«La señora Dalloway dijo que las flores las compraría ella.» Así empieza Mrs. Dalloway, novela escrita por Virginia Woolf y publicada en 1925, obra que vertebra la adaptación cinematográfica de Las horas, novela de Michael Cunningham. Posiblemente por esa razón las flores se encuentren presentes en el entorno de las tres protagonistas durante todo el…

Se nos anticipa la relación con la ficción tal como se expresa en cualquier narración. El estado del ser allí entra en crisis, vaciando el ser en relación con la ficción. Klossowski inculca la inestabilidad del texto, que se suponía debía dar lugar al acontecimiento; por el contrario, se congela en lo imposible del acontecimiento y, muy lejos ya del acto, se le restituye la pasividad que originalmente le atañía.

El autor sigue con atento pormenor ese camino, esa vía recorrida por el propio Rilke, en la que fue de no poca importancia el encuentro con un músico, con Ferruccio Busoni. Le llega antes que nada con su pensamiento, con sus palabras. Sobre todo cuando Busoni señala que la música es la mediadora entre el tiempo y el no-tiempo, la eternidad. Como que gracias a eso el poeta puede reconocer lo angélico de la música y, por lo tanto, lo que hay de elevado y de abismático en la misma, es decir, de mostración de lo bello y de insinuación de lo horrendo.

Leer a Quignard, entonces, es cuestionarse, en diálogo con la obra del Pseudo-Longino, sobre la superación de los límites y las embestidas del rayo. Habremos de sacar a la luz una poética del arte de Quignard, basada en los diversos tratados a través de los cuales intenta captar la noción de lo sublime. Existe un sentido de la forma, que es aquello que hallamos al estudiar cada fragmento y analizar el laconismo definido como estilo sustractivo. A pesar de las aparentes rupturas, como pueda ocurrirnos con Cioran o quizás con Canetti, siempre aparece una ligadura más profunda.

El cambio de aliento es algo realmente trágico. Ese pallaksch, tal como aparece en el poema de Celan, aunque no signifique nada por sí solo, esa palabra sin palabras que invade la poesía (como la locura, quizás, invadió la vida poética de nuestro Scardanelli) es también algo así como una consigna biográfica, señalando a los lectores de Hölderlin que es el difunto, el loco, el que está en juego aquí, el Hölderlin que, como su amigo Schwab señaló, se negaba a distinguir entre el «sí» y el «no». Es sabido que Hölderlin se retiró a su propio pallaksch con signos de gran angustia, bajo la presión de la conversación de aquellos que querían visitar al célebre loco y llevarse un recuerdo a casa. En otras palabras, algún significado, alguna iluminación.