Porque todos somos, si se nos provoca, apasionados terroristas y antiterroristas. Sin Terror -en el sentido vago y mágico que esta palabra tiene en Francia-, ¿quién querría vivir y, sobre todo, escribir? El terror es lo que confiere el fuego y la llama, el horror y el disfrute, a nuestra vida de tinta. Los torturadores y las víctimas, las corridas de toros, las bayonetas, los alambres de púas, el abuso y el éxtasis nos dan un placer ficticio. Y por eso sería instructivo analizar el desgarro de nuestro pensamiento, de nuestras emociones, entre los dos cabos –apolíneo y dionisíaco- que pueden ser designados por los nombres de Paulhan y Bataille: escritores aterrorizantes, aterrorizados y sendos hombres de letras. El lingüista bloqueado y el vergonzoso archivero, editores de revistas y directores de conciencia, unidos por el erotismo.

En «Todos los Cuentos» se observa un personaje común y genuino, lispectoriano, fruto de sus distintos estados anímicos. En todos ellos, un suceso cotidiano desata un cúmulo de asociaciones e introspecciones que llevan a una metamorfosis, a una marabunta emocional difícil de contener. Sus frases cortas y rotundas ayudan en ese proceso de avance hacia el abismo, que no tiene por qué desembocar en una catástrofe o desdicha; a veces, incluso, conllevan a la liberación, como el pulso progresivo de un metrónomo en una clase de piano.

«La señora Dalloway dijo que las flores las compraría ella.» Así empieza Mrs. Dalloway, novela escrita por Virginia Woolf y publicada en 1925, obra que vertebra la adaptación cinematográfica de Las horas, novela de Michael Cunningham. Posiblemente por esa razón las flores se encuentren presentes en el entorno de las tres protagonistas durante todo el…