Escribir morir: exigencias infinitas (Anotaciones sobre Blanchot I)

Decía Pierre Boutang que en la escritura de Blanchot encontraba la fuerza de un testigo[1]BOUTANG, Pierre. 1952. Les Abeilles de Delphes. Paris: La Table Ronde, p. 197 y sin embargo, uno diría, estudiando su segundo período, tan fragmentario, que este testimonio es el de una cierta imposibilidad, lleno como está de precedentes y anunciando constantemente otra forma de escritura mediante la escritura, que se desviaría -así como también la narrativa, el personaje y la ficción- de sus funciones habituales.

Todo esto quizás nos ayude a entender por qué un libro como La Escritura del Desastre (1980)[2]BLANCHOT, Maurice. 2015. La escritura del desastre. Madrid: Trotta, pp. 126 resulta, propiamente y a la par, tan extraño y formidable. Formidable, de hecho, porque su lectura nos expone a una constelación de agotadas nociones, y que correría el riesgo de aparentar una obsesión mórbida si no tuviera sentido, en esta misma fuerza de desgaste, la casi frenética intensidad, la agudeza sutilísima de una gran demanda, de la exigencia mayúscula: «Si el libro pudiese comenzar de verdad por primera vez, habría llegado a su fin por última vez hace tiempo»[3]Ibíd., p. 37 (la traducción española de este texto que seguiré, aunque no fielmente, es de Cristina de Peretti y Luis Ferrero Carracedo).

Hallamos aquí un desgaste tan riguroso que ya en las primeras páginas casi se apaga cualquier posible hálito. El libro, que no comienza ni finaliza, se reanuda sin perseguir ímpetu alguno y sale del silencio sólo para determinar, todavía con mayor eficacia, el regreso. Un libro en el que cada fragmento vuelve sensible, multiplica o incluso repite el enigma primero de una única interrupción en el texto. Aquello que interrumpe el sentido, sin duda, antes de que se indique una dirección, origina algo que no es un fracaso sino un movimiento logrado de dispersión. También lo que demarca como jurisdicción, lo que debe detener el pensamiento, el umbral donde debe renunciar en tanto que es pensamiento y no otra cosa, para descubrirse habitado por el movimiento infinito que lo transporta y al que traicionaría, de querer establecerse en un lugar. De pretender, en fin, tener lugar: entonces, «en retirada de cualquier presente de sí mismo, el pensamiento vela»[4]Ibíd., p. 51.

Hay un «il faut» fuera de toda ley, nos dice Blanchot, un «es preciso» pasivo, desgastado por la paciencia[5]Ibíd., p. 44.

Hace falta que, ¿pero qué es lo que hace falta? La escritura del desastre no es ciertamente el primer libro de Blanchot que se plantea en estos términos aunque, sin duda, está muy cerca de su enigma. Es preciso pensar. El pensamiento se impone a pensar en lo que siempre lo ha obligado, en una torsión extrema donde intenta ver sus premisas, en una retroalimentación que sabe de antemano que no evitará los ángulos muertos. Dicho de otro modo, «no puede acoger aquello que lleva dentro y que lo lleva, a menos que lo olvide»[6]Ibíd., p. 64.

Bien, ¿cuál es entonces esta exigencia? Y en primer lugar, ¿cuál es su campo? Hay una necesidad que recibe en la obra de Blanchot una pluralidad de nombres: exigencia de «la escritura», de lo «fragmentario», del «pensamiento»…

Está muy claro que La escritura del desastre establece además su equivalencia con la «responsabilidad». ¿Es necesario precisar que hablamos de «ética»? Aquí yace el arranque del problema y, como siempre en Blanchot, la propia razón que hace del «morir» casi todo su contenido.

Retomemos el último movimiento de El diálogo inconcluso (1969), «La ausencia de libro». Blanchot reflexiona sobre esta paradoja por la que todo requisito, pensado en la radicalidad que implica, se niega como tal al precedente de cualquier Ley. En particular, la escritura, que nunca es la primera en poder ser comparada con el orden de propósitos prácticos que una Ley definiría. Lo contrario es, por tanto, cierto: la Ley (la prohibición y el permiso) es sólo el resultado de la inestabilidad, de la imposibilidad de que la escritura se mantenga al nivel de su más pura «exterioridad». Fuera de todo, «afuera» de todo, ajena a todo poder, la escritura no puede, sin embargo, sostenerse durante mucho tiempo en ese estado. Toda exigencia es, por sí misma, extrema: pura, separada, no reclamando nada más que a ella misma, ciega heroicidad, discreta testarudez. Aquello siempre innombrable, a decir de Beckett.

