Amanece con… David Figueroa

En esta ocasión compartimos amanecer con David Figueroa, colombiano residente en Barcelona, nacido en 1976, que se autodenomina nihilista con sentimientos. Arquitecto de formación, trabaja diseñando portadas de libros y camisetas en su tienda Bàsic Barcelona. Escribe menos de lo que quiere, no ha publicado ningún libro y no se siente cómodo escribiendo semblanzas. Pero si te pasas por su tienda, es posible que te cuente su vida mientras compartís un par de cervezas.

Os dejamos con los microrrelatos que el autor ha seleccionado para los lectores de Amanece Metrópolis.

Cinta de Gauss

Y yo, iluso, no me daba cuenta de que cuando ponía punto final tú añadías, como quien no quiere la cosa, otros dos puntos a su lado. Muy cerquita, sin espacios.

Arrullo

Lleva horas durmiendo en su cunita como un ángel, debe ser que lo arrulla el leve crujir de la viga de la que cuelga su padre.

Horror en la casa embrujada

Camila sabrá lo hace, pero a mí no me parece que entrar en la casa embrujada sea una buena idea. Quiero ir a contarles a sus padres  lo que va a hacer, pero los amigos de Víctor me detienen, ellos también le temen.Después de un rato jugando al escondite aparece Víctor que, sonriente, se pierde entre su séquito vitoreante. Un momento después sale Camila, con la mirada perdida, caminando lento. La acompaño a casa, en silencio y, en la puerta, le pregunto qué pasó en la casa embrujada. Conteniendo las lágrimas me susurra al oído, los fantasmas no existen.

Me invadió un inexplicable deseo de volver a casa, eché a correr y llegué volando. Abrí la puerta, la saludé como siempre, hola cariño; ella, reunida con sus amigas galácticas al rededor de la mesa, tardó en responder sin girar la cabeza con la pregunta, Santiago, estás aquí. Yo me acerqué a la mesa y le dije, sí, cariño. Y me quedé como hipnotizado, viendo cómo la copa iba de la ese a la i.

Huellas

Estás parado frente a la puerta de tu piso, buscas la llave, la introduces lentamente en la cerradura, algo te dice que no la gires pero te parecen ridículos los presentimientos, abres la puerta suavemente, ese temor infundado va in crescendo. Sabes que no puede haber nadie en casa, tu mujer está trabajando y Martinita… prefieres no pensar en ella, desde hace más de dos años no piensas en ella, como si nunca hubiera existido, y cuando Marcela quiere ayudarte a superar la pena, cuando quiere que ambos la superen juntos tú te encierras más en ti mismo y agravas la crisis en la que está sumido tu matrimonio, y te vas, casi encantado, a tus viajes de negocios. Como el último de diez días del que acabas de llegar.Enciendes las luces del pasillo y te parece que el parquet brilla de manera inusual, avanzas, ignorando la habitación de Martina, hacia la cocina, los fluorescentes te muestran lo reluciente que está, parece nueva, abres el horno que aún siendo recientemente utilizado está igual de impoluto que el resto y además contiene una bandeja con tu comida favorita, lasaña. Ahora no tienes hambre, sólo quieres darte un buen baño, largo, con espuma. Dejas la comida en el horno y te encaminas a tu habitación pasando por el salón donde no percibes ni una sola mota de polvo, no reconoces el juego de cama, tal vez sea nuevo, piensas que Marcela debe tramar algo, hace mucho tiempo que no veías tanta limpieza, que no respirabas tanta limpieza en tu casa,  sueltas la maleta, te quitas la chaqueta y la cuelgas en tu armario perfectamente arreglado, te empiezas a desvestir mientras entras en el baño y tus ojos se centran en las juntas de las baldosas, más blancas que cuando estrenaste el piso, tanta pulcritud te empieza a mosquear, abres el grifo de agua caliente y mientras se llena la bañera el vapor llena el cuarto de baño, tu mirada se siente atraída por algo ajeno a tanta limpieza, una huella en la esquina inferior izquierda del espejo, la huella de la mano derecha de Marcela marcada, muy marcada a unos quince centímetros de la encimera, al final de una estela donde se marcaron con fuerza sus cinco dedos en un recorrido de unos cuarenta centímetros.Cierras el grifo y te centras en la huella, te parece una posición más que extraña, y empiezas a cavilar, intentas poner tu mano en la posición final de la mano de Marcela en el espejo,  te agachas pero la encimera no te lo permite, pones tus piernas rectas y doblas tu cuerpo hacia adelante, ¡Bingo! Ahora tu pulso va a millón, como tus pensamientos, te alejas un poco para imaginarte la escena desde una buena perspectiva, la puedes ver en la posición que acabas de imitar con la mano izquierda en el pomo de la puerta, ves también a un hombre, sin rostro, no le puedes poner cara, no sospechas de nadie con quién te pueda estar engañando, se te encharcan los ojos cuando observas cómo la agarra por las caderas y la embiste con violencia, una y otra vez, mientras ella suelta alaridos de placer, sales corriendo hacia la habitación, dando un portazo. Sigues oyendo los gritos y los gemidos y te llega incluso el olor de su coño mojado, gritas, lloras, te mandas las manos a la cabeza, te tiras de los pelos y te derrumbas sobre el suelo inmaculado, lloras como un crío y, de repente, te levantas con una espeluznante determinación. Buscas en lo alto del armario tu revolver, lo cargas, vas al salón con el arma en la mano y te devuelves a tu habitación, repites el ejercicio muchas veces, la determinación mengua, te sientas lentamente en la cama sin dejar de empuñar el revólver, miras el reloj, sabes que está por llegar, tiemblas, tienes frío, no quieres que ella venga, deseas con todo tu ser que te haya abandonado, pero el inconfundible sonido de los goznes sin aceitar llega fatídico a tus oídos, presagiando el largo y tortuoso camino de Marcela por el pasillo.  

Ana Fúster

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