Closer, vaivenes tóxicos

Estamos en el Londres de principio de los 2000. Alice (Natalie Portman) camina entre una multitud gris de desconocidos. Podría ser una más entre las miles de personas que circulan por la abarrotada urbe inglesa, pero no lo es. Quizás el espectador ya se haya dado cuenta de ello por su vibrante pelo rojo, pero la cosa no queda aquí. Es alguien porque otra persona la ha visto. Dan (Jude Law), más mimetizado con el entorno, vestido con una gabardina gris, avanza al ritmo de la muchedumbre mientras sus miradas se cruzan, apunto de sacarse del anonimato, en medio de una masa de gente anónima. Y lo hacen de la forma más inesperada.

Es el inicio de Closer (2004), drama con tintes románticos – o no tanto -, que plantea las relaciones disfuncionales entre cuatro desconocidos, como reflejo de la propia relación que mantienen con ellos mismos.

Durante la película, Alice se mueve entre dos estereotipos que para nada le son ajenos al cine -ni a nuestra sociedad patriarcal- : la femme fatale y la mujer desvalida. Desde el principio nos encontramos con una mujer descarada, extrovertida, lejos de lo convencional. Pero también frágil y con una fuerte necesidad de ser amada. Tal como dice Dan «demasiado adorable para dejarla». Tal vez, y solo tal vez, por eso no lo hace cuando conoce a Anna (Julia Roberts), con quien tiene un flechazo instantáneo. Un flechazo o, más bien, el deseo de lo imposible. Dan ya lo tiene todo con Alice, pero parece que la necesidad de vivir insatisfecho es superior a la de disfrutar de un amor íntimo que ya no hay que conquistar.

Anna es muy diferente a Alice. Así se le presenta al espectador. Mientras Alice es percibida por el resto de los protagonistas con cierta aura infantil, Anna es una mujer independiente y adulta. Es una fotógrafa de éxito capaz de rechazar la oferta de Dan, al saber que su novia está esperándolo en la puerta del estudio fotográfico. Al menos es capaz de hacerlo al principio.

Aquí entra en acción el cuarto protagonista, fruto del despecho -más parecido al de un adolescente que al de un hombre adulto – ante el rechazo de Anna. Y es que Dan se hace pasar por ella en un chat de internet y queda con un hombre para ponerla en evidencia. La latente misoginia detrás de esta acción es evidente, aunque pasa desapercibida en la trama. Está naturalizada y no parece querer despertar conciencias. Simplemente sucede y nadie pide cuentas de ello, posiblemente fruto del contexto cultural en el que se filmó la película, catorce años atrás. Tradicionalmente los relatos cinematográficos se han narrado bajo el punto de vista masculino, algo que comienza a agrietarse, aunque las producciones que ponen el foco en la subjetividad femenina – o simplemente la tienen en cuenta – siguen siendo algo relativamente nuevo.

El hombre con el que habla Dan, Larry (Clive Owen), se presenta en el mismo lugar en el que se encuentra Anna unos días después. Ella, sabiendo que ha sido Dan quien ha originado el encuentro, decide darle una oportunidad. Quizás por venganza o quizás por ego, esta acción cierra el círculo y lo abre a la espiral de toxicidad.

Meses más tarde Dan y Anna se encuentran de nuevo en una exposición de la fotógrafa a la que él acude con Alice. El espectador es testigo de dos diálogos cruzados entre las dos parejas que siembran un precedente.

Mientras Anna y Dan conversan íntimamente, Larry y Alice observan el angelical rostro de Alice fotografiado por Anna. Una fotografía tomada aquel día que Alice subió al estudio después de esperar a Dan y que inmortaliza el dolor por la traición inminente. Un dolor expuesto, ampliado, en blanco y negro y exhibido al reconocimiento. Un dolor capitalizado.

A través de la conversación que mantienen Larry y Alice, se revela la inevitable atracción sexual de Larry y también la legitimidad de expresarlo abiertamente como privilegio masculino. Porque si alguien le gusta, es en cierta medida su posesión. Alice es objetualizada sin mayor defensa que la de seguir el juego, utilizando el único poder que las dinámicas patriarcales le otorgan. Se plantea como legítima la acción de pasar los límites al relacionarse con ella porque el hombre la considera atractiva y porque, además, trabaja en un club de estriptis. Como si Alice no se perteneciese. Como si fuera solo el reflejo de lo que los demás quieren ver en ella.

A partir de aquí se consolida un juego de dependencias y egocentrismo bajo la premisa de encontrar el amor verdadero. Los cuatros personajes son víctimas y verdugos emocionales de los demás y de sí mismos, a través de relaciones entrelazadas y construidas a base de vínculos inseguros con consigo mismos y con los demás.

Título: Closer. Duración: 105 min. País: Estados Unidos. Año: 2004. Dirección: Mike Nichols. Guion: Patrick Marber. Música: Suzana Peric. Fotografía: Stephen Goldblatt. Reparto: Jude Law, Natalie Portman, Julia Roberts, Clive Owen. Productora: Columbia Pictures.

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