Amanece con… Esteban Dublín

En nuestro amanecer de este viernes nos acompaña Esteban Dublín, nacido en Bogotá, Colombia, en 1983. Ha publicado los libros de microrrelatos Preludios, interludios y minificciones (Adéer Lyinad, 2010), Tácticas contra el olvido (TBWA Colombia, 2014), Las narraciones alternas (Micrópolis, 2017) e Historias de camiseta (Micrópolis, 2019), este último como compilador. También ha escrito un libro infantil, El dragón que no podía volar (2018). Sus microrrelatos han sido seleccionados en diversas antologías del género, en diarios y revistas de interés cultural y premiados en diferentes concursos en Argentina, Chile, España y Colombia. Cuando no escribe microficción es publicista y su verdadero nombre es Daniel Ávila.

Esteban Dublín ha querido compartir con los lectores de Amanece Metrópolis una selección de su obra, que también puede seguirse en su blog Los cuentitos de Esteban Dublín:

Lilibeth

Recuérdalo: en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe. En la riqueza será sencillo: podremos tener cinco hijos y reinvertir todo el dinero que nos sobra en futuros negocios para ser cada vez más ricos. En la pobreza, claro está, no tanto: será más difícil establecer un patrón económico que nos permita adecuarnos al estilo de vida que soñamos. Quizá discutamos mucho, pero no podemos permitir que las tinieblas opaquen este hogar. En la salud, sin duda, sencillísimo: estaremos vitales el uno para el otro sin más preocupación que salir de la rutina a partir de actividades que estimulen nuestra imaginación. En la enfermedad, en cambio, toda una desgracia: tú o yo cuidando del otro sin un afán distinto al de desaparecer para descansar del olor a fármaco y comida de hospital. Lo menos importante es el tema de la muerte. De allá ya volvimos juntos una vez y no nos separó.

Siete

Cuando se oculta la luz y las luciérnagas deben cumplir su rol, me filtro entre las sombras. Soy la gata que se cuela por tu ventana, la felina que vigila tus movimientos, la minina que se duerme al lado de tu silencio. Siete veces me has matado y siete veces he surgido de entre las tinieblas para regresar sigilosa a las sábanas de las que me destierras. Pero no vayas a creer que vuelvo porque te considero imprescindible. Retorno con el objetivo de preservar mi especie ante tu manifiesto deseo de extinción. Así que ten cuidado, porque ya conozco tu plan para eliminarme por octava vez. No te saldrá. Yo, desde un décimo piso, puedo caer de pie sin el más mínimo rasguño. Vamos a probar si puedes hacer lo mismo.

La costumbre

En las mañanas, después de levantarme y dirigirme a la cocina, aún pongo dos cacerolas y en cada una, dos huevos para fritar. Preparo dos vasos de jugo de naranja y dispongo dos platos para poner las tostadas. Sirvo en la mesa sobre cada uno de los dos individuales y te grito de cara a la habitación para que pases a desayunar. Demoras uno, dos minutos, pero no respondes. Te insisto. Luego recuerdo que te has ido. Mastico con desgano el huevo frito de mi plato y observo con dolor cómo se enfría sin compasión el del tuyo.

Carrera de caparazones

Los días eran felices en la casa del abuelo. Cada sábado, sin falta, llegaba corriendo a buscar los caracoles que se trepaban por el inmenso árbol plantado en la mitad del patio. Solía tomar dos de ellos, ponerlos en el suelo y trazar una línea de partida y otra de llegada. Los ubicaba en posición y cuando los soltaba, me recuerdo arengándolos para que ganaran una competición que podía durar horas. Una tarde, después de llegar del sepelio del abuelo, regresé. Descubrí que habían dispuesto una barbacoa en lugar del árbol y mientras caminaba, escuché como el crujir de una hojarasca. Retrocedí y observé que en realidad había pisado el caparazón del que podría ser el último caracol de ese patio. Me acurruqué para verlo y volví a gritarle como antes. «Vive, por favor», le decía. «Vive».

Objeto del misterio

Cada vez que mi hermano menor recibía un regalo, lo desbarataba para saber de qué estaba hecho. Lo recuerdo sacando la espuma de sus peluches, rompiendo sus carritos, destejiendo su ropa nueva. En mi papel de hermano mayor, siempre le advertía que alguna vez las cosas le cobrarían venganza. Sin embargo, él continuó perfeccionando cada vez más sus técnicas de destrucción con elementos más sofisticados: cámaras, ordenadores, electrodomésticos. Una noche, mientras descomponía una lavadora nueva, desapareció. Mi madre, después de años de llanto y de búsquedas fallidas, se niega a venderla.

Ana Fúster

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