Autobiografía educativa III, 1. Desenlace

Descubridor desorientado | Vía: Luis S. Villacañas de Castro
Descubridor desorientado | Vía: Luis S. Villacañas de Castro
1. [Autobiografía educativa, I. Presentación]
2. [Autobiografía educativa, II, 1. Nudo]
3. [Autobiografía educativa, II, 2. Nudo (continuación)]
4. [Autobiografía educativa II, 3. Nudo (continuación)]
5. [Autobiografía educativa III, 1. Desenlace]
6. [Autobiografía educativa, III, 2. Desenlace (continuación)]

Mientras avanza, una autobiografía educativa bien pudiera compararse con un péndulo que oscila entre dos extremos, en un ángulo tan abierto como se quiera, pero acotado siempre por dos columnas transparentes que limitan su vaivén a cada lado. Estas dos columnas se llaman psiquismo y sociedad. Se me ocurre una metáfora más técnica todavía: la autobiografía educativa es una curva cercada entre dos asíntotas, las que representan los objetos de estudio de la psicología y la sociología. Pues, a medida que avanza el arco del relato, es inevitable que éste se deslice hacia la neurosis del protagonista (tan pegada a su vida erótica) o hacia las consecuencias (también educativas) de pertenecer a una determinada clase social. Que la autobiografía se funda en ellas, empero, habrá de significar su final. De ahí que tanto los trastornos del psiquismo como los de la sociedad hayan estado latentes, más o menos silenciados, durante todo este ensayo: no porque dejasen en algún momento de facilitarme o dificultarme la vida, sino porque mi autobiografía educativa no podía examinarlos de forma directa sin perder, con ello, su voz característica. Sin duda, el equilibrio de este género es inestable y delicado —de ahí que no pueda alargarse demasiado.

Recuerdo ahora cómo, al finalizar mi tesis doctoral, postulé que nadie merecía considerarse a sí mismo un sabio hasta que no fuese capaz de explicar su propia historia desde cuatro puntos de vista: el del cosmos, al que uno necesariamente pertenece como parte del sistema solar; el del hábitat, en el que uno vive como miembro de la especie homo sapiens sapiens; el de un psiquismo dividido entre zonas conscientes e inconscientes, y —en cuarto lugar— el que inscribe a uno en la sociedad, dentro de una clase social dada. Se trataba de una definición del individuo que aún retengo, a falta de mejor alternativa. Según ésta, el individuo consistía en el anclaje de cuatro objetos de estudio: el cosmos, el hábitat, la sociedad y el aparato psíquico. En otras palabras: la física, la biología, la sociología y la psicología albergaban, para mí, saberes necesarios para que alguien pudiese entenderse a sí mismo y escribir su verdadera autobiografía.

Para cumplir con este ideal ilustrado, no se requerían unos conocimientos tan ingentes como para merecer un pacto fáustico con algún diablo; tampoco, una imaginación poética tan desbordante como la que Walt Whitman mostraba en la sección cuarenta y cuatro de su Canto a mí mismo, al decir que

Antes de que mi madre me pariese,
generaciones me condujeron.
Mi embrión nunca ha estado dormido ni enterrado.
Por él la nebulosa se cuajó en una estrella,
y para que en ellos descansase
se apiñaron los enormes y lentos estratos geológicos.
Árboles inmensos les dieron su sustento
y saurios monstruosos lo transportaron en sus fauces y lo depositaron con cuidado[1]Whitman, W. ([1855] 1990). Canto a mí mismo. Paráfrasis de León Felipe. Madrid: Akal, pág. 122..

No. Para componer una verdadera autobiografía (y con esto me refiero a un relato que tendiese puentes entre la verdad objetiva y la subjetiva) se necesitaba tan sólo cierta familiaridad con estas cuatro teorías científicas que radiografiaron la humanidad entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX: la teoría de la relatividad, la de la evolución, la teoría del valor de Marx, y el psicoanálisis.

El lector atento habrá advertido que al inicio de este capítulo me he permitido acotar esta condición a dos de estas teorías solamente. Lo he hecho al darme cuenta de que, en la medida en que todos compartimos la historia de nuestra especie y de nuestro sistema solar, las únicas disciplinas capaces de diferenciarnos son la sociología y la psicología. Una autografía empieza sólo cuando nos individualizamos, así sea por nuestro lugar en el complejo sistema social o por la sedimentación gradual de nuestra personalidad sobre los abruptos contornos de nuestro aparato psíquico y nuestra sexualidad.

