Amanece con… Ildiko Nassr

Este viernes amanece en nuestra metrópolis particular la microrrelatista Ildiko Nassr, nacida en Río Blanco, Jujuy, Argentina, en 1976. Ha publicado libros de poemas (Reunidos al azar, 1999; La niña y el mendigo, 2002; y en coautoría Ser poeta, 2007), de cuentos (Vida de perro, 1998) y de microrrelatos (Placeres cotidianos, 2007 y 2011; Animales feroces, 2011: Ni en tus peores pesadillas, 2016; Placeres cotidianos, colección breves y extraordinarios, 2017; Los hermanos mayores, 2017; Hilos dorados, en coautoría, 2017; y Urgencias, disimulos y rutinas, su libro más reciente, de este mismo año). Sus microrrelatos han sido incluidos en las mejores antologías y recopilaciones de microficción hispanoamericanas.

La autora ha tenido la deferencia de querer compartir con Amanece Metrópolis los siguientes microrrelatos, cuyo carácter de inéditos le agradecemos especialmente:

PECES

-Hay que hacer un bollito con la masa y cubrir todo el anzuelo, porque si no los pescados se dan cuenta y no pican.

La niña le explica al cuidador que es un experto en temas de caza y pesca. Él quisiera corregirla. Decirle que mientras están en el agua son peces, pero la escucha atentamente.

Ella ha sacado quince sardinas en una hora y él sólo dos. Definitivamente, tiene magia. Le había preguntado cuál era su secreto y ella comenzó una larga explicación sin sentido. Quisiera callarla. Sería muy fácil quebrar ese cuello tan frágil y desmembrarla. Le sacaría las vísceras como a los pescados que los dueños de las casas le daban a limpiar. Eran muy ricos para ensuciarse las manos ellos mismos. Y pagaban para que alguien más hiciera el trabajo sucio.

¿Cuánta sangre habrá en ese cuerpito?  Tiene el delantal puesto, así que lo que salpique lo podrá limpiar fácilmente. El resto se mimetiza con la sangre de los pescados. Nadie extrañará a una mocosa fastidiosa.

Mientras se acerca a ella, con sus intenciones claras, la niña detiene su persona y lo mira fijamente. Es considerable la diferencia de altura entre ambos. Las manos curtidas se acercan al cuerpecito cuando ella grita: mamá, viniste a buscarme.

PUENTES

Sale a caminar cada mañana. Cuenta su recorrido por los puentes que atraviesa. La ciudad se ha llenado de puentes que unen las dos orillas de un río seco. Sólo en verano (que es temporada de lluvias) el agua arrasa con todo a su paso.

La mujer camina y escucha conferencias de autoayuda con auriculares. Se ríe sola ante las ocurrencias de quienes dan instrucciones para la vida. Se ha propuesto aprender algo nuevo este año. Se apuntó a un curso exprés de cocina, donde enseñan a descuartizar a un pollo. No utilizan esa palabra, pero a ella poco le interesa el vocabulario específico. Si mata a su esposo, debe deshacerse del cadáver y el cuerpo de un pollo sería como el de ese hombre a escala. El trabajo será mayor, pero las mismas técnicas.

Camina, escucha y planifica. Recuerda al artista que le sugirió que a los cuarenta hay que aprender algo nuevo y sonríe. En verano será la celebración, cuando la temporada de lluvias lave todo.


CEGUERA

JLB in memoriam

Extraña la oscuridad, la ceguera para él no es esa perfección oscura que todos imaginamos. Es como estar en una sala de interrogatorio con una luz blanca sobre la cara. El último de los colores que había podido distinguir fue el amarillo. El amarillo que le recordaba las comidas de la infancia, el arroz con azafrán; los campos de girasoles, los atardeceres. Pero también las enfermedades, el vómito, la fiebre tenían ese color. Estar ciego es como estar enfermo. Se pierden los sentidos y se exagera la propiocepción, que es la capacidad para moverse en un determinado espacio como si se lo conociera de memoria. Propioceptivo, se dice, y piensa que sería una buena palabra para describirse y presentarse ante algún desconocido que conozca en una reunión. La palabra ciego le recordaba a los pastizales recién cortados, a las cosechas y a los campos devastados.

LA DIFÍCIL

Piensa que el mantel llega hasta el piso y se saca los zapatos. Juega con sus pies en el piso frío. Está convencida de que nadie la ve pero no es así. El hombre de la tercera fila no le quita la mirada y siente una fascinación enfermiza por esos pies desnudos sobre la piedra. Ella brinda su conferencia de manera brillante y sin dubitaciones. El hombre se acerca a felicitarla al final y le propone continuar con un brindis en su habitación. Sabe que ella ha viajado sola hasta esa ciudad que es desconocida para ambos. Es una experta en la materia y él viajó para conocerla y quedó fascinado. No puede sacarse la imagen de sus pies desnudos mientras intenta sostener una conversación que la seduzca. Se imagina cortando con la sierra esos pies y sometiéndolos a diversos procedimientos para conservarlos. Se imagina una lamparita con esos pies en su cuarto. Sabe que no se detendrá hasta conseguirlo. Peor para ella si se hace la difícil.


Ana Fúster

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