Autobiografía educativa IV, 1. Conclusión

Luis S. Villacañas de Castro
Luis S. Villacañas de Castro
1. [Autobiografía educativa, I. Presentación]
2. [Autobiografía educativa, II, 1. Nudo]
3. [Autobiografía educativa, II, 2. Nudo (continuación)]
4. [Autobiografía educativa II, 3. Nudo (continuación)]
5. [Autobiografía educativa III, 1. Desenlace]
6. [Autobiografía educativa III, 2. Desenlace]
7. [Autobiografía educativa, III, 3. Desenlace (continuación)]
8. [Autobiografía educativa IV, 1. Conclusión]
9. [Autobiografía educativa IV, 2. Conclusión]

A la hora de la verdad, el nombre de Franz Kafka ha estado más presente que el de John Dewey en esta autobiografía. Era algo de esperar por la coincidencia temporal que ha existido entre la escritura de este texto y mi lectura de la monumental biografía del escritor checo, a manos de Reiner Stach. Durante tres meses, me he sentido sostenido en mi tarea por sus dos mil trescientas páginas, como si fuera yo —y no sus millones de palabras— quien reposase entre sus duras tapas, a resguardo del mundo exterior. Mientras me adentraba en mi infancia, adolescencia y primera juventud, la biografía de Kafka me daba el sustento necesario para continuar con mi labor. En cierta manera, ha sido una sola empresa, la de leer sobre su vida y escribir sobre la mía, como lo testimonia el hecho de que entre el final de la una y de la otra apenas vaya a haber un lapso de unas pocas semanas. Hace poco, yo también me sofocaba leyendo sobre los últimos sufrimientos del escritor checo.

¿Significa esto que la pregunta que me hice en la Introducción ha obtenido una respuesta? Si el lector recuerda, entonces declaré mi incapacidad de decidir entre dos opciones: «No sé si soy un pequeño Kafka que sueña que es John Dewey, o un pequeño Dewey que sueña que es Franz Kafka.» En esta Conclusión, me gustaría ensayar una respuesta, pues lo único que sigue estando claro es que soy más pequeño que cualquiera de los dos.

Antes de tomar una decisión, sin embargo, cabrá precisar a qué Luis nos referimos. Como espero que hayan demostrado estos capítulos, en un momento de mi vida pasé por una larga y gradual transformación cuyo resultado ha sido que quien ahora escribe tiene unos sueños diferentes a los que tenía, porque habita otra realidad. Hecha esta precisión acerca de mí, también cabrá preguntarse de qué Kafka estamos hablando, pues en su vida también confluían dos fantasías diferentes. ¡Quién sabe si él también soñó con ser John Dewey alguna vez, o alguna persona similar! Kafka soñaba mucho, y muy intensamente, con experimentar en primera persona lo que significaba pertenecer a la comunidad humana, con ese tipo de implicación con personas y colectivos que tanto admiró, por ejemplo, en Werfel o en el propio Max Brod; la misma que —como veremos— Dewey convirtió en su objeto de estudió al reflexionar sobre la educación en la sociedad democrática, y de la que él mismo fue un buen ejemplo, al tomar parte en todos los grandes debates de su tiempo. En cambio, Kafka siempre pensó que su vida junto a otras personas estaría reñida con su escritura, de ahí que viviese atrapado entre dos sueños: uno absoluto, otro parcial. El segundo consistía en vivir aislado del mundo, para que la literatura manase de él sin distracción, como lo hizo aquella noche mágica en la que —como describe Stach— redactó de tirón La condena[1]Stach, R. ([2002] 2016). Kafka. Los años de decisiones (II). Los años de conocimiento. Traducción de Carlos Fortea. Madrid: Acantilado, pág. 1419.. El sueño absoluto, por el contrario, tenía que ver con escribir y a la vez vivir felizmente con otros (con una mujer a su lado, formando una familia, etc.); esto es, con no ser él mismo, con ser otro. Su obra fue el jugo vital que fue depositando a medida que estos sueños, como dos enormes brazos, le exprimían poco a poco.

