Carlos Marzal y los arañazos de la felicidad

Fotografía tomada de la página de Facebook del IAC Juan Gil-Albert.

Yo nací un día en que los de la experiencia se fueron de farra. La noche en la que el último de la fiesta no volvió solo a casa abrazando farolas, ni mirando la soledad en los escaparates de las tiendas de ropa, como quien va al infierno. Una noche de esas en las que el azar comulga con la vida y algún cuerpo casual, desconocido, ahorraba la faena de cerrar los bares con las luces del alba.

Eran los años ochenta. Carlos Marzal publicaba El último de la fiesta (1986), Vicente Gallego La luz, de otra manera (1988) o Los ojos del extraño (1990), Felipe Benítez Reyes Los vanos mundos (1985) o La mala compañía (1989). Se escuchaban oscuras salas de billar, antros nocturnos, celebraciones de la existencia y soliloquios de la melancolía. El verso fluía mecánico, pero cercano. Compuesto, a veces descreído, pero en conversación con cómplices lectores.

Pensaba en la importancia de estos libros en las mitologías de quien les escribe, quizá también en la conformación de los imaginarios literarios de los jóvenes de las moderneces y los postureos, mientras escuchaba a Carlos Marzal recitar su verso pulcro y su ritmo hímnico en la Casa Bardín el pasado jueves, invitado por el Instituto Juan Gil-Albert en la última actuación del ciclo Alimentando lluvias.

Fotografía tomada de la página de Facebook del IAC Juan Gil-Albert.
Fotografía tomada de la página de Facebook del IAC Juan Gil-Albert.

De todos, Carlos Marzal es el que con más rigor maneja el sonido del verso y el ritmo del poema, aun en su etapa más canalla. Uno suele nacer a la literatura con ciertos poemas, con ciertos autores, y yo nací también en la voz descreída, burlona y pasota de la poética de “Las buenas intenciones”, del ponerse poeta algunas tardes del joven Marzal. Aquel joven, como dijo, en el que no me reconozco en los poemas. La vida de la frontera (1991) y Los países nocturnos (1996) continuaron un camino de madurez poética, de madurez personal, que fue dejando atrás las bromas y la noche para celebrar una existencia a brechas pesimista y para honrar la contemplación. Metales pesados (2001) culminó la trayectoria con el Premio Nacional de Poesía con una entonación existencialista que había mutado la voz paródica del malditismo por una introspección exacerbada de versos antológicos, que propició el canto de plenitud de una poesía ya burguesa, de casas de verano y regocijos hímnicos de uvas y banquetes que vendría en Fuera de mí (2004) y en los recientes Ánima mía o Los otros de uno mismo (2009).

Han envejecido hacia la felicidad, pensaba, se han hecho poetas cortesanos, mientras escuchábamos el magnífico “El corazón perplejo” recitado por una admiradora. Era yo el más joven de la sala de la Casa Bardín y algo incomodaba mi asiento en las celebraciones de Marzal, en sus cantos a la cotidianidad de sus hijos y de sus veranos, de sus semblanzas de Gil-Albert y su sonoroso verso perfecto exprimiendo naranjas y escribiendo racimos de bucólica normalidad. Será ese mundo de la felicidad el que ansiamos, será ese mundo en el que viven ahora aquellos veinteañeros que ya tienen los cincuenta. A mí, con la que está cayendo, ahora que hemos vuelto a cerrar bares y abrazar farolas y a una experiencia con tintes pesimistas, con abismos de fracaso, me chirriaron los himnos de Marzal, me hicieron daño los arañazos de la felicidad.

Enlaces de interés

Vídeo del poeta Carlos Marzal en la lectura de poemas de Alimentando Lluvias 3.0.

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Twitter de Carlos Marzal

Victor M. Sanchis

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