Autobiografía educativa, III, 2. Desenlace (continuación)

Capitán y ejército de ancianos | Vía: Luis S. Villacañas de Castro
Extraño diablo | Vía: Luis S. Villacañas de Castro
1. [Autobiografía educativa, I. Presentación]
2. [Autobiografía educativa, II, 1. Nudo]
3. [Autobiografía educativa, II, 2. Nudo (continuación)]
4. [Autobiografía educativa II, 3. Nudo (continuación)]
5. [Autobiografía educativa III, 1. Desenlace]
6. [Autobiografía educativa III, 2. Desenlace]
7. [Autobiografía educativa, III, 3. Desenlace (continuación)]
8. [Autobiografía educativa IV, 1. Conclusión]

Llegado a este punto de mi autobiografía educativa, quisiera matizar una frase anterior según la cual no existiría virtud sin enfermedad, y la una no sería más que el reverso de la otra. Así lo he formulado en varios momentos de esta obra, sobre todo para dar cuenta de cómo diferentes cualidades (unas amadas, otras odiadas) se aunaban en mi personalidad de una manera que no era azarosa. He alcanzado a ver mi carácter no como una suma de cualidades aisladas o inconexas, sino como un haz de rasgos que permanecían afines a pesar de su diferencia, indisociables pese a su aparente lejanía. Algunos de ellos los he vinculado a la virtud, otros a la enfermedad; pero principalmente he querido mostrar que todos habitaban un mismo esquema, respiraban en el interior de una misma estructura. A través de detalles biográficos, he tratado de dar pistas acerca de cuáles eran los límites, conflictos y factores que actuaban sobre el escenario de mi personalidad.

Ahora que he alcanzado el desenlace de esta historia (un desenlace feliz, además) no puedo sino corregirme y afirmar que la virtud sólo es verdadera cuando pasa a ser capaz de moderar los efectos de la enfermedad que la acompaña y con la que se relaciona. Hasta entonces no hay más de una que de otra, un mero contraste —por lo tanto— entre zonas claras y oscuras. Sencillamente, se sabe tanto como se ignora. Pero más allá de estos dualismos aguarda la posibilidad de cambio, de reequilibrio o transformación. Y desde mi punto de vista, esto es lo que ocurrió en mi caso, cuando por fin logré posarme en el suelo de la realidad a pesar de tener mis alas cubiertas de fantasía. Más adelante tendremos ocasión de cuestionar el alcance real de esta evolución, pues algún lector defenderá que a través del tiempo he mantenido intocables demasiados de mis rasgos y, en base a ello, concluirá que no he cambiado tanto. («No tanto, pero sí lo suficiente», podría yo responder.) Pero ahora mismo quisiera concentrarme en la relación entre virtud y enfermedad y explicar por qué, en mi caso, la dedicación a la cultura me permitió romper el equilibrio entre los dos términos, a favor del primero.

Lo anticipé al final del segundo capítulo, cuando dije que en algún momento de la infancia «me entregué a la academización completa de mi propia vida, única vía capaz de compensar (aunque de forma precaria) la pobreza de experiencia a la que, con ello, yo mismo me condenaba». Retomo ahora este argumento, pues lo que entonces llamé la academización completa de mi propia vida representa el vínculo particular que tracé con la cultura, y fue ella la que me permitió encontrar una salida al empate perfecto que la enfermedad y la virtud habían sellado en mí. Aunque la cultura no sea capaz de acabar con la primera, al menos sí logra integrarla de cierta forma. En realidad, cuando uno permite que sus rasgos virtuosos (la disciplina, la pasión, la curiosidad…) enlacen con el cultivo de la cultura, también consigue que los enfermizos adquieran un nuevo sentido, que pasen a definirse desde un propósito más amplio, desmarcado ya de la pura individualidad. Así sucedió conmigo, cuando discipliné ciertas cualidades negativas a través del trabajo académico y de lo que éste me descubría acerca de mí mismo y la realidad.

