Autobiografía educativa, I. Presentación

Franz Kafka (shown here circa 1905) is considered one of the 20th century's most influential writers. Before his death in 1924, he had published only short stories and a single novella, The Metamorphosis.
Franz Kafka (shown here circa 1905).
1. [Autobiografía educativa, I. Presentación]
2. [Autobiografía educativa, II, 1. Nudo]
3. [Autobiografía educativa, II, 2. Nudo (continuación)]
4. [Autobiografía educativa II, 3. Nudo (continuación)]
5. [Autobiografía educativa III, 1. Desenlace]
6. [Autobiografía educativa, III, 2. Desenlace (continuación)]
7. [Autobiografía educativa, III, 3. Desenlace (continuación)]

Es sabido que Kafka inició más de cinco veces su propia autobiografía educativa, que nunca terminó. La versión más larga alcanzó la nada despreciable longitud de cinco páginas, que es más de lo que pretendo lograr con este trabajo. En cualquier caso, uno de los párrafos más interesantes de la versión más elaborada de su obra es aquél en el que Kafka empieza a nombrar a todas las personas a las que hace responsables de la penosa educación que recibió, así como de sus terribles consecuencias. Incluye a sus padres, los primeros; a sus criadas y cuidadoras, por supuesto, y también a algunos maestros… pero después añade a gente cualquiera con la que se topó por la calle, personas que en principio carecían de un perfil educativo en sentido estricto, con lo cual su lista (y su autobiografía educativa) amenazan con prolongarse hasta el infinito:

Pienso en ello muchas veces y dejo libre curso a mis pensamientos, sin entrometerme, y, por más vueltas que le dé, siempre llego a la conclusión de que mi educación me ha hecho un daño terrible en no pocos sentidos. Hay en esta constatación un reproche que se dirige contra mucha gente. Están mis padres, con los parientes, una cocinera muy concreta, mis profesores, algunos escritores, familias amigas, un bañero, paisanos en los lugares de veraneo, algunas señoras del parque municipal de las que nadie se imaginaría jamás algo así, un peluquero, una mendiga, un timonel, el médico de cabecera y otros muchos, y serían aún más si yo quisiera y pudiera designarlos a todos por su nombre; en resumen, son tantos que, entre el montón, he de tener cuidado de no nombrar dos veces a alguno. [1] Stach, R. ([2008] 2016). Kafka. Los primeros años. Los años de decisiones (I). (p. 118). Traducción de Carlos Fortea. Madrid: Acantilado.

¿Afirmaba Kafka, en este fragmento, que la educación es un proyecto integral de toda la sociedad, uno del que nadie puede desmarcarse, ignorar y dejar de ser responsable? Podría ser. Al fin y al cabo, mi pregunta contiene una verdad teórica, aquélla que ha popularizado la idea de que «para educar al niño se requiere el esfuerzo de la tribu entera». Pero el pensamiento de Kafka no parece avanzar por ahí. Más bien, su lista señala a todos aquéllos que le causaron la experiencia de humillación que acabó configurando la constante de su vida, su espina dorsal existencial, podríamos decir; la misma que se impuso en su obra de ficción.

Creo que a partir de su fragmento podemos entender mejor en qué consiste una autobiografía educativa. A mi modo de ver, la componen aquellos momentos que fueron educativos en la medida en que nos enseñaron qué es la vida (o al menos qué iba a ser para nosotros) y el lugar de la educación dentro de ella. Por eso dichos momentos se recuerdan en el momento de la escritura. Como se aprecia en el extracto anterior, Kafka pudo trazar una línea recta entre experiencias de casa, del colegio y más allá; de ahí que los sucesos escolares acabasen siendo educativos en un sentido autobiográfico, y no los olvidase como algo ajeno a las experiencias fundamentales de la vida adulta. Esta última no contradijo sus primeras experiencias escolares. Sus padres, profesores, la cocinera, el peluquero, la mendiga, el timonel… todos estuvieron de acuerdo.

Lo mismo trataré de hacer yo en esta obra. A través de breves capítulos que iré compartiendo por este medio, reflexionaré sobre experiencias cuyo origen tal vez estuviera en un contexto de educación formal (escolar o universitario) pero que afectaron mi actitud ante la vida y, por lo tanto, mi vida entera; o bien, sucesos que ocurrieron fuera de la institución escolar pero que determinaron fuertemente mi paso por ella. Sea como sea, lo que me interesa es la interacción constante entre dos niveles que, en mi caso (como en el de Kafka), se han mantenido separados con mucha dificultad. Como él, yo también siento que me he pasado la vida estudiando. Además, soy hijo de profesores; la una me dio clases en secundaria y el otro me ha acompañado en mis reflexiones académicas desde que era adolescente, de una manera u otra. También conservo muy buenos amigos de mi etapa escolar. Y tras acabar la licenciatura y el doctorado, ahora trabajo como profesor de profesores en una institución universitaria, con alumnos que serán en el futuro maestros de educación primaria y secundaria… Por todo ello, me resulta complicado desentrañar lo estrictamente educativo de lo vital.