El diablo tiene cuernos | Vía: Luis S. Villacañas de Castro

Desde este punto de vista, deja de ser sorprendente que las instituciones del psicoanálisis y del movimiento obrero hayan mostrado tanta afinidad con el género autobiográfico. Así ocurrió, por ejemplo, con los testimonios de clase, esos relatos por los que alguien narraba su transición desde la vivencia espontánea de uno mismo y de su contexto social más cercano hasta el entendimiento crítico de su sociedad, de su lugar dentro de ella y de las vías adecuadas para transformarla. Class lives. Stories from accross our economic divide, editado por Chuck Collins, Jennifer Ladd, Maynard Seider y Felice Yeskel en 2014, tal vez sea el ejemplo más reciente de este género. Pero del lado del psicoanálisis tenemos un ejemplo todavía más excepcional: el dispositivo del pase, ideado por Jacques Lacan. Se trata de un testimonio por el que un candidato a psicoanalista resume su propia experiencia cambiante y formativa en el diván, acerca de su inconsciente, sus síntomas, su división psíquica, etc., y todo ello para justificar por qué se encuentra al final de su propio análisis. Ese testimonio lo traslada a dos candidatos que se hallan en etapas anteriores de su formación, y son éstos los que indirectamente presentan el caso al tribunal que aprobará o no la conversión de aquél en psicoanalista. Independientemente de los detalles que caracterizan el procedimiento, lo que me interesa señalar es cómo, a pesar de sus diferencias, el pase y el testimonio de clase ocupan un espacio similar. Por un lado, son dispositivos inspirados por avances en la ciencia; por otro, si nos fijamos, en ambos casos la capacidad de pensarse y experimentarse a uno mismo de manera diferente se ha convertido en prueba de que uno ha llevado a buen término un proceso de aprendizaje. Quien fuese capaz de demostrar esa transformación quedaba legitimado para asumir tareas de mayor responsabilidad en el cuidado o la formación de otras personas, bien pacientes, bien militantes.

Existe, no obstante, una diferencia esencial: frente al testimonio de clase (que llegó a ser un requisito para unirse a ciertos partidos), el pase pervive hoy en la Asociación Mundial de Psicoanálisis, fundada por los discípulos de Jacques Lacan. Con todo, soy de la opinión que, aunque ambos géneros perdiesen algún día toda su vigencia institucional, los dos sobrevivirían a través de múltiples declinaciones. Al fin y al cabo, se trata de dos discursos paradigmáticos que jamás dejarán de ser efectivos desde un punto de vista pedagógico ni dejarán, tampoco, de ser atrayentes. Presentan la intersección más clara entre el elemento científico y el elemento autobiográfico; la coincidencia más perfecta entre verdad objetiva y subjetiva. Despliegan el relato de quien ha logrado verse desde el punto de vista de la ciencia, para el que ya no hay marcha atrás.

Volvamos ahora al género que nos ocupa: la autobiografía educativa. Exploremos, de hecho, esta segunda dimensión. Paradójicamente, uno de los ejemplos más evidentes del difícil equilibrio en el que ha de moverse este género consiste en que el encuentro del autor ante el espejo de la ciencia define el límite interno de toda autobiografía educativa, el punto en el que ésta no puede ir más allá sin disolverse, sin convertirse en un caso clínico o un texto de sociología personal. El relato podrá toparse con las rectas de la psicología y la sociología (como de hecho sucedió al final del capítulo anterior), pero en ese preciso momento habrá de salir rebotado en un movimiento pendular, desde la plena conciencia de que encontrará su desenlace si persevera en la misma dirección. Pero ni siquiera así se rebaja del todo la tensión. Pues, aunque la ciencia no puede ser su punto de partida, deberá ser el punto de llegada de aquella autobiografía que se tome en serio su cualidad educativa. En ese caso, el desenlace del relato coincidirá con el momento crítico en que la educación (que nunca cesa) dejó de ser la de uno mismo para convertirse en la educación dentro de uno de los campos de la ciencia. Terminará entonces la autobiografía propiamente dicha, sin duda, pero no el conocimiento de uno mismo, que avanzará de una forma indirecta. ¿O acaso no nos sentimos apelados, como miembros de una especie, cuando un grupo de antropólogos descubre un eslabón perdido en la compleja cadena de nuestra evolución? ¿Y acaso no tiene que ver que nosotros, en tanto parte del cosmos, el hallazgo de una nueva estrella en cuyo sistema es viable la vida? ¿O acaso no inspira y nos alegra el éxito de aquel país que sea capaz de crear un régimen más justo y saque a su población de la pobreza? ¿No aprendemos nada leyendo un caso clínico de Sigmund Freud? Como hemos dicho, el individuo no es sino el eje que unifica los cuatro objetos de estudio de la física, la biología, la sociología y la psicología.

