Clarence Brown silente. Una reivindicación

Clarence Brown permanece casi totalmente olvidado hoy en día; tal vez, porque su figura quede empequeñecida cuando se compara con la de sus deslumbrantes compañeros de generación, o quizá, porque en su obra sonora haya demasiadas películas que no despiertan precisamente el entusiasmo. Sin embargo, cuando uno descubre la obra muda de Brown la sorpresa es mayúscula. Parece otro director. No sólo se revela como un cineasta de primera línea, de planificación extraordinariamente avanzada para la época, sino que surge un director sumamente creativo y vigente, con soluciones visuales pasmosas y muy interesantes aportaciones temáticas. El Brown silente no se encuentra, tarea imposible, a la altura de Vidor, ni tampoco a la de Borzage, pero sí a una similar e incluso superior a la de los otros grandes directores americanos de la década. De sus películas asequibles de este período, tan sólo dos no alcanzan, en mi opinión, la excelencia: la incompleta The light in the Dark (1922) y la afamada The Eagle (El águila negra, 1925). Así que demos un somero repaso a las restantes.

La primera película conservada del director de Massachussetts, The Last of the Mohicans (1920) fue comenzada por Maurice Tourneur, y ello se nota por su tendencia a los contraluces y a la composición esteticista; pero, cuando el padre de Jacques abandonó el rodaje debido a un accidente, Brown se hizo cargo de la batuta, aportándole al film un brioso nervio aventurero y una expresión dramática del paisaje que aún hoy causa admiración.

       

Las bastante posteriores The Signal Tower (1924) y Smouldering Fires (1925) son dos magníficas películas que sorprenden por sus interesantes planteamientos dramáticos, muy modernos para su época e incluso para varias décadas después; por sus interpretaciones de una sobriedad admirable (algo que, en realidad, era común a una parte sustancial del cine mudo); y sobre todo, por su gran capacidad expresiva: Brown, de un plumazo, es decir, de un plano, es capaz de captar la esencia de un personaje o de una situación.

Tal vez, el mejor título de los comienzos de Brown sea The Goose Woman (1925), sorprendente pese a su viraje de un drama sórdido a un melodrama más convencional, que cuenta con una prodigiosa interpretación de Louise Dresser (así como de la guapa Constance Bennett) y con infinidad de momentos de gran cine, de esos que sólo puede imaginar un auténtico creador. Como dato relevante, esta fue la película que impulsó a Kevin Brownlow a su labor de rescate y conservación del patrimonio silente: se quedó patidifuso de que una película nada prestigiosa ni referenciada fuera de tal magnitud. Y tenía razón.

La recta final de la etapa muda de Brown supera incluso a su obra precedente. Kiki (1926) es una comedia que durante mucho tiempo se dio por desaparecida y que, una vez recuperada, se ha revelado como una de las mejores películas del director. Decir de ella que es un vehículo para Norma Talmadge es a la vez justo e injusto, ya que, si es cierto que la actriz hizo una composición tan ajustada como excepcional, de singular brío cómico y efervescente naturalidad, la película es mucho más que ella, pues Brown reveló aquí un manejo del punto de vista y de la mirada fuera de serie. A destacar (entre otras) dos magníficas escenas de puertas…, en las antípodas de Lubitsch, pues lo importante no es lo que ocultan, sino lo que muestran.

Ya en la MGM, estudio en el que permanecería durante todo el resto de su carrera, Brown rodó Flesh and the Devil (El demonio y la carne, 1927), su film mudo más célebre y el más prestigioso de toda su filmografía, tal vez por ser el que definitivamente catapultó a la fama a Greta Garbo…, aunque no sea el mejor Brown. Sobresale una inhabitual imagen de la diva sueca poco o nada sacrificada, decididamente impía (esa forma de girar el cáliz durante la comunión para posar los labios en el mismo lugar que su amado), tanto más sorprendente al tratarse de una película Metro, así como un par de escenas de amor casi a la altura del mismísimo King Vidor.

Aunque The Cossaks (1928) viene firmada por George Hill, el director que la puso en marcha y comenzó a dirigirla, casi toda ella fue rodada por Brown, por lo que supone su tercera incursión en la aventura tras The Last of the Mohicans y The Eagle. Es difícil de comprender el gran prestigio que ha alcanzado la inferior The Eagle frente al olvido que sufre esta magnífica The Cossaks, pues la diferencia de calidad entre ambas viene a ser casi tanta como la que hay entre sus dos estrellas: Rodolfo (Rudolph) Valentino y el grandísimo John Gilbert, respectivamente. The Cossaks luce un brío y una vitalidad admirables, una certera descripción de los personajes (rasgo habitual en Brown), un magnífico uso del paisaje y una extraordinaria orquestación en las secuencias de acción…, así como una escena de tortura cuyo sadismo, aún hoy, le pondría los pelos de punta a más de uno.

The Trail of ‘98 (1928) es otro vibrante film de aventuras y el más caro de toda la trayectoria muda del director: nada menos que dos millones de dólares tuvo de presupuesto esta superproducción. Quizá eso repercutiera en que la planificación fuera un poco más ortodoxa,  sólo un poco, de lo habitual en Brown. No importa. Pues este film, auténtico precursor del mítico The Big Trail (La gran jornada, 1931), de Walsh, destaca por la filmación en los parajes naturales de Alaska, por su visión colectiva de la epopeya del oro, por su sentido del humor, así como por espléndidas secuencias, tanto casi puramente documentales (de la emigración) como de acción. A destacar una de las peleas más memorables del cine silente (junto a la ferocísima de Wild Oranges [1924], de Vidor), de un realismo sucio y descarnado, pocos años antes de que Hollywood estilizara los puñetazos como si fueran caricias que ninguna marca dejaran.

El tipo de melodrama ya entonces un tanto trasnochado que proponía el primer film de Brown con el mito sueco persiste en el siguiente título de ambos, A Woman of Affairs (1928); sólo que esta deslumbrante y extraordinaria película acaba erigiéndose como la mejor muda suya. Llaman la atención su impecable sentido del ritmo, su inventiva y capacidad de sugerencia, sus certeros apuntes visuales y, sobre todo, la pasión que destila. Brown consiguió transmitirla no sólo gracias a los actores, todos magníficos (hasta Garbo, antes de que se petrificara como “la divina”), sino a sus elecciones formales; especialmente, los numerosos travellings que acusan las emociones de los protagonistas, así como la utilización del gran angular para mejor resaltar los sentimientos o las servidumbres…, de idéntica forma a como años más tarde, ¡¡sorpresa!!, haría Welles en Citizen Kane (Ciiudadano Kane, 1941). Un auténtico broche de oro a la etapa silente de Clarence Brown.

Y, por si a alguien le pudiera interesar, he aquí un enlace a un estudio más en profundidad de A Woman of Affairs, culminación silente de Clarence Brown: Sola contra el mundo: A Woman of Affairs (Clarence Brown, 1928).

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