Cualquier lector versado en psicoanálisis habrá identificado esta dinámica con la sublimación. Y es que, para Freud, si existía algo que pudiese decantar la eterna lucha entre la pulsión de muerte y la pulsión de vida era, justamente, la cultura. Si había algo que pudiese decidir sobre el conflicto inveterado entre el principio de realidad y el principio del placer, entre el yo y el ello, la violencia y la civilización, la guerra y la paz, la salud y la patología, era, precisamente, la sublimación de la libido sexual. Frente a las lecturas que vieron en el psicoanálisis un vehículo acelerado por el desenfreno sexual, lo cierto es que Freud nunca confió demasiado en que el sexo fuese el camino para reequilibrar los conflictos de la personalidad, mucho menos de la especie humana. Tampoco lo era la represión completa, desde luego: el sexo no podía faltar en una vida feliz, mas no era realista confiárselo todo al disfrute directo de los cuerpos. En otras palabras: en el sexo no estaba la virtud, aunque pudiese relajar la enfermedad. De hecho, la obra de Freud se ve salpicada, aquí y allá, por sugerencias acerca del carácter imperfecto de la satisfacción sexual en cualquiera de sus formas (coitales, perversas o masturbatorias); una hipótesis que haría explícita en El malestar de la cultura, al escribir que «habría algo inherente a la propia esencia de la función sexual que nos priva de satisfacción completa, impulsándonos a seguir otros caminos»[1]Freud, S. ([1930] 1974). El malestar de la cultura. En Obras completas (traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres). Madrid: Biblioteca Nueva, tomo VIII, pág. 3043..

Mujer tubercular | Vía: Luis S. Villacañas de Castro

Que, frente a la descarga directa del sexo, Freud confiara en la sublimación como la vía más más nítida y unívoca, la menos conflictiva y enfermiza de combatir los malestares y violencias de la humanidad, es algo que podemos apreciar en su propio ejemplo. Como Elizabeth Roudinesco constató en su reciente biografía, «la vida carnal del más grande teórico moderno de la sexualidad habría de durar, por tanto, nueve años»[2]Roudinesco, E. ([2014] 2015). Freud en su tiempo y en el nuestro (traducción de Horacio Pons). Madrid: Penguin Random House/Debate, pág. 63.: de 1886 —cuando contrajo matrimonio con Martha Bernays— a 1895, fecha en que nació Anna, el sexto y último de sus hijos (y futura psicoanalista de niños). Freud dejó de tener relaciones sexuales a los cuarenta años, a raíz de que Martha decidiera que su cuerpo cansado no podía criar más. La abstinencia fue una apuesta dolorosa —seguro— pero, lejos de ser una vía incompatible con su teoría, también fue coherente con ella. Pues, del mismo modo en que Marx no fue sólo un teórico de las crisis capitalistas sino del circuito entero del valor (y, por lo tanto, de nuevas formas de producción y de distribución que pudiesen evitarlas), Freud no fue únicamente un teórico del sexo, sino de la libido y todos sus caminos. De hecho, la descarga sexual era solamente uno de los tres destinos hacia los que ésta podía ser canalizada; los otros dos eran los síntomas (la vía enfermiza) y la sublimación (la virtud).

Claro que, con ello, Freud no lograría acabar con todos los síntomas y desequilibrios de su propia vida. La enfermedad persistía, pero lo hacía replegada en el interior de la cultura, de la civilización. Para describir este ajuste tan sutil y milagroso de la subjetividad, Roudinesco inventó un oxímoron peculiar: obsesivo de la sublimación, esto es, alguien que se entrega a la virtud de manera enfermiza, o viceversa, alguien cuya enfermedad se canaliza por entero en la búsqueda de la virtud, por mucho que ésta acabe contaminada por aquélla. No por ser un obsesivo dejó Freud de confiarse con denuedo a la sublimación, sabedor de que esto era lo mejor que podía hacer con su energía; la vía más segura para aminorar, en una espiral decreciente pero eterna, los trastornos de una humanidad enferma. A través del trabajo, del arte, del conocimiento y la ciencia, la neurosis podría llegar a convertirse en el malestar de la cultura, cuyos efectos podían ser atenuados —ése era el ideal, al menos— con remedios y compensaciones internas a la cultura misma.