Con todo, durante ciertos periodos de su vida (generalmente tras los fracasos de sus proyectos de matrimonio) Kafka logró cumplir su sueño parcial. Ésa es la imagen que nos ha llegado de él: la de un hombre solitario, taciturno y anónimo. Pero otras muchas veces sintió que lograba formar parte del mundo y de la comunidad; y lo que me interesa señalar es que la educación —no la suya, sino la de otros— le proporcionó alguno de estos momentos. Entonces, la presencia de los niños se convertía para él en una potencia sanadora capaz de restituirle la felicidad que creía haber perdido cuando era tan joven como ellos.

Sabemos que la compañía de niños conmueve al adulto de al menos dos maneras diferentes. Cuando uno interactúa con chiquillos es imposible no interactuar también con uno mismo (como si tuviese en frente su propia infancia) y a su vez con el deseo de que ciertas cosas, desde entonces, hubiesen sido diferentes. En Kafka, ese sentimiento de melancolía y decepción alcanzó cotas extremas, en la medida en que culpaba a su educación de muchos de sus fracasos y debilidades. Testimonio de aquella mirada fue su fallida autobiografía educativa, de la que empecé hablando en este escrito, pero sobre todo la Carta al padre, ese monumento autobiográfico de 1919 y cuya penetración psíquica —según Stach— no tiene parangón en el siglo XX excepto por los casos clínicos de Freud. «De este modo, el mundo se dividía en tres partes», le escribió a su padre:

una, en la que vivía yo, el esclavo, sometido a leyes inventadas sólo para mí, y que, sin saber por qué, nunca conseguía cumplir a satisfacción; luego, una segunda, infinitamente lejana, en la que vivías tú, ocupado en gobernar, dictar decretos y enfadarte ante su incumplimiento; y finalmente una tercera, donde vivía feliz el resto de la gente, libre de mandatos y de obediencia.[2]Kafka, F. ([1919] 2004). Carta al padre (traducción de Jordi Llovet). En F. Kafka, Obras completas. Tomo II (págs. 727-758). Madrid: Aguilar, pág. 734.

Luis S. Villacañas de Castro

De manera inversa, sin embargo, la infancia y la educación también participaron en el pensamiento de Kafka del horizonte de las potencias utópicas, como modos de esperanza, salud y libertad. No para él, claro, pero sí para los niños que le rodeaban. Cinco años antes de escribir la Carta al padre, al poco de desencadenarse la Primera Guerra Mundial, Praga y las ciudades de los imperios alemán y austrohúngaro se inundaron de refugiados orientales que huían del conflicto bélico, y Kafka atendió a cientos de refugiados en el Hogar Popular Judío de Praga. Lo hizo siempre bajo el paraguas de Max Brod, quien, junto a su esposa, educaba a aquellos chiquillos desde las estrictas premisas del sionismo cultural. Nos han quedado imágenes del equilibrio sosegado que Kafka emanaba durante aquellas visitas, entre aquella comunidad de infantes —

Era como si sintiera tranquilidad, incluso curación a la vista de esa remota generación que, en medio de un océano de violencia, sabía mantener su dignidad infantil y parecía poseer la llave que daba a otro mundo. Visitaba a menudo a Brod durante sus clases, estiraba sus largas piernas bajo un banco escolar (naturalmente en la última fila) y participaba de algunas de las excursiones que los profesores hacían con los niños. Al parecer, el silencioso y siempre sonriente señor doctor inspiraba confianza.[3]Stach, op. cit., pág. 1419.

— como también nos han llegado, de su epistolario, las constantes sugerencias pedagógicas que hacía a Felice Bauer (su prometida de entonces), a quien presionaba para visitar el Hogar Popular Judío de Berlín y emprender con los niños toda suerte de lecturas.