Quien, en cambio, no llegue nunca a contemplarse desde el punto de la vista de la ciencia podrá prolongar eternamente su autobiografía educativa, oscilando siempre en tierra de nadie, de un lado a otro; hablará de los cambios pasajeros que le provocó aquel encuentro, aquella lectura, aquel viaje; todos ellos transitorios, todos ellos reversibles, todos ellos intercambiables. Mas no podrá marcar un hito en su proceso educativo, un punto de no retorno, una verdad a partir de la cual supo que sabía algo antes que nada, algo que no fuese intercambiable por cualquier otra cosa, algo (también acerca de sí mismo) independiente de los vaivenes de su propia vida.

Trabajador espadachín | Vía: Luis S. Villacañas de Castro

Los detalles de este desenlace no son importantes, y tampoco lo serán en esta autobiografía. Es curioso, desde luego, que en la mayoría de los casos el encuentro de uno mismo ante el espejo de la ciencia se produzca al margen de las inercias que la educación formal asume y despliega. Pues ¿qué colegio, instituto o carrera universitaria consigue (incluso desea) que sus alumnos sientan sus propias vidas como parte del cosmos, de un hábitat o de un modo de producción? ¿Y qué plan de estudios sugiere que ellos mismos poseen un psiquismo dividido, cuya parcelación en regiones conscientes e inconscientes genera deseos contradictorios sobre cuyo conflicto construimos nuestra personalidad? Una educación que de verdad quisiera asumir estas teorías revolucionarlas tendría que revolucionarse a sí misma de maneras que todavía están por pensar. Lo primero que habría que tener en cuenta es que para entender el mundo hay que escarbar, pues sólo entonces los alumnos verían que lo que hay bajo la superficie de representaciones espontáneas que tienen de sí mismos es del todo ininteligible sin la comprensión de esos cuatro objetos de la ciencia. Lograr el descentramiento de uno mismo desde la interioridad hacia la objetividad —tal debería ser el fin de una ilustración verdadera. Lo cual, desde el punto de vista del profesorado, no implicaría en modo alguno imitar o reproducir, en la escuela, los contextos específicos en los que estas ciencias tradicionalmente han desarrollado sus respectivas prácticas (los laboratorios, el activismo, el diván…), sino lograr que los estudiantes empleasen toda su energía en abrazar la realidad a manos llenas. Esto es: ampliar su rango de experiencia y no reducirlo, como hace la educación libresca. Volver la educación más profunda e intensa y no más aburrida y superficial, como sucede cuando las aulas no ofrecen experiencias de vida sino sucedáneos empobrecidos de ella. La función del profesorado —como diría Dewey— es enriquecer la vida de los alumnos, no separarles de ella. En el aula hay que mejorar la calidad de las experiencias que la vida cotidiana es capaz de dar, y hacerlo mediante proyectos que pongan a los estudiantes en contacto con ideas y prácticas más poderosas de lo que para ellos es habitual.

En mi caso, la transición hacia la ciencia se inició desde la esfera personal, cuando estuve dispuesto a aceptar que mis tribulaciones no eran sólo mías, ni míos —por lo tanto— los medios que requería para ponerles solución. Tal vez, además de ser un joven de veinticinco años también fuese un problema para la ciencia, con cuyos expertos podía compartir cierta responsabilidad. Como es obvio, este gesto reflexivo vino animado por mis lecturas, pero creo que hubiese sido insuficiente con ellas. Cualquier libro hubiese resultado inútil de no haberme tomado en serio la premisa de que no estaba en mí la causa ni la solución de muchos de los problemas de los que se ha hecho eco este relato. A partir de aquel momento, me acerqué a lo que leía de manera diferente. Me confié a los efectos emancipatorios que se derivarían de entender mejor esas realidades de las que yo —mi presente y mi pasado— era un efecto tan sólo. Con ello empecé a dar los pasos que, diez años antes de escribir esta obra, harían posible su desenlace.

