Autobiografía educativa, II, 2. Nudo (continuación)

Poeta rollizo | Vía: Luis S. Villacañas de Castro
Extraña flor | Vía: Luis S. Villacañas de Castro
1. [Autobiografía educativa, I. Presentación]
2. [Autobiografía educativa, II, 1. Nudo]
3. [Autobiografía educativa, II, 2. Nudo (continuación)]

No es casualidad que el anterior episodio de esta autobiografía educativa adoptara un tono reflexivo y conceptual en vez de uno narrativo, más vivaz y agradable a la lectura. Cuanto más alejados del presente están los hechos que uno relata, más debe confiarse quien escribe a las hipótesis y las especulaciones, las cuales, a su vez, no pueden sino exponerse en un orden lógico y conceptual, ante el riesgo de resultar ininteligibles. A falta de recuerdos, este recurso es inevitable. Lo que no parece tan inevitable es que el narrador trate de dar la impresión de que los hechos se desarrollaron de acuerdo a este guión conceptual. De entrada, quisiera rebajar esta impresión, en el caso de que en algún momento la diera. Los fenómenos que describí en el anterior episodio no se desarrollaron bruscamente, de un día para otro, ni siquiera de un curso para otro; más bien, formaron parte de una tendencia educativa que fue dejando su marca progresivamente en los equilibrios de mi personalidad hasta inscribirse, poco a poco y de forma contradictoria, en mi manera de entender y vivir mi propia vida.

Tras una primera etapa en la que mi educación y mis ideales de belleza caminaron de la mano, parece claro que marcas e inscripciones nuevas acabaron concretándose en torno a la gradual pero inflexible desconexión entre las tareas escolares y aquéllas en las que me embarcaba con fruición los viernes por la tarde, en el espacio privado de mi habitación, cuando la semana hábil ya había terminado. Desdoblé, como he dicho, una vida académica paralela en la que perseguía todos aquellos sueños que no cabían en mi educación formal. De aquellas tardes, recuerdo sobre todo una sensación de felicidad plena y eterna, como si el horizonte se abriese al traspasar el umbral de mi puerta y me encontrase, de pronto, ante un nuevo país. Hoy sé que aquella emoción, tan intensa como era, tenía menos de novedad que de retorno, menos de creación de un tiempo insólito que de regreso a uno en el que todavía no existía la fricción entre mis obligaciones escolares y el libre desarrollo de aquello que consideraba más valioso de mi personalidad.

Resulta fácil asociar este esquema a la figura de Kafka, a la de un individuo cuya existencia sólo cobraba verdadero sentido en aquello que hacía aislado de los otros; en su caso, cuando escribía por la noche, tan alejado de su oficina de seguros como de su familia (aunque ésta durmiese en la habitación de al lado). No obstante, en relación a los problemas que deseo tratar en este episodio, resulta más revelador traer a colación las ideas de Dewey, quien tantas veces anotó, con precisión de cirujano, que el proceso por el cual los ideales de belleza e imaginación se aíslan de la realidad social y educativa acarrea, precisamente, que la propia belleza e imaginación se perviertan, se vuelvan grotescas, se hagan indistinguibles de fantasías oníricas y pierdan buena parte de su sentido comunicable. Así sucedió también conmigo, con mis trabajos, ante la dificultad de compartirlos con mis semejantes en el seno de una institución. De nada sirvió, entonces, que cursase estudios de Filología Inglesa, pues, excepto por algunas asignaturas sueltas, en las que pude escribir sobre Shakespeare, Beckett, Whitman, Faulkner, Woolf o los románticos ingleses, la licenciatura sólo demandó de mí que depurase mi nivel de inglés y memorizase datos acerca de periodos históricos y tendencias literarias. Jamás se nos pidió que creásemos belleza, que demostrásemos inteligencia, que hiciésemos algo de lo que pudiésemos estar orgullosos (el orgullo era —si acaso— algo que podríamos sentir hacia nuestra calificación). Jamás se nos dio la oportunidad de poner sobre la mesa nuestros criterios estéticos, políticos, sociales, para compararlos, explorar su interconexión y quién sabe si llegar a criticarlos. En otras palabras: excepto a través de las lecturas, no se tuvo nunca la pretensión de educarnos.

