Amor de verano

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A veces te recordaba como quería y otras como simplemente eras, pero aquella noche de agosto te pensé allí, en aquel verano de Cataluña, cuando aún no sabíamos que íbamos a querernos. En aquel entonces las ciudades todavía se vestían en incendios de lazos amarillos, que ataban las aceras, las ventanas y los rincones de las calles. A nosotros nos crecían invisibles nuestros propios lazos, mientras subíamos cada tarde por el empedrado de piedra que daba al Montgrí.

Estar contigo se me hacía entonces tan raro como ver las señales de nieve de la carretera en verano. Pero tú te tumbabas en la hierba y me chocabas en tus manos. Y me hablabas de Milán, de Venecia y Nueva York, de lo grande que era el mundo y multiplicabas tus planes por dos, aunque sabíamos que quizás ninguno estaría allí mañana.

Vivíamos en la certeza de una duda infinita. Siempre esperando ese algo que los dos queríamos, pero que ninguno se atrevía a nombrar. Fue en aquel verano de Cataluña cuando aprendí a querer por primera vez en silencio, como si supiera que nuestra historia no podía empezar porque nunca podría acabar bien.

En noches como estas, cuando tú y yo estábamos despiertos mientras el mundo dormía, me acuerdo de ti, en Sant Magí. Recuerdo tu boca y la mía. Y cómo se secó cuando intenté decírtelo, cuando intenté besarte atrapados entre las fiestas, el tumulto, la plaza y la gente.

Aquel fue el último día que te vi y mientras me abrazabas supe que algo había cambiado entre nosotros para siempre. Te vi perderte entre el túnel de escaleras y quizás tú también lo sabías, que nos acabaríamos perdiendo, porque tú de mí siempre lo sabías todo. Te conté cada minuto que pasaba y durante tres meses fuiste un mundo entero, que yo ya daba por olvidado.

Ahora bajo sola al que era nuestro jardín, a ese trozo de césped que quiere seguir creciendo detrás de la catedral, y paso las horas arrancando la hierba como para intentar recordarte. Tiro de cada una de las agujas de la hoja hasta que se me quedan verdes los dedos, casi como los tuyos cuando aún no se había escapado el verano.

Yo sabía que te acabarías marchando, pero en aquellos días que pasábamos juntos era difícil creérselo. Tumbados en la piedra que crecía llana junto al lago, mientras nos salpicaban las olas que se crecían entre las motos de agua y nos contábamos todo lo que nunca se dice, se me olvidó que no podía quererte. Y te dejé entrar; en ese verano de Cataluña, de lazos amarillos, que no fue nada y al mismo tiempo lo llenó todo.

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Alba Aragón Álvarez

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