Podría rescatar algunas etapas del camino (mejor dicho, algunas de sus piedras). Recuerdo cómo, pocos años después de haber escrito mi primer tratado de filosofía —se llamaba Metafísica del infinito— empecé a interesarme por el marxismo. Hablamos del año 2005. Al principio lo hice de forma muy difusa, a través de la lectura de Walter Benjamin; pero justo entonces tuve la oportunidad de viajar a Berlín con unos amigos, y allí compré un pequeño fascículo de Lenin en la explanada de la Universidad Humboldt (en los puestos de libros de segunda mano), a modo de suvenir: Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, de la editorial Progreso. Meses después, ya en Valencia, tras haber leído unas cuantas obras más, empecé a tomar notas en una libreta con la esperanza de hacer una crítica al marxismo desde el punto de vista de mi metafísica personal. Ahora que me acerco a ellas, me doy cuenta de que estas anotaciones delatan menos la seguridad en una crítica verdadera que la conciencia de una contradicción extrema. «Necesidad de contrastar la estructura del capitalismo desde la óptica del infinito», había empezado a escribir con decisión. Pero en seguida empezaban a asomar las preguntas verdaderas: «¿Cómo analizar la crítica del marxismo a la plusvalía desde la óptica del infinito?».

Éste era el tono que primaba en aquellas notas, el mismo que caracterizó mi primera relación con el marxismo. Por debajo de cada nueva frase asomaba renovada mi perplejidad, pues tenía la intuición de que me hallaba frente a una diferencia radical. De ahí que, meses después, lo único que hubiese sacado en limpio de toda esta reflexión fuese un breve párrafo que no conservo sino en el recuerdo, pero que decía —básicamente— que existían modos de producción infinitos y modos de producción finitos; que los primeros tenían un número infinitos de actuantes, por lo que el azar acababa afectando su proceso de producción; pero que los segundos, en cambio, contaban con un número limitado de trabajadores que organizaban sus esfuerzos a partir de lógicas específicos de valor. A los de primer tipo los asociaba (falsamente) al universo, tal y como había hecho en mi tratado de metafísica; “a los segundos, a cualquier actividad realizada por seres humanos.

El planteamiento era, en sí mismo, de una banalidad absoluta, mas fue mi primer paso hacia un entendimiento científico de las cosas. Necesitaba la pureza de su división para identificar la ciencia con el estudio y el trabajo sobre lo posible, por oposición a la metafísica. Fue así, gracias a mis primeras lecturas marxistas (incompletas y superficiales como habían sido) que comencé a intuir que mis pensamientos acerca del mundo sólo habían desembocado en filosofías idealistas, en especulaciones abstractas que combinaban cierta poesía y elegancia estilística con una ignorancia radical. Años después, leyendo las Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis de Freud, me topé con una imagen que el poeta Heinrich Heine dedicó a la figura del filósofo, y que me viene a la cabeza cuando pienso en aquel periodo de mi vida: «Con su gorro de dormir y con los jirones de su camisón parcha las brechas de la estructura del universo»[2]Freud, S. ([1933] 1974). Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis. En Obras completas (traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres). Madrid: Biblioteca Nueva, tomo VIII, pág. 3191.. Ése era yo en mis años de Filología, rumiando el universo desde un rincón solitario de la clase media acomodada, abrazando el infinito para escapar de todos mis miedos, mis contradicciones y mis dudas.

Las mil caras del papel | Vía: Luis S. Villacañas de Castro

Pero intuía que había algo diferente —eso era lo esencial. Aunque fuese durante unos segundos, comprendí que alguien, en el interior de la tradición marxista, había realizado un estudio científico de la sociedad. Perseguí ese hilo. La pena es que para ello acudiera a la última novedad editorial: Imperio, de Antonio Negri y Michael Hardt, la cual —como tantos libros marxistas— contenía una enorme cantidad de metafísica. De hecho, fue esto lo que verdaderamente me fascinó de él, no su componente científico (del que poco había). Lo compré nada más volver de Berlín, en la Feria del Libro de Valencia; en seguida me aficioné a él y lo acabé en pocos días en pocos días. En realidad, no tuve ninguna dificultad para traducir sus tesis a mis propios términos, en cuanto asimilé mi metafísica del infinito al desborde que los autores proyectaban sobre la multitud creativa. Al fin y al cabo, Hardt y Negri habían instalado el infinito en una parte de la sociedad (los trabajadores), en la que confiaban para reventar las costuras de la finitud imperial.