Esto tan extremo de toda exigencia impide que permanezca como estaba en un primer «momento», aunque no hablemos aquí, por supuesto, de dialéctica: «Tan pronto como se relaja la exterioridad de la escritura, es decir, acepta, para responder a la llamada de la potencia oral, informarse en lenguaje dando lugar al libro – discurso escrito –, esa exterioridad tiende a aparecer, al más alto nivel, como exterioridad de la Ley […] La ley es la escritura misma que renunció a la exterioridad del entredecir para designar el lugar de lo entredicho»[7]BLANCHOT, Maurice. 1993. El diálogo inconcluso. Caracas: Monte Ávila, p. 658 (la traducción española de este texto que seguiré, aunque no fielmente, es de Pierre de Place.

Una vez llegados a este segundo momento, empero, desaparece el camino para volver hacia atrás. La Ley, ahora ya formulada, y como cualquier derivado de los caprichos de la escritura, no puede ser abolida sin arruinar –convertir en desastre– el requisito original. Sin embargo, no está desactualizada sino que, al contrario, sigue insistiendo, en un campo que hemos marcado como el de una caída: no es posible remontarse de la exterioridad como ley a la exterioridad de la escritura, escribirá Blanchot, salvo aceptando, incapaz de consentirlo, la caída[8]Ibíd., p. 662.

Así termina, o casi, El diálogo inconcluso, mientras que La Escritura del Desastre se reanuda precisamente en este punto: la escritura caída del mundo sobre el cual reina la Ley, la caída de la estrella o la cumbre, el desastre.

Tratemos pues de aclarar un poco la situación de esta exigencia original, que no está justificada por legislación alguna. Lo decisivo aquí es que no se puede formular ningún imperativo. El requisito original requiere, exige, sí, pero sin especificar qué. Las paradojas se multiplican a su alrededor. Quizá lo de menos es probablemente que sea inaplicable, que no se pueda lograr y que, al vivir bajo su envite, se renuncie al presente. ¿Cómo podemos asegurarnos, en un presente determinado, de que se haya satisfecho, si precisamente falta el futuro del que dicho presente es el supuesto advenimiento? Y el futuro carece necesariamente de un requisito que prescriba nada más que a sí mismo.

«No matarás»: se necesita el precedente de una Ley para que haya un presente donde uno no mata. La Ley tiene fecha, afina el tiempo humano como ético en la medida en que se formula. «No matarás»: sabemos que la Ley nos está esperando en nuestro turno, que ella ya ve la escena, el presente de la escena donde simplemente espera ser obedecida.

Sin embargo, de asumir este mandamiento, uno puede acercarse a lo que Blanchot piensa bajo este término de demanda. No matar, entonces, sería satisfacer esta palabra sofocada, pero en ningún momento en particular: la abstención pasiva que, por cierto, un sujeto rara vez acreditaría. Por otra parte, está el requisito del que habla Blanchot, mucho más indeterminado: «No hay nada que preceda a la escritura»[9]Ibíd., p. 657. Es cierto, ni siquiera un susurro.

Esto hay que pensarlo. Blanchot no es el único que ha meditado sobre esta paradoja de un requisito informulable. A este deseo no le quedan lejanos los ecos por los que Lacan se acerca al enigma. La tesis fundamental de su famosa «Dialéctica del deseo»[10]LACAN, Jacques. 1971. «Subversion du sujet et dialectique du désir dans l’inconscient freudien», en Écrits II. Paris: Éditions du Seuil, pp. 151-193 es, de hecho, casi idéntica: el deseo no es articulable, puesto que se trata del deseo de nada nombrable y, por tanto, irreductible a cualquier mandamiento. Una demanda, una exigencia, provocada más bien. Para Lacan existe una barrera clara, la del lenguaje, dado que el goce está prohibido a quien habla y no puede decirse salvo entre líneas lo que remite a la metonimia del objeto. Existe un imposible para la palabra: la Ley se funda conforme a una prohibición. Pero como también hablamos de una exigencia extrema, sin tener en cuenta lo posible, también se da por vencida, y al hacerlo incurre en una deuda consigo misma que pagará en su propia culpabilidad: quien «cede sobre su deseo» se siente abrumado por su peso. Sobre este basamento mantiene Lacan que se establece la Ley que pretende prohibirla, revirtiendo el requisito primero en una defensa.

