Café recién hecho

Via Pixabay

Un frenazo en la calle le despertó. Se había quedado dormido en la mecedora después de comer. No sabía cuánto había permanecido inmerso en aquel sueño de una tarde de otoño, cálida y naranja. Hacía mucho que a Emilio había dejado de importarle el tiempo. En casa no había relojes y sus muñecas siempre estaban desnudas. Las horas únicamente eran marcadas por las campanadas de la iglesia situada a escasos metros, en la misma calle.

Recompuesto del sobresalto, Emilio se incorporó con dificultad y caminó lentamente hacia la cocina. No tenía prisa. Mientras esperaba a que se hiciera el café, se sentó en una silla, frente a la ventana, y observó el asfalto cubierto por una alfombra de hojas secas. El exterior se fue desenfocando poco a poco hasta que un primer plano de su rostro se reflejó en el cristal. ¿En qué momento sus ojos grises habían empezado a perder aquel brillo que tenían? ¿Cuándo se hicieron las arrugas que surcaban su cara tan profundas?

Quizás cuando el otoño irrumpió en su vida.

Cuando los geranios empezaron a secarse porque ya nadie los regaba. Cuando dejó de haber pastel de manzana para merendar los domingos porque nadie lo hacía. Cuando los Beatles dejaron de sonar los sábados por la mañana, porque nadie ponía el Yellow Submarine que ella había dejado cuidadosamente colocado en la estantería. Quizás cuando el gato negro dejó de hacer visitas furtivas porque ya nadie le daba de comer. Quizás cuando su ausencia se hizo eterna en aquella casa, ahora, inundada de olor a café recién hecho.

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Aida Cima

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