John Dewey | Vía: JohnDewey.net

Curiosamente, por mis lecturas pedagógicas he podido constatar que este solapamiento era un vínculo necesario para John Dewey, uno de los pedagogos más relevantes del siglo XX. Para él, la verdadera educación participaba del torrente de la vida, y toda experiencia vital era necesariamente educativa. Cualquier actividad que el maestro diseñara para sus clases llevaba implícita, por lo tanto, una propuesta concreta de vida y de sociedad. (¿A qué proyecto de vida se vincula tu propuesta? ¿Qué vida deseas en el fondo para tus alumnos? Si la vida consistiese por entero en desarrollar estas tareas que propones, ¿valdría la pena vivirla?… El profesorado debía hacerse estas preguntas y responderlas con sinceridad.) Desde el punto de vista de Dewey, la educación y la vida eran deseables cuando se vinculaban a los modos de una sociedad democrática. Vida era, para él, lo que sucedía cuando personas con visiones parciales y motivaciones diferentes trabajaban de forma consciente por el bien común, haciendo uso del lenguaje y de la deliberación. A la vez que mejoraban su conocimiento y dominio del entorno, ampliaban la intensidad y profundidad de sus experiencias. La educación en las escuelas sería verdadera sólo si conseguía integrar en sus lógicas un mínimo de este tipo de vida social.

¿Aprenderán los niños de esta manera? Sin duda, pero vivirán sobre todo, y aprenderán a través y en relación a esta vida. [2] Dewey, J. ([1915] 2001), The School and Society & The child and the curriculum. (p. 25). Nueva York: Dover.

Por eso sus libros hablan de escuelas con talleres, laboratorios, museos y bibliotecas; con niños que entran y salen del colegio pero que nunca se encierran en sus libros para ponerse al margen del mundo y de la reconstrucción de la sociedad. Donde Kafka habla de aulas con chiquillos ateridos que anotan un discurso incomprensible, Dewey reflexiona sobre cuadros que unos niños han hecho de un bosque cercano, donde han ido a dibujar. Donde Kafka habla de un padre autoritario al que le obsesiona su negocio y el escalafón social, Dewey imagina casas donde padres e hijos colaboran, relajados, en el mantenimiento del hogar. Difícilmente puede haber mundos más distintos. En mi mente, el uno se vincula a la salud y el otro a la enfermedad. Dewey es luz; Kafka, oscuridad. Y sin duda es una muestra del aciago y confuso presente en que vivimos que el tipo de experiencias alienantes que Kafka menta en sus escritos se parezca más a la realidad de muchas de nuestras escuelas que las propuestas de Dewey. Y lo mismo ocurre con nuestra sociedad.

El lector quizá se esté preguntando por qué dedico tanta atención a dos autores en el primer capítulo de mi autobiografía educativa. Trataré de justificarme. Entre los sucesos que me han impulsado a escribirla, los hay más fundamentales y más peregrinos; entre estos últimos se encuentra la lectura paralela de la biografía definitiva de Kafka, escrita por Reiner Stach, y algunos de los libros y panfletos que John Dewey dedicó a la educación. Ambos autores compusieron sus mejores obras durante los primeros años del siglo XX, y ambos refuerzan —cada uno a su manera— la indisoluble unidad entre la vida y la educación. Pero son la noche y el día. En cierto modo, el choque entre estas dos cosmovisiones radicalmente diferentes ha generado la energía que necesitaba para iluminar mi trayectoria. Ahora bien —parafraseando el caso de aquel monje que soñó que era una mariposa y ya nunca pudo desprenderse de la duda de si acaso era una mariposa que soñaba que era un monje— en estos momentos yo no sé si mi autobiografía educativa estará más cercana del mundo de Dewey o del de Kafka. No sé si soy un pequeño Kafka que sueña que es John Dewey, o un pequeño Dewey que sueña que es Franz Kafka.

Como he dicho, a los treinta y cinco años de edad me resulta imposible imaginar que mi autobiografía pudiese ser algo diferente a una autobiografía educativa. Sin embargo, también tengo la sensación de que, si la inicio ahora, esto se debe a que es ahora cuando verdaderamente existen otras vidas que me importan más que la mía. Igual que los pensamientos de otros, ellas también me permiten ver con claridad. He hablado de motivos peregrinos y fundamentales para empezar este trabajo; sin duda entre los segundos se encuentra el que sea padre de una niña de año y medio, una niña de cuya sonrisa mi mujer y yo queremos estar a la altura, para lograr que tenga una vida feliz, interesante y segura. A esto cabe añadir, finalmente, el que sea profesor, que el pensamiento acerca de la educación me haya alcanzado desde el otro extremo, desde el punto de vista de aquél de quien depende la experiencia que decenas de veinteañeros tengan unas horas a la semana, durante algunos meses, durante uno de los periodos más bellos de su vida. No es poca cosa. Todos estos motivos me han llevado a hacer algo que, tal vez, no debería, como es levantarme de madrugada (cuando todavía duermen mi mujer y mi hija) y fabricar un tiempo que no existe para experimentar con la escritura. Durante un periodo indeterminado voy a distanciarme un poco del trabajo puramente académico al que debo mi sustento para pensar, un poco más, en el vínculo que une mi educación y mi vida.

Pero me temo que la unidad de estas esferas también acompañará la redacción de estas páginas. Yo seré mi propio objeto de estudio, pero no serán míos los instrumentos que utilice para analizarme: incluiré ideas de otros, palabras de otros, bibliografía. E igual que mis lecturas sobre educación habrán de dignificar estas reflexiones, espero que este ejercicio enriquezca mi entendimiento del fenómeno educativo y me ayude a ser mejor padre y profesor.

Referencias   [ + ]

1. Stach, R. ([2008] 2016). Kafka. Los primeros años. Los años de decisiones (I). (p. 118). Traducción de Carlos Fortea. Madrid: Acantilado.
2. Dewey, J. ([1915] 2001), The School and Society & The child and the curriculum. (p. 25). Nueva York: Dover.
Luis S. Villacañas de Castro

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