Yo no conocí a Freud, aunque probablemente lo haya leído más que a cualquier otro autor. Fueron otros quienes me sirvieron de ejemplo para enlazar el trabajo a la virtud. Fue mi madre, ayudándome a que los proyectos escolares acabasen siendo experiencias más enriquecedoras: recuerdo que identificaba en la prensa del día cualquier noticia, reportaje o exposición que se relacionara con el tema de mis trabajos, y que formaba con ellas un manojo de recortes de periódico. A ello sumó, además, la certeza del amor, esta vez por medio de cartas que me escribía a mano en ocasiones especiales, en las que reflexionaba sobre la familia y decía justamente lo que hacían sus actos. Y fue mi padre, también, esta vez a través de su enigma, del enigma de su ausencia forzada durante parte de la semana, por razones de trabajo, y —vinculado a ello— el enigma sobre lo que el propio trabajo podía suponer. Retengo dos memorias infantiles de mi encuentro con su sublimación. En la primera, me hallo ante las estanterías del despacho, con un ojo puesto en las hileras de libros y el otro puesto en mi padre, quien trabajaba en su mesa mientras yo me preguntaba si de verdad existía en el mundo tanto como para llenar todos los libros como veía, e intentaba imaginar qué podía ser. En la segunda, me veo abriendo los cuadernos repletos de notas que mi padre dejaba por la casa, tras de sí, como las huellas que un animal preciado dejara en el bosque a su paso; como una sucesión de enigmas secundarios. Yo abría estos cuadernos disimulando apenas mi curiosidad, y recuerdo mi sensación de maravilla ante tanta riqueza, tanta potencia, tanta pasión en forma de notas, de bocetos de ensayos, de reflexiones, de conferencias, de libros inacabados, de poemas. Desde el primer segundo en que tuve esos cuadernos en mis manos, escritos con esa letra tan pequeña, supe que todo ello era un tesoro: supe que ése era el verdadero tesoro y milagro de la humanidad. Y no me refiero a lo que ahí se dijera, puesto que no lo entendía, sino al hecho de que alguien —mi padre— pudiera escribir todas esas cosas. Que tantas ideas pudiesen salir de una persona (igual que tantos libros surgían de un mundo que me parecía tan sencillo) era un fenómeno emocionante e incomprensible para mí.

Capitán y ejército de ancianos | Vía: Luis S. Villacañas de Castro

El núcleo de mi admiración por mi padre se encuentra en este episodio. Como catedrático de universidad ha escrito mucho —decenas de libros— y todavía publicará mucho más. También han sido muchos los premios que ha recibido, y es y será admirado por ello, por pares y alumnos. Dejo a otros, sin embargo, esa merecida admiración. Porque la mía se dirigirá siempre hacia esos cuadernos de notas que abría con una especie de fascinación angustiosa, en lo que ha sido una de las experiencias más importantes de mi vida. Nada de lo que haga mi padre podrá ser tan valioso para mí, ni lo será nunca.

De hecho, era tanta la admiración que ese niño sentía —y que siente todavía dentro de mí— que en muchas ocasiones hemos corrido el riesgo de que esa experiencia monopolizase nuestra relación. Quería encontrarme, cara a cara, con el hombre que escribía todas esas cosas; no me conformaba con menos, no quería ninguno de los otros padres que, además de ése, también existían. Quería comprenderlo todo: dónde escribía, cómo lo hacía, cuándo, por qué. Quería saber a qué obedecía ese impulso, de dónde nacía, a quién se dirigía, qué buscaba obtener. Muchas veces la dificultad de responder a estas preguntas me llevaba a la desilusión. Sospecho que, en el fondo, quería que mi padre escribiera acerca de mí, y pudiera ser partícipe de ese misterio. Como tantas otras cosas, fue un enigma que tuve que resolver yo con mi propia experiencia; por eso el de mi padre fue un buen ejemplo. No puedo ni imaginarme, sin estremecerme con ello, cuánto de aquel gesto sigue expresándose en la decisión de escribir esta autobiografía educativa.

