Autobiografía educativa II, 3. Nudo (continuación)

Escritor borracho | Vía: Luis S. Villacañas de Castro
Joven poeta | Vía: Luis S. Villacañas de Castro
1. [Autobiografía educativa, I. Presentación]
2. [Autobiografía educativa, II, 1. Nudo]
3. [Autobiografía educativa, II, 2. Nudo (continuación)]
4. [Autobiografía educativa II, 3. Nudo (continuación)]
5. [Autobiografía educativa III, 1. Desenlace]
6. [Autobiografía educativa, III, 2. Desenlace (continuación)]
7. [Autobiografía educativa, III, 3. Desenlace (continuación)]
8. [Autobiografía educativa IV, 1. Conclusión]
9. [Autobiografía educativa IV, 2. Conclusión]

Conservo una reflexión, escrita a mano, de mi vida como alumno de universidad, testimonio del aislamiento que sumía por igual mis estudios y mis esfuerzos literarios. La encontré el fin de semana pasado, en casa de mis padres, cuando fui a comer con ellos, con mi hija y mi mujer. En un momento de la sobremesa entré en el antiguo dormitorio que abandoné en cuarto de carrera, y en la estantería que todavía hay sobre la mesa hallé un cuaderno apenas escrito, forrado en piel, que contenía la versión final de un poema en inglés, algunos esbozos para un ensayo universitario sobre T.S. Eliot y Antonio Machado (sobre el que volveré), reflexiones sobre mi relación de pareja de entonces y un comentario —que es el que me interesa— acerca de mi propia poesía, al hilo de un poema que había escrito pocos meses antes, después de las vacaciones, y que también reproduzco para facilitar el contexto de mi reflexión. Si los cálculos no me fallan, ambos textos son del curso 2001/2002: mi segundo año de universidad. Tenía veinte años.

Pasos de mujer sobre caparazones de tortugas muertas.
En el bramido del mar adivina un ciego su historia:
sus miembros fueron disueltos, como arcilla, por las olas
(tú y yo también somos arcilla, y más débil;
también nos disuelven rugidos y olas de furia).
El mar paciente ha borrado con esmero
los jeroglíficos que pueblos marinos
grabaron en sus corazas; hoy tienen sólo
una lisura sin historia, como la piel de un niño.
Pero tú les devuelves la sonrisa
al caminar sobre sus tumbas,
tu pie encuentra en ellas el apoyo,
porque no quieres caer (ni yo tampoco,
por eso te persigo e imito tus pisadas)
al agua que se cierne en torno a ellas,
creadora de una falsa juventud,
de un retorno a lo informe.
Mas no tengo tu destreza
de moverme en el abismo, ni tu valentía
de reír entre fronteras. Tus pies sobre las rocas
parecen hojas que se posan sobre el barro
(como tu cuerpo se apretaba contra el mío).
Guardas tanto amor, que besas a las piedras:
las tortugas, que aún sueñan como rocas,
si las pisas, creen tener piernas de mujer.

(Pasos de mujer, octubre de 2001)

En este poema, la mujer protagonista representaba ella misma la poesía, la imaginación y la vida en un mundo amorfo que se caía a pedazos, en el que también se incluía el narrador. Mujer, poesía, vida: una serie de términos que, no por ser lugares comunes en la tradición poética, dejaban de estar activos en mi cabeza, colocados, de hecho, en el centro mismo de mi fantasía creativa. Al actualizarlos me sentía vivo otra vez. Al hilo de este poema, escribí la nota que sigue, de la que rescato sobre todo mi conciencia de la separación de mis ideales de belleza y del resto de mi vida, y de cómo esto revelaba fallas abiertas en mi personalidad que —conforme he dicho— contaminaban mi poesía y comprometían su comunicabilidad:

Pienso que la poesía es meramente imaginación, y la imaginación es, del mismo modo, inteligencia, talento. Es fantasía: es identificar una roca con una tortuga sin miembros, y a uno mismo con esa tortuga sin miembros, porque cuando una mujer te toca imaginas —aunque no sea cierto— que eres alguien, igual que la roca-tortuga imagina, si una mujer camina sobre ella, que tiene piernas de mujer. Es una metáfora bellísima… y sin embargo, cuando la genta la lea, no sé muy bien qué verá. No creo que vea toda la belleza de la metáfora, pues es una doble metáfora. Hago una metáfora de algo que ya es una metáfora. La segunda sólo tiene sentido con la primera, sin la cual no existe. Las rocas no pueden soñar que tienen piernas, pero sí las tortugas (de mujer), y así desarrollo algo maravilloso: las rocas son tortugas y yo me identifico con las tortugas y lo que sienten cuando una mujer camina sobre ellas… pero las tortugas no están ahí.