Esta fascinación por la educación y la infancia no abandonó jamás a Kafka. «Cuando estoy entre ellos no soy feliz, pero piso el umbral de la felicidad», le dijo a Hugo Bergman por carta en julio de 1923[4]Carta a Hugo Bergman de julio de 1923, citada en Stach, ibid., pág. 2152. . Después de la guerra, su mirada educativa se posó en sus sobrinos Félix y Gerti, hijos de su hermana Gabriele. La Carta al padre está poblada de referencias al primero, a quien Kafka traía a colación para hacer ver a su viejo padre (Hermann Kafka) que las pautas abusivas que ya empleara con su hijo con tanta mala fortuna las estaba explotando, también, con su nieto. Poco después, Kafka pudo profundizar en sus intuiciones pedagógicas cuando llegó la hora de encontrar colegio a sus sobrinos. El capítulo en el que Stach alude a esa búsqueda me deparó, como lector, uno de esos momentos maravillosos en los que uno descubre que dos intereses que había alimentado por separado, y cuya relación creía limitada a su propia mente, se dieron la mano en la realidad. El internado en el que Gabrielle y Herman, bajo recomendación de Kafka, estuvieron a punto de matricular a Félix y a Gerti (incluso concertaron una entrevista con la subdirectora para considerar la inscripción de esta última) no fue otro que la Neue Schule de Hellerau, a las afueras de Dresde, que ya por aquel entonces dirigía A. S. Neill, quien fuera fundador —posteriormente, una vez se trasladó a Inglaterra— de la mítica institución Summerhill[5]Stach, ibid., págs. 1880 y siguientes.. Kafka estudió a fondo el ideario de la escuela taller de Dresde hasta convencerse de que ofrecería a sus sobrinos todo lo que a él le fue negado. Si bien la inscripción no llegó a consumarse, el intercambio epistolar con su hermana alrededor de la conveniencia de matricularlos incluye uno de los más bellos párrafos que Kafka alcanzó a escribir sobre educación:

Se puede ser demasiado joven para casarse, para morirse, pero ¿demasiado joven para la educación tierna, sin coacciones, que desarrolle todo lo bueno? Diez años son pocos, pero en ciertas circunstancias son una edad avanzada: diez años sin ejercicio físico, sin cuidado del cuerpo, en una vida acomodada, sobre todo en una vida acomodada sin ejercitar los ojos y los oídos y las manos (salvo para ordenar las propinas), metido en la jaula de los adultos, que, en el fondo, como no puede ser de otra manera en la vida normal, tan sólo se desfogan con los niños… esos diez años no son pocos.[6]Carta a Gabrielle Hermann de mayo-junio de 1921, citado en Stach, ibid., pág. 1881.

Sus sobrinos, la educación y la infancia judía volverían a mezclarse por última vez en el contexto en el que Kafka conoció a la postrera mujer importante en su vida, Dora Diamant. Era una joven judía de veintidós años, originaria de Lodz (Polonia). El enamoramiento surgió durante el mes de julio de 1923, en el balneario báltico de Müritz, al que Kafka fue con su hermana Gabrielle, con Félix y Gerti, y en el que Dora había llegado como educadora del Hogar Popular Judío de Berlín, que tenía una sede vacacional en ese balneario. Ante la condensación de éstos y otros tantos factores decisivos, era casi imposible que Kafka no se enamorara de aquella mujer. Dora estaba al cuidado de un grupo de niños con los que Kafka no tardó en colaborar en todo en lo que le permitía su salud, muy deteriorada. Precisamente, la carta a Hugo Bergman que he citado arriba la escribió durante esos días. Al terminar su visita en aquel balneario, Dora y Kafka se mudaron juntos a Berlín, de donde apenas retornaron a Praga durante unas semanas, cuando la tuberculosis arreció; de ahí se desplazaron a un sanatorio de Viena, y de allí a su clínica universitaria, donde Kafka murió el 3 de junio de 1924. Dora le cuidó y acompañó durante sus últimos días, los únicos en los que logró compartir su vida con alguien.

