El autor sigue con atento pormenor ese camino, esa vía recorrida por el propio Rilke, en la que fue de no poca importancia el encuentro con un músico, con Ferruccio Busoni. Le llega antes que nada con su pensamiento, con sus palabras. Sobre todo cuando Busoni señala que la música es la mediadora entre el tiempo y el no-tiempo, la eternidad. Como que gracias a eso el poeta puede reconocer lo angélico de la música y, por lo tanto, lo que hay de elevado y de abismático en la misma, es decir, de mostración de lo bello y de insinuación de lo horrendo.

El pensamiento de Hannah Arendt es la huella que su pensamiento deja cuando le excluimos el concepto mejor. Se nos escapa si poseemos su más perfecta imagen, lo hace precisamente porque la tenemos. Así que es verdad que se separó, y mucho, de San Agustín, incluso de un modo llamativo para una simple tesis doctoral. Lo que Antonio Campillo va a demostrar de modo ejemplar es que ella se separaba así de sí misma, y lo hacía tanto como para no hallar jamás por completo el camino de vuelta. Porque la pasión es sin mundo, y los amantes no hablan de verdad sino que hacen verdad poéticamente.

Pero es que este librito encantador relata un preludio de la gran historia a la que nos referimos. Me refiero al viaje que realizaron en julio de 1814 Mary Shelley, con sólo dieciséis años, hija de la filósofa Mary Wollstonecraft, que murió en el parto de la niña, y del gurú del anarquismo Wiliam Godwin. Su acompañante es un joven poeta Percy Bysshe Shelley, que está a punto de cumplir veinticuatro, y la hermanastra de la primera, Claire Clairmont, que será a su vez amante de Lord Byron. Percy y Mary han iniciado un romance bastante escandaloso en Inglaterra, ya que el poeta está casado. Y todo este viaje es una especie de fuga y de reto hacia la buena sociedad de la isla que han dejado atrás.