Yo me parezco a mi propia metáfora. Ésa es la clave. Yo sólo me parezco a mi propia metáfora, no a la realidad. El mundo no es suficiente, ahora, para verme reflejado en él; he necesitado de una distorsión del mundo. No me había dado cuenta de mi tragedia. Vivo ajeno a este mundo, vivo en mi propia metáfora. ¿Eso es locura? Es terrible que sólo haya podido verme en una metáfora del mundo real y no en el mundo real. Yo pertenezco a un mundo en el que las rocas son tortugas cuyos miembros fueron disueltos por las olas, no a este mundo. […] He hecho un doble trabajo: primero he conseguido una metáfora del mundo real y no he dado explicaciones, y después he trabajado sobre él. He destrozado el mundo de un solo trazo, sin explicación —no me merece respecto alguno— y después, en un mundo recreado, he comenzado a hacer poesía.

Escritor borracho | Vía: Luis S. Villacañas de Castro

¿Tragedia? ¿Locura? Ni mucho menos; estos términos son una exageración. De hecho, poco después utilizaría estas mismas ideas para defender, en un texto que he nombrado y que acabaría convirtiéndose en un ensayo para la universidad, que la deformación previa del mundo que me atribuía era, en realidad, un gesto característico de la modernidad poética. Empleaba esta tesis para justificar la caracterización tan diferente que T. S. Eliot y Machado hacían de la naturaleza: las metáforas del segundo todavía se relacionaban con ella de manera reconocible (A un olmo seco, A Jose María Palacio, etc.), mientras que la poesía del primero ya había desarmado por completo su anclaje con la vida natural. Ahora bien, más allá de la verosimilitud de esta idea, lo importante es que, al utilizar una reflexión surgida de mi propia experiencia poética para iluminar la obra de dos autores extraordinarios, yo mismo me colocaba en el centro de la tradición literaria. Sin duda, esto tiene poco que ver con creerme un loco o vivir en la tragedia.

Realmente, si tuviera que resumir, en términos sencillos, la preocupación de la que esta reflexión ansiosa y juvenil formaba parte, diría que yo era entonces consciente de que sólo conseguía trabajar a gusto en aquello sobre lo que podía fantasear. No podía relacionarme exclusivamente con la realidad y estar, a la vez, plenamente comprometido con ella; lo que hacía debía comprometerme, también, con mi fantasía. El problema es que, cuando esto sucedía (bien porque fabricaba un contexto adecuado, bien porque —en medio de uno que no lo era¬— me tomaba demasiada libertad), la fantasía y su correspondiente alegría asomaban de forma tan virulenta que no conseguía moderar su presencia. Todo acababa contaminado por ellas. En la medida en que conectaba con mi fantasía, yo era capaz de apropiarme con pasión de la realidad: podía aprender todo lo que tuviese que ser aprendido, trabajar horas y horas, ponerme al día en cualquier materia. Pero sólo a cambio de que la fantasía se apropiase de mí. De ahí que mi trabajo causase tantas veces extrañeza o incomodidad; pues mi esfuerzo y la calidad de lo que hacía eran tan evidentes a los ojos de otros como opacos eran los verdaderos motivos que ejercían como motor de mi actividad.

Y el problema es que no era ambición lo que me movía, un motivo electivamente más afín al sentido común de la época y de la vida en la universidad. Frente a los caracteres ambiciosos, yo siempre mantenía algo de pueril inocencia que podía resultar desconcertante. De hecho, en cuanto fui capaz de añadir ciertos estratos de ironía sobre las manifestaciones de mi personalidad (una capacidad que apoyaba en un denso sentimiento de fracaso), entonces me volví por entero incomprensible a muchos de los que trataban conmigo. ¿Qué quiere Luis en realidad? Nunca se me hizo esta pregunta abiertamente, pero estoy seguro de que muchas veces la respondieron por mí sin consultar. Siempre se equivocaron. No les culpo, claro está. En el caso de que me la hubieran formulado, no puedo asegurar que hubiese sido capaz de responderla (ya he dicho que la índole de mi fantasía era un misterio incluso para mí); y en el improbable azar de que hubiese logrado anudar una explicación que poseyera la mitad de orden y claridad que contiene este texto, tengo la impresión de que a mis interlocutores no les hubiese interesado escucharlo.

Sospecho que la dificultad de desentrañar mis verdaderas motivaciones fue la causa principal de que me costase tanto esfuerzo elaborar relaciones de confianza en el seno de la universidad, o de que éstas se revelasen siempre tan precarias. Un ejemplo: a pesar de mis excelentes calificaciones, al terminar la carrera encontré pocos profesores dispuestos a apoyarme durante mi transición hacia la formación doctoral, y ninguno de ellos en itinerarios que me interesaran. En aquellos momentos me planteé otras opciones, incluida la realización de un programa de doctorado en una universidad norteamericana, una idea que acabó por frustrarse pocos meses antes de dar el paso, por una cuestión personal. Al final permanecí en mi ciudad, aunque en una facultad diferente. Por suerte, el mismo repositorio de pasión que abastecían los meandros internos de mi fantasía me permitió entonces saltar de una disciplina a otra, cuando terminé mis estudios de filología inglesa y gané una beca para realizar mis estudios de doctorado en Filosofía; y también lo haría cuando, ya Doctor y estando en el paro, conseguí una plaza de profesor en el departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura, en el que ahora trabajo. Pues mi trayectoria académica no ha sido ortodoxa, no ha sido la línea recta que delata que alguien deposita en ti apoyo y confianza. Sin una dosis significativa de suerte, no habría alcanzado un puesto en la universidad. Cada uno de estos cambios —de la filología a la filosofía, y de la filosofía a las ciencias de la educación— requirió de mí una transición y una puesta al día que tuve que completar en un tiempo acotado, si es que no quería perder opciones de seguir promocionando en mi carrera. Entonces, la certeza de que yo era capaz de producir cosas de valor me aportó el tesón necesario para abrirme paso.