Poeta rollizo | Vía: Luis S. Villacañas de Castro

Nada impedía, en principio, esta posibilidad; nada, excepto una cultura educativa tradicional y libresca en medio de un mundo que ya no lo era (y que lo es aún menos hoy). De mis profesores había poco que esperar: todos daban clase de la misma manera; la única diferencia estaba entre los que eran carismáticos y los que no. A mis compañeros de promoción, por otra parte, no llegué a conocerlos demasiado, menos todavía a algunos con quien pudiese compartir afanes literarios. Las pocas veces que asistí a alguna lectura de poemas, me vi rodeado de gente en la que me reconocía lo suficiente como para sentir que no quería parecerme aún más a ella. Era demasiado tarde para ellos; ya no me esforcé por participar en sus cenáculos. Por contrapartida, de acuerdo con la advertencia de Dewey, mis esfuerzos literarios se deslizaron progresivamente hacia un mundo onírico a través de una pendiente pronunciada, a causa de esta desconexión. Así lo delata el título mismo de la novela que escribí en aquella época, Valentín en sueño. Me levantaba a las seis de la mañana para acabar cuanto antes los trabajos de la universidad y poder dedicarme, después, a una novela que me resultaría imposible publicar.

Esta última frase resume bastante bien los problemas asociados a mi personalidad a la edad de veinte años. No sólo creé una separación entre la creación y el resto de mi vida, sino que esta lejanía afectó mi creación de forma negativa. En el próximo episodio tendremos ocasión de comprobar qué tipo de ansiedad me generó esta circunstancia a través de un texto que escribí en aquellos años. El problema residía en que yo, que jamás sufrí una experiencia de alienación interna como la de Kafka, objetivamente fui un joven más marginal. En contra de una visión extendida sobre la vida del escritor checo, una de las perspectivas novedosas que ha traído consigo la nueva biografía de Stach es que, por muy agudo y doloroso que fuera su sentimiento de no pertenencia, Kafka accedió a las diversas esferas de acción que le ofrecía la Praga de su época, entre ellas la de la elaboración estética; primero, a través de asociaciones estudiantiles universitarias; después, de los pequeños cenáculos de literatos que se reunían en diferentes cafés; finalmente, a través del mundo editorial. Contaba, como es sabido, con un selecto grupo de amigos literatos, entre los que destacaba Max Brod por su efusividad. Tal vez fuese demasiado tímido y de una rigidez psíquica atormentada, pero Kafka se hallaba bien integrado en su sociedad más allá de las peculiaridades de su carácter. Por lo demás, era un individuo valorado, tanto en su círculo de amigos como en su trabajo —excepto por su familia, claro. No era un ser marginal excepto en el interior de su casa, donde —según sus propias palabras— «vivo sintiéndome más ajeno que un extraño»[1]Carta a Carl Bauer del 28 de agosto de 1913, citada en Stach, R. ([2008] 2016). Kafka. Los primeros años. Los años de decisiones (I). Traducción de Carlos Fortea. Madrid: Acantilado, pág. 1036..

Pero mi situación era exactamente la contraria. Como dije en el capítulo anterior, de mi familia obtuve un sentimiento de aplomo y seguridad hacia la expresión artística del que Kafka jamás pudo gozar, mas esta seguridad me llevó, como contrapeso, a subestimar y aislarme del mundo que había fuera de ella. A la edad de veinte años mis fantasías creativas seguían vinculadas al contexto familiar, sobreprotegidas e infantilizadas, y el hecho de que mi madre fuera profesora de instituto y mi padre, un respetado catedrático de universidad, me convenció, durante mucho tiempo, de que su criterio bastaba, de que era el único que necesitaba para seguir creciendo como escritor. Sus ojos eran los primeros en leer lo que inventaba; los únicos, en la mayoría de los casos.

Además de razones que hunden sus raíces en mi vida familiar, hay otras de carácter institucional que también explican el aislamiento al que mis esfuerzos estéticos estaban condenados. A diferencia de Kafka, yo accedí a una universidad de masas, una en la que todavía no se habían instaurado ni el creciente encarecimiento de las tasas académicas (con la estratificación que eso ha traído consigo) ni los nuevos planes de estudios que lo acompañaron, todo ello en los últimos diez años. Se han creado itinerarios muy rígidos para los alumnos, con muy pocas asignaturas en régimen de optatitividad, haciendo de la estructura de estos estudios una continuación de la enseñanza secundaria. Por el contrario, la universidad que yo recuerdo era más flexible, variada y democrática (veía caras nuevas en cada asignatura), aunque —por contrapartida— también era muy anónima e impersonal. Unos a otros, los alumnos no sabíamos cómo hacernos notar. En una sociedad tan estratificada como la de Kafka, quien llegaba a la universidad sabía a qué puertas llamar para disfrutar en ella de un sentimiento de pertenencia, construido sobre claras señas identitarias. Había organizaciones para alumnos judíos, nacionalistas checos, amantes de las letras (como el Aula de Lectura y Oratoria a la que asistía Kafka), etc. Salvando algunas asociaciones de tipo político, esta variedad no existía en mi facultad, por lo que los alumnos debíamos conocernos directamente en las aulas.