Por desgracia, en vez de alejarme de quien ya era, la lectura de Imperio confirmó mis tendencias internas. Ganó la metafísica; se retiró mi interés por la ciencia. ¡Qué débil había sido! ¡Qué poco había durado, en realidad! Por suerte, un año más tarde retomaría esta inclinación con tanta fuerza que ya no volvería a abandonarme. Antes de ello, sin embargo, mi renovada pasión metafísica me empujó a la obra de Gilles Deleuze, a su ontología posestructuralista de la virtualidad, la diferencia y del azar; a la misma ontología que, en buena medida, había proporcionado la arquitectura al trabajo de Negri y Hardt; la misma que, como es obvio, entendí sin demasiados problemas. Entonces, como un cangrejo, empecé a caminar hacia atrás: pasé del posestructuralismo al estructuralismo, de la posmodernidad a la modernidad; y fue entonces cuando por fin leí La revolución teórica de Marx y Para leer El capital, de Louis Althusser. En ellas encontré otra filosofía marxista. Y gracias a ella, logré entender muchas cosas. Comprendí, por ejemplo, que existía la ideología como algo que debía separarse de la ciencia, y que la filosofía solía caer del lado de la primera. Entendí, también, por qué escribir mi Metafísica del infinito no había sido una proeza, y por qué Imperio y la filosofía de Deleuze habían tenido, para mí, un aire tan familiar. Y es que la misma metafísica atravesaba todas ellas. A pesar de la distancia que las separaba en otros aspectos, el gorro de dormir y los jirones del camisón con las que estos autores habían suturado las estructuras de sus respectivos universos eran los mismos que yo había tomado prestados de la sociedad capitalista, sin entenderla. Se trataba de racionalizaciones diferentes de una misma experiencia.

Pronto logré responder a la pregunta que había dejado desierta: «¿Cómo analizar la crítica del marxismo a la plusvalía desde la óptica del infinito?». Sencillamente, no se podía. Mi Metafísica del infinito era una variante de la mano invisible de Adam Smith. Con esto quiero decir que a ambas las asfixiaba una misma cosmología mercantil, de la que tampoco había escapado una de mis principales inspiraciones: los escritos de Walt Whitman. Al fin y al cabo, aquel tratado de filosofía fue mi manera de fundamentar, desde la metafísica, las experiencias que el mundo capitalista me ofrecía a diario. No es que el capitalismo me hubiese susurrado sus palabras al oído; es que su horizonte era el mío. Con eso bastaba. No tenía otras palabras con las que jugar. No era consciente de mi propia ideología (si siquiera sabía que tuviese una): tan sólo observaba una sociedad cuyas personas, jardines y edificios daban forma al modo de producción capitalista, y organicé con ello, no sin talento, una filosofía primera. No obstante, para comprender, criticar y transformar ese mundo, ni la ontología de Deleuze ni las obras políticas de Hardt y Negri me podían servir. Pues, como yo, esos autores habían hecho uso de los mismos postulados abstractos que cristalizaban en el contacto directo con esa realidad, aunque ahora pretendiesen usarlos contra ella. En cambio, los libros de Althusser dirigían su mirada hacia el componente científico que había en la obra de Marx, precisamente aquél que le permitió extraer de la sociedad capitalista conceptos y estructuras del todo ajenas a las ideologías que la legitimaban. Marx había atravesado el estrato de las experiencias espontáneas (lo que él mismo llamaba las formas fenoménicas); había dado el salto desde la filosofía hasta la ciencia. Cuando llegué a entender esa ruptura, decidí que valía la pena hacerla mía, al menos como ideal.

De la mano de Louis Althusser y de Jacques Lacan, comprendí que el psicoanálisis de Freud (que hacía tiempo que me interesaba) había operado un giro similar en el campo de la psicología. Y poco después empecé a asimilar ambas rupturas revolucionarias con las que Darwin y Einstein lograron en la biología y en la física, con sus teorías de la evolución y la relatividad. De todas estas inquietudes nació mi tesis doctoral. Durante dos años muy intensos, aprendí a mirar la realidad a través de ella.

Referencias   [ + ]

1. Whitman, W. ([1855] 1990). Canto a mí mismo. Paráfrasis de León Felipe. Madrid: Akal, pág. 122.
2. Freud, S. ([1933] 1974). Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis. En Obras completas (traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres). Madrid: Biblioteca Nueva, tomo VIII, pág. 3191.
Luis S. Villacañas de Castro

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