Esa riqueza que vi entonces en los cuadernos de mi padre, nunca he podido reproducirla. Yo también lleno libretas, escribo libros, compongo poemas (y dibujos: fue mi madre quien me enseñó a dibujar); pero a este esfuerzo de sublimación por mi parte le acompaña siempre la idea de que aquel tesoro se encuentra más allá de mis fuerzas, de que es superior a mí. No por ello deja de ser un ejemplo, imposible e ideal, como lo es la certeza del amor que mi madre me ayudó a sentir, y que intento transmitir a mi familia. Ambos ejemplos me han empujado por las diferentes fases de una peripecia vital y educativa que, de una manera u otra, me ha llevado hasta aquí. El desenlace es positivo. Sé que no hay, para mí, más felicidad que la que tengo ahora.

No obstante, acaso algún día abandone la universidad. Acaso con el siguiente recorte presupuestario me expulsen de ella. Acaso fracase en todas las labores intelectuales o artísticas que emprenda; acaso cambie todo en torno a mí. Pero sé que no me faltará una libreta en la que dibujar y escribir. A ellas confío las creaciones que verdaderamente valen la pena. En ellas late, todavía, la mirada de mis padres, con sus enigmas y certezas.

Como avancé al inicio de este capítulo, lectores habrá que, llegados a este punto del relato, vean demasiados paralelismos entre quien fui y soy ahora. ¿A qué tanta insistencia en la virtud y la enfermedad?, se preguntarán. A fin de cuentas, todavía necesito levantarme de madrugada para dar algo más de sentido a los usos de mi inteligencia, del mismo modo que de niño esperaba a los viernes por la tarde para poder desplegar una vida académica paralela, cuyos medios y fines me satisficiesen más. Sin duda, todavía hoy me hallo dividido, esta vez entre la profesión y el sentido, entre el trabajo y la imaginación, un conflicto —por otra parte— que ninguna vanguardia del siglo XX jamás dejó de denunciar. La diferencia es que hoy lo sufro desde el lugar en el que, tradicionalmente, este conflicto ha sido menos intenso y, por lo tanto, más asumible: la universidad. Se trata de la universidad más alienada de la historia, es cierto, pero no por ello deja de ser la institución más flexible que conozco. Hay en ella, sobre todo, estudiantes, alumnos que si de verdad lo son es porque todavía están abiertos a la vida y no son inmunes a lo que suceda a su alrededor. No se puede decir lo mismo de buena parte del profesorado, bloques de mármol que ni los más duros golpes de la vida podrán transformar. Pero con los alumnos no he perdido la esperanza de educar. Juntos hacemos todo lo que desearía haber compartido con alguien en mis años de estudiante. Buscamos, dentro de la cultura académica, maneras valiosas de combatir nuestra soledad. Hablamos de belleza, de su sentido, de su interrelación con la educación, la política y el resto de la sociedad. Contrastamos nuestras perspectivas: justifico la mía y les invito a que pongan las suyas encima de la mesa. Redactamos manifiestos, leemos novelas, escribimos autobiografías educativas. Creamos poesía, filosofía y ciencia. De hecho, tan convencido estoy de que, de no haber cambiado, no hubiese alcanzado la universidad, como de que no sería un buen profesor si no respetase mi propio pasado. Aunque no pueda cambiarlo, ni tampoco borrar su dolor, de alguna manera siento que en mis clases logro rescatar la vida que creí haber perdido entre la niebla del estudio, y que —como ha sucedido en esta obra— ahora emerge envuelta en su propia luz.

Referencias   [ + ]

1. Freud, S. ([1930] 1974). El malestar de la cultura. En Obras completas (traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres). Madrid: Biblioteca Nueva, tomo VIII, pág. 3043.
2. Roudinesco, E. ([2014] 2015). Freud en su tiempo y en el nuestro (traducción de Horacio Pons). Madrid: Penguin Random House/Debate, pág. 63.
Luis S. Villacañas de Castro

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