Canetti, el observador

Hace apenas unas décadas, al menos en nuestro país y en muchos otros bañados por las aguas del Mediterráneo, viajar constituía un lujo sólo al alcance de unos pocos. La mayoría estaba más preocupada por tener un jornal diario, un techo bajo el que guarecerse y comida en el plato. Eran tiempos de necesidad, de reconstrucciones, de reminiscencias oscuras y recurrentes. También soñaban nuestros abuelos, pero no tenían alas para emprender esos vuelos; sus pies estaban tan asentados en la tierra como las raíces de los viejos árboles milenarios. Surcos, sudor y pan; nada de quimeras, ni sinsentidos.

Hoy, antes de llegar a la treintena, muchos jóvenes han recorrido media Europa; aunque en la mayor parte de los casos, esos días se caractericen más por la cantidad de selfies publicados en alguna red social y el número de likes dedicados por seguidores y/o amigos virtuales. Esto no debe entenderse como un reproche, sino como una realidad: ahora importa el continente, no el contenido. El campo de concentración de Auschwitz-Birkenau –y es sólo un ejemplo- se ha convertido en un reclamo turístico, en el que interesa más hacerse una foto donde aparezcamos tristes, que la reflexión acerca de cómo puede el ser humano aniquilar a sus hermanos en determinadas circunstancias.

Elias Canetti viajó en 1954 a Marrakesh, indagando entre sus barrios y sus gentes, recogiendo olores, humores y verdades ocultas entre velos y chilabas. Las Voces de Marrakesh (1967) es un diario visual donde Canetti realiza un recorrido cultural y humano, consciente de los prejuicios y estereotipos que albergamos todos con respecto a otros continentes, países y gentes. El hecho de transitar calles, mercados y escuchar murmullos ajenos a nuestra lengua rompe barreras, situando al visitante más allá de la fascinación por lo exótico y la parcialidad de los absurdos: «lo poco que a lo largo de una vida le llega a uno por los aires, de cada país y cada pueblo, se pierde en las primeras horas»[1]CANETTI, Elias. 1996. Las Voces de Marrakesh. Valencia: Pre-Textos, p. 31.

Puede que nacer en el seno de una familia hispanohablante de judíos sefardíes en Ruschuck (Bulgaria), poseer nacionalidad británica, vivir en Inglaterra, Viena, Zurich y Frankfurt, fueran el caldo de cultivo ideal para este Premio Nobel de Literatura (1981).

Ser de todos los lugares y de ninguno, como hablar varias lenguas –incluido el ladino-, lo convirtió no sólo en un ser multirracial y plurilingüe, sino también en un oyente antes que en un hablante.

Su vocación por la palabra –como emisor y receptor- confiere a su pensamiento la apertura imprescindible para emprender caminos, adaptarse a peñascos y sobrevivir a lo insólito. Él delimita su espacio como viajero oteando, refugiándose en el tumulto para pasar desapercibido y descansando de lo desconocido en algún rincón de una azotea, donde ver sin ser visto. «Observé a las golondrinas y envidié qué despreocupadamente sobrevolaban»[2]Ibíd., p. 44, invisibles ante los otros por su cotidianidad, como ciudadanos nómadas acostumbrados a emigrar sin bártulos que refrenen su tránsito.

El autor analiza por igual el comportamiento de las personas y la conducta de los animales, como en el capítulo de Mis Encuentros con Camellos, en el que repara en detalles más humanos que salvajes: «los observamos atentamente y vimos que tenían rostro»[3]Ibíd., p. 17. El tratamiento que les damos a camellos, burros, cabras o cerdos –entre muchos otros- difiere dependiendo de nuestra procedencia, creencias y supersticiones. Todos, vengamos del norte o del sur, estamos limitados por mitos e ideas ancestrales, transmitidas a lo largo de los siglos por unas normas de convivencia implícitas en nuestros estamentos de autoridad, celebraciones y festejos, así como, folclores y leyendas. No es extraño que nunca encontremos a un camello solo, pues siempre está en grupo; teme la soledad ante la perspectiva de la muerte, del matarife que –oliendo a sangre- lo conducirá al matadero. Solo no va a ninguna parte.

También menciona al amo universal, al poderoso caballero indestructible e inmortal que ha dominado la estabilidad y las alianzas desde siempre: don dinero. Describe a la perfección el ambiente de los suks con su colorido, su abundancia, sus tenderetes y tiendas donde se vende cualquier cosa, porque «todo cuanto hay a la venta está expuesto»[4]Ibíd., p. 25. La forma en que están presentados los objetos es todavía la antigua; a pesar de que, entre lo artesanal, se introduzca furtivamente manufactura industrial. Es una actividad abierta en una sociedad que tanto oculta, por ello resultan doblemente atractivos. No hay escaparate que separe al paseante o futuro comprador del comerciante; se puede escudriñar el mismo producto sin casi desplazarse de un sitio a otro, ni hacer colas interminables. «El primer precio que se ofrece constituye un acertijo inextricable»[5]Ibíd., p. 28, donde dos contrincantes luchan en el regateo para erigirse ganadores en una relación donde vence el ingenio, el diálogo del tira y afloja. Cualquier truco está permitido, cualquier descuido resulta imperdonable. Hay precios para extranjeros de paso, para pobres, para ricos, para un solo producto o para varios en una sola compra. En ese espacio se entretejen clases sociales y almas humanas.

Pareciera que todo pudiera tasarse, que no hubiera nada que no se pudiese poseer. Canetti relata un episodio aterrador – La Difamación– en el que un camarero francés se vanagloria de haber robado, junto con sus amigos, a una prostituta tras adquirir sus servicios. El orgullo y la carcajada con que lo cuenta el protagonista lo hace detestable… pero todo ello sucede dentro de un restaurante, mientras unos rostros infantiles permanecen expectantes tras los cristales del establecimiento.

Europa come, la miseria permanece tras una vitrina o frontera física. Bromeamos o nos compadecemos, simplemente; a veces, todo al mismo tiempo.

Si algo tiene esta lectura es que es directa, fácilmente entendible, implicando en su relato a los lectores más plurales. Esta pequeña obra maestra podría ser una guía útil para el turista que quiera transformarse en viajero y retratar orígenes, encuentros y honduras.

Título: Las Voces de Marrakesh
  • Autor/es: Elias Canetti
  • Editorial: Pre-Textos
  • Nº de páginas: 124
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias   [ + ]

1. CANETTI, Elias. 1996. Las Voces de Marrakesh. Valencia: Pre-Textos, p. 31
2. Ibíd., p. 44
3. Ibíd., p. 17
4. Ibíd., p. 25
5. Ibíd., p. 28
María Rodríguez Velasco

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