Entonces no queda otro recurso más que la transgresión y la repetición; en silencio, sin embargo, para quien, como Sade, añadiría el habla y sólo confesaría su devoción a la Ley; se aferraría a ella en lugar de cruzar realmente sus demarcaciones.

¿Existe otro tipo, por ejemplo, de falla, donde la Ley estaría prácticamente cubierta en el poste donde normalmente nos enclava? Esa sigue siendo una pregunta en Lacan. Es otra también en La escritura del desastre, donde Blanchot no se detiene ni siquiera en la apertura que da El diálogo inconcluso.

Volvamos sobre la dimensión temporal de este requisito y añadámosle la paradoja. Si no se deja ir precedida por ninguna Ley, o si, en forma de Ley, no cesa de evadirla, continuando el afirmar contra ella su propia externalidad, es decir, también su reticencia, entonces no puede haber comenzado, ni puede terminar. En este sentido es traicionarlo para designarlo como inicial o primero.

La escritura está siempre y siempre allí –hay siempre escritura- hasta el punto de que uno puede dudar de que exista en ausencia de sí misma a pesar de que nada se escriba. Todavía allí y, sin embargo, en ningún presente asignable: la verdadera escritura, la que cumple con su requisito, comienza cuando la cuestión ya no depende de si escribir o no: «Escribir carece evidentemente de importancia, no importa si se escribe. A partir de ahí se decide la relación con la escritura»[11]BLANCHOT, La escritura del desastre, Op. Cit., p. 18. O tómese, en fin, este otro pasaje: «cuando escribir, no escribir, carece de importancia, entonces la escritura cambia –tenga o no lugar; es la escritura del desastre»[12]Ibíd., p. 17.

Ya no es sólo que nada preceda a la escritura, sino que la escritura siempre se ha precedido a sí misma «en un pasado inmemorial»[13]Ibíd., p. 63. Ambos requisitos no pueden cumplirse hasta el final para tomar la forma definitiva de una obra o un libro. ¿Pero por qué? ¿Acaso no es más que un fantasma teórico aquello que lo inerte ha incubado en el pensamiento? Blanchot responde: existe una energía de aquello que no tiene ninguna ἐνέρεια, una intensidad de lo que no está en acción. La detención de los tiempos, este tiempo-otro sin presente es energía y traiciona la intensidad del desvío. A eso le llama Blanchot morir[14]Ibíd., p. 48.

Esa muerte no es, estrictamente hablando, el fin de la vida -que siempre es lo ya ocurrido, no lo por venir- sino el descubrimiento en el que Blanchot tiene la intención de basar esta revisión de la ética que es su Escritura del Desastre.

Algo de lo que hablaremos más adelante.

Título: La escritura del desastre
  • Autor/es: Maurice Blanchot
  • Editorial: Trotta
  • Nº de páginas: 128
  • Encuadernación: Rústica

Referencias   [ + ]

1. BOUTANG, Pierre. 1952. Les Abeilles de Delphes. Paris: La Table Ronde, p. 197
2. BLANCHOT, Maurice. 2015. La escritura del desastre. Madrid: Trotta, pp. 126
3. Ibíd., p. 37 (la traducción española de este texto que seguiré, aunque no fielmente, es de Cristina de Peretti y Luis Ferrero Carracedo)
4. Ibíd., p. 51
5. Ibíd., p. 44
6. Ibíd., p. 64
7. BLANCHOT, Maurice. 1993. El diálogo inconcluso. Caracas: Monte Ávila, p. 658 (la traducción española de este texto que seguiré, aunque no fielmente, es de Pierre de Place
8. Ibíd., p. 662
9. Ibíd., p. 657
10. LACAN, Jacques. 1971. «Subversion du sujet et dialectique du désir dans l’inconscient freudien», en Écrits II. Paris: Éditions du Seuil, pp. 151-193
11. BLANCHOT, La escritura del desastre, Op. Cit., p. 18
12. Ibíd., p. 17
13. Ibíd., p. 63
14. Ibíd., p. 48
Daniel Arana

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