Rey Loco | Vía: Luis S. Villacañas de Castro

Empero, con el transcurso de los años he comprendido que la misma fuente de energía que me ayudó a afrontar las demandas de una realidad universitaria cambiante me impidió, a su vez, hacer contribuciones excelentes a los campos por los que iba pasando. Durante estas transiciones se acabó desplegando la misma dialéctica de virtud y enfermedad que se ha convertido en la constante narrativa de este relato. Mi fantasía me servía como un buen ariete cuando había puertas que derribar pero, una vez me hallaba dentro, ella misma se convertía en un obstáculo para que yo me acomodara a los modos y convenciones de la nueva realidad. Aunque ya hubiese accedido al interior, mi fantasía me obligaba todavía a derribar puertas, lo cual se manifestaba no sólo en un estilo de escritura arrojado (a veces temerario) sino en mi incontenible tendencia a buscar ideas novedosas sobre los campos a los que apenas acababa de llegar. Lo bueno era que las encontraba; lo malo, que carecía de los conocimientos suficientes para justificarlas con la solvencia que requerían para ser tomadas en cuenta. Puesto que siempre era un recién llegado a una disciplina en la que, por otra parte, debía obtener resultados, no contaba con el margen que hubiese necesitado para adquirir ese saber. Así sucedió con mi tesis de doctorado, cuya hipótesis (a pesar de mi ingente volumen de lecturas) sólo podría haber desplegado de forma eficaz después de muchos años de estudio, no durante los dos últimos de mi beca doctoral. Este trabajo pretendía nada más y nada menos que presentar una hipótesis novedosa acerca de la generación de teorías radicalmente novedosas en el campo del saber. Sólo mi fantasía podía convertir la novedad en algo redundante.

A diferencia de lo que me sucedió en la adolescencia, hoy sé que jamás llegaré a hacer una contribución que esté a la altura de mi fantasía. Entre otras cosas, esta autobiografía educativa es también la peripecia de un fracaso, el fracaso de unas expectativas artísticas inmensas que no fueron satisfechas —ni con la gota más minúscula— ni tampoco compensadas por los frutos del mundo universitario, de naturaleza radicalmente diferente. Esto será una fuente de decepción mientras viva. No estoy en condiciones de asegurar que algún día vaya a hacer una aportación de valor verdadero, que despierte la admiración de mis pares, pero tampoco puedo asegurar que no vaya a hacerlo. Lo que sí puedo afirmar es que sólo ahora, por razones de índole profesional y personal, estoy en condiciones de saberlo. Sólo ahora, cuando mi fantasía no me esclaviza bajo los ropajes del conservadurismo o la vanidad, puedo intervenir en el mundo con moderada inteligencia. Habrá quien piense (a veces yo mismo lo hago) que, de haber permanecido más fiel a mi fantasía original, hubiese llegado a escribir mejor, cosas más bellas e intensas. Habrá quien opine que, con los mimbres de mi carácter, la creación estética hubiese sido una vía más razonable que la docencia y la investigación en la universidad. No lo creo, aunque tampoco puedo negarlo. Sea o no sea verdad, lo que está claro es que mi posición en el mundo era insostenible: agotadora, solitaria, conservadora.

Y aun así —insisto—, aunque todo ello fuese cierto, aunque hubiese sido mejor escritor que universitario, mejor artista que hombre de ciencia, creo que en el intervalo he logrado experimentar algo todavía más importante que toda la vanidad que acaso podría haber satisfecho en el mundo literario: la experiencia de cambiar. De transformarme. En el espacio de diez años. Un cambio que, a pesar de todo, respetó el núcleo central de mi personalidad, aquél que decía que valía la pena escribir antes de no hacerlo, hablar antes que callar; dibujar, pensar, crear, antes que todos sus contrarios. Éste ha sido el esqueleto sobre el que mi cuerpo ha ido mudando. Y lo ha sido, entre otras cosas, porque coincidió con la única norma ética de un contexto que me acompañó durante parte de este proceso —el psicoanálisis—, que, en realidad, dispone de una sola regla: hay que hablar.

Luis S. Villacañas de Castro

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