¿Tiene sentido preguntarnos qué tipo de profesor hubiese sido Franz Kafka? Creo que esta breve relación de hechos nos legitima para adentrarnos en esta especulación. La educación fue un tema esencial para Kafka, aunque uno enseguida advierte que su pensamiento pedagógico cristalizó por un gesto de reacción contra su propia experiencia. En otras palabras: cuando Kafka reflexionó acerca de la educación, lo hizo siempre —como diría Paulo Freire[7]«La lucha comienza cuando los hombres y mujeres reconocen que han sido destruidos»: Freire, P. ([1970] 2000). Pedagogy of the oppressed (selección). En A. M. Araújo Freire y D. Macedo (eds.), The Paulo Freire Reader (45-79). Nueva York: Continuum, pág. 66. — desde la conciencia de que había sido destruido por ella. De ahí que no estableciese un vínculo constructivo entre sus ideas pedagógicas y su vida anterior. Dado que su educación no fue un buen ejemplo de nada, Kafka no construyó sobre su experiencia vital sino que prefirió huir de ella. Cuando imaginaba una educación diferente, Kafka no sintetizaba su pasado sino que soñaba. Pues lo que en realidad le interesaba de la educación era su carácter de promesa: de futuro, sí, pero también de pasado: la promesa de que si su educación hubiese sido diferente él hubiese sido otra persona, posiblemente más feliz.

Por eso, en el caso de que Kafka hubiese llegado a ser profesor (y tengo para mí que hubiese hallado felicidad en esta ocupación), lo imagino uno de tipo creativo, movido por una imaginación intensa, desesperada y huidiza; y no sólo de las experiencias concretas de su infancia, sino también de las estrictas formalidades y jerarquías del imperio austrohúngaro. Le atribuyo así la misma imaginación de aquellos profesores que —como yo— se aproximan a sus clases como una oportunidad de cambiar el mundo, sí, pero sobre todo de cambiarse a sí mismos, porque en el fondo saben que no hay nada más diferente de sus clases que ellos mismos. De ahí que cada lección se convierta en un acto de redención, en un entrelazamiento paradójico entre el presente y el pasado a través del que soñamos que estamos cambiando nuestra propia infancia, por un lado (nos vemos en los ojos que nos miran), pero que, por otro, es precisamente este cambio lo que nos permite impartir la clase que estamos dando.

La enseñanza nos ayuda a transformar el niño que fuimos y, gracias a eso, ser los hombres que somos. Soñando que somos John Dewey, transformamos nuestro pequeño Franz Kafka. Y lo hacemos hasta el punto en que ya no sabemos qué es sueño y realidad, virtud y enfermedad, tristeza o alegría.

Referencias   [ + ]

1. Stach, R. ([2002] 2016). Kafka. Los años de decisiones (II). Los años de conocimiento. Traducción de Carlos Fortea. Madrid: Acantilado, pág. 1419.
2. Kafka, F. ([1919] 2004). Carta al padre (traducción de Jordi Llovet). En F. Kafka, Obras completas. Tomo II (págs. 727-758). Madrid: Aguilar, pág. 734.
3. Stach, op. cit., pág. 1419.
4. Carta a Hugo Bergman de julio de 1923, citada en Stach, ibid., pág. 2152.
5. Stach, ibid., págs. 1880 y siguientes.
6. Carta a Gabrielle Hermann de mayo-junio de 1921, citado en Stach, ibid., pág. 1881.
7. «La lucha comienza cuando los hombres y mujeres reconocen que han sido destruidos»: Freire, P. ([1970] 2000). Pedagogy of the oppressed (selección). En A. M. Araújo Freire y D. Macedo (eds.), The Paulo Freire Reader (45-79). Nueva York: Continuum, pág. 66.
Luis S. Villacañas de Castro

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