Fantasía de niño | Vía: Luis S. Villacañas de Castro

En estas últimas, sin embargo, un factor pedagógico reforzaba nuestro aislamiento: las formas anodinas y pasivas de enseñanza. Aunque los estudiantes acabásemos generando un pequeño grupo de amigos, nuestra vida social se manifestaba siempre al margen de las asignaturas, no dentro de ellas. Su centro neurálgico no eran las clases (no era allí donde nuestra amistad nacía o se desplegaba) sino lo que ocurría fuera de ellas. Durante las lecciones no acontecía ningún intercambio social genuino, en el que alumnos y profesores pudiésemos trabajar juntos y a la vez disciplinar nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Puesto que las clases magistrales estaban colonizadas por la rigidez de un profesor que transmitía y estudiantes que copiaban, puesto que no había creatividad, imaginación o belleza en ellas (al menos unas que fuesen nuestras), a los alumnos nos unía sólo lo que pasaba en los descansos, en las fiestas, en el bar. ¿Cómo íbamos a valorar a quienes nos acompañaban en las clases, si generalmente odiábamos lo que ahí pasaba? Así que nos acababa uniendo el amor, la juventud de nuestros cuerpos, el ocio (las drogas, a algunos), la admiración o burlas dirigidas hacia un profesor particular… pero nunca la pasión por el lenguaje o la literatura. Estas pasiones eran nuestras, nos pertenecían (de lo contrario no hubiésemos estudiado esta licenciatura) pero, en la medida en que en las clases no hacíamos nada que valiese la pena, resultaba imposible convertir estos intereses académicos en un terreno fértil sobre el que construir nuestra vida social. Del mismo modo que olvidábamos pronto lo que éramos capaces de memorizar para un examen, tendíamos a olvidar los rostros de quienes nos acompañaron durante horas y horas, mientras tomábamos notas. Apenas conservo amigos y amigas de aquella época.

Algunas cosas han cambiado (muchas de ellas para mal) pero, aún hoy, mi universidad no ha sido capaz de realizar esa comunidad tantas veces soñada, cuyo fundamento fuese el libre uso de la inteligencia, de la imaginación y del resto de facultades académicas. Todo individuo debería tener la oportunidad de sentirse parte de una comunidad como ésa, independientemente de su cultura, de su riqueza o pobreza, de su edad, belleza o personalidad; con independencia, incluso, de su propia inteligencia y del uso que hiciera de esas facultades académicas. Mientras las mostrase, debería ser valorado por ellas, porque un acto de inteligencia siempre es promesa de que vendrán más. De hecho, diseñar contextos en los que esta comunidad fuese posible (y no un terreno vedado a su ideal) debería ser el principal cometido del profesorado universitario; pues ¿dónde, sino en las aulas, debería concretarse esa comunidad? Cuando nada de esto ocurre, la universidad se convierte en una institución sin sentido que genera todo tipo de incomprensiones, frustraciones y espejismos.

Acabaré con uno de ellos. Hace unos meses observé un alumno que deambulaba por un pasillo solitario de mi departamento, donde se encuentran los despachos, también el mío. Este estudiante no me conocía y nunca llegó a saber que era un profesor quien le miraba. Cuando nuestros pasos se cruzaron, pude escuchar cómo repetía para sí el nombre y apellidos de los profesores delante de cuyas oficinas pasaba. Intentaba memorizarlos. Vagaba, como un alma en pena, aprendiéndose los nombres, apellidos y número de despacho de quienes allí trabajábamos. Sin duda, era su forma privada de acercarse a una realidad que le era completamente desconocida y, por eso mismo, inalcanzable. Mediante este pequeño ritual, el alumno activaba una conexión mágica con un mundo en el que deseaba participar pero no sabía cómo. Desde la distancia le dije: «¿Buscas a alguien?». Contestó que no, pues no era real aquello que buscaba. Cuando entré en mi oficina, me quedé pensando que no podíamos permitirnos este desperdicio de juventud, este desperdicio de energías —al fin y al cabo, de vida—, en mi institución o en mi sociedad. Independientemente de las tensiones psíquicas a las que estaba sometido este individuo, no cabe duda de que su comportamiento delataba una verdad sobre mi universidad, a saber: que cada vez resulta más difícil generar una vida social saludable dentro de ella. Estamos construyendo una institución repleta de profesores y alumnos neuróticos que no consiguen sacarse de sus respectivas fantasías los unos a los otros (fantasías que son, en muchas ocasiones, también sobre los otros) para hacer, por fin, algo juntos por el bien de esta sociedad.

No he vuelto a ver a ese alumno pero —como se puede apreciar— en él he seguido pensando. A veces he bromeado, conmigo mismo, de que se trataba de un fantasma del pasado.

Referencias   [ + ]

1. Carta a Carl Bauer del 28 de agosto de 1913, citada en Stach, R. ([2008] 2016). Kafka. Los primeros años. Los años de decisiones (I). Traducción de Carlos Fortea. Madrid: Acantilado, pág. 1036.
Luis S. Villacañas de Castro

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