo, hacia el Amor más puro: «cuando lo das todo, sientes que nada te falta». O también «cuando no tienes a quien dar, aunque lo tengas todo, algo te falta» (p. 103).

Chupitos de Tinta es agua clara, y allí por donde discurre, se repite el agua clara y es cada vez diversa. El agua que salva y nunca llega en turbión, si se la compara con el lodo que deja la lentitud del invierno o con los trucos que a no tardar aprenderá durante el estiaje.

Un último consejo, como quien nos despide para regresar pronto: «no imagines a todo el mundo, imagínate a ti, y haz que el mundo sea tuyo» (p. 147). A decir verdad, estamos cobijados en su palabra, y si buscamos la luz del alba lo mismo que el rostro de una montaña al ocaso, nada nos privará del derecho a saber y no saber. Dos cosas que suceden cuando se abre la palma de la mano y lo que se ofrenda es una voz.

Una voz de tinta. También vida.

Título: Chupitos de Tinta
  • Autor/es: Emma González-Baizán
  • Editorial: Autoedición (Cimapress)
  • Nº de páginas: 147
  • Encuadernación: Rústica con solapas

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Daniel Arana

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