Dios, la palabra: un comentario sobre Edmond Jabès

Hay, entre dos silencios, también dos verdades: la del poeta y su lector, el hombre y el otro hombre, el hombre y su Dios, el poeta y su Dios.

Jabès, judío y escritor, no un escritor judío.[1]JABÈS. Edmond. 2000. Del desierto al libro. Entrevista con Marcel Cohen. Madrid: Trotta, p. 83 Sin embargo, todo poeta es judío, caminante, anfitrión en tránsito, arrendado por la ansiedad. Y si el judío está en camino, recorriendo las vías de la hospitalidad, es porque está buscando el encuentro con el otro. Un encuentro, porque el habla, si ha de formular una verdad, será silenciosa.
Su camino es el de la universalidad del acto de escribir, y por lo tanto se adhiere a una particularidad muy específica: el judaísmo es la fuente y el final de lo escrito, origen y propósito de toda escritura.

Mi exilio, de sílaba en sílaba, me ha llevado hasta Dios, el más exilado de los vocablos[2]JABÈS, Edmond. 1990. El Libro de las Preguntas, Vol. I. Madrid: Siruela, p. 254 Dios es para Jabès la metáfora del vacío, inventado por el pueblo judío, según él, para que la humanidad elevase su pensamiento hasta lo impensable y llevar cada vez más lejos la extensión de sus poderes.[3]JABÈS, 2000, Op. Cit, pp. 81-82

Igual que el Talmud, el trabajo de Jabès no es más que un constante preguntarse. Como él, nace con el desarraigo de Egipto y, como la Biblia, su escritura nace del exilio. Si la palabra es tal como leemos en Jabès, es porque el poeta ya no pertenece a la raíz. Porque la cultura en la que había descansado hasta entonces se ha resquebrajado.

Vocablo exilado, porque debemos distinguir entre las palabras del libro y la palabra hablada, y tal vez, sólo tal vez, la palabra del libro sea la forma de distinguir la palabra hablada.

Vocablo: palabra rechazada por los escritores y aceptada sólo por los lingüistas, durante años.

La palabra palabra para designar tanto la palabra del libro como la hablada. En silencio, absolutamente silencioso, como la diáspora, como la que usamos para un compromiso. El poeta (y) judío que pierde su lugar, en palabras de Lévinas[4]LÉVINAS, Emmanuel. 1976. Noms Propres. Paris: Fata Morgana, p. 73, lo que hace presente la apertura, el espacio. Lo que hace surgir el vocablo Dios, no como una cita -Dieu-, sino como d’yeux.[5]Ibíd., p. 74

Como el ojo.

La palabra del poeta tiene ojos de soledad y certeza, tan enterrada en su noche que apenas es audible para uno mismo. Y ese silencio tan solo, ese silencio de lo esencial porque es palabra de nuestra finitud, palabra sacrificada. Martirio de las palabras, jeroglífico de gritos, a decir de Nelly Sachs.[6]SACHS, Nelly. Viaje a la transparencia. Obra poética completa. Madrid: Trotta, p. 193

Para Edmond Jabès, cada palabra judía es un desierto, enterrado en las profundidades de la arena, árida, desnuda y desolado. Hablar esta palabra es hundirse en el silencio de lo inaudible y lo incomprensible. Hablar es estar en silencio y escribir es no dejar ninguna inscripción, ninguna marca, ningún rastro.

Cada palabra en él expira, agonizando. Sin embargo, sigue siendo “inmortal”, ya que a pesar de la agonía, la palabra y la escritura continúan siendo transmitidas. Como si, para Jabes, fuera la misma transmisión, imperecedera, perpetua y eterna, que se transmitiera sin captar su contenido real. Porque es dentro de la desinversión que la palabra judía pasa y se da a leer.

El secreto de la transmisión es, de hecho, la desinversión, la desposesión, el abandono de una palabra, tan oscura como realmente es. Tal vez sea la opacidad de una palabra la condición misma de su transmisión, de su don. Quizás incluso el que pronuncia la palabra y la palabra es uno. Hermanos de las mismas personas que se encuentran después de haberse perdido.

El vocablo es un pueblo entero.

Y la palabra judía, que desemboca en Dios mismo, está construida sobre la vacilación y la ansiedad, en tanto es indescifrable, ilegible e indescriptible como el nombre divino. Así es la palabra cuando pertenece a la palabra judía. Juntas, permanecen, para siempre, misteriosas y extrañas en este mundo.

Mi exilio, de sílaba en sílaba, me ha llevado hasta Dios, el más exilado de los vocablos

El desierto le ha revelado el mundo, le ha revelado a Dios.

Y si la palabra “judío” y la palabra “Dios”, tan a menudo, se incluyen en su escritura es porque, inexorablemente, se relacionan con la idea del éxodo y la idea del exilio como movimiento justo, en palabras de Blanchot.[7]BLANCHOT, Maurice. 1969. L’Entretien infini. Paris: Gallimard, p. 183

Lo judío, inscrito en el desafío que supone una búsqueda de la identidad, la duda y la incertidumbre, se debe a la palabra, al silencio, la arena y el polvo.

¿Dónde podemos ser más profundos en nosotros mismos que en las profundidades de nuestra soledad? La metáfora del desierto nos envía de vuelta a un doloroso y magnífico vacío, a la nada, al blanco que nos queda.

Una vez que el libro fue transmitido por completo, Moisés guardó silencio. Y es en ese silencio en el que el judío reconoce. Aquel en el que la pregunta toma forma, sobre una base que contiene apenas unos jirones de verdad.

¿Cuál es la pregunta si no es un abismo del habla? Por eso cada uno de sus versos, cada palabra en cada uno de sus poemas, es un enigma que traza el camino del Sinaí al exilio, que renueva la palabra, tal vez indescifrable si no es detrás de su blanco, de sus silencios y los espacios que separan esas palabras.

Porque nada más que el silencio y el desierto califican la obra de Jabès: silencio y desierto del Libro, perdido y encontrado; silencio y desierto de confianza, silencio y desiertos de interpretación mística, de discurso dialógico; silencio y desierto de Dios, al que el poeta reemplaza, como el Talmud. Otro silencio, el de la palabra de los Sabios. De él no puede hablarse como un paisaje, nos dice Jabès[8]JABÈS, Edmond. 2002. Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato. Barcelona: Galaxia Gutenberg, p. 119, ni como un lugar, y son esta suerte de ausencias las que le otorgan su realidad.

Si el desierto es para Jabès la primera experiencia de lo Divino, ¿no es por la sed y la soledad que inflige sobre los hombres? ¿No es su aridez su propia densidad?

Sed de la presencia de Dios y la del otro. ¿Y cómo apaciguar la sed de Dios y la de otros hombres, sino componiendo, leyendo y escribiendo las palabras vinculantes? Palabra que ama y transmite al “otro”, garantizando la palabra de su existencia. Lo que nos lleva, en camino, hacia el final, hacia el vocablo más exilado. A la imagen misma de Dios, a decir de Chalier.[9]CHALIER, Catherine. 1982. Judaisme et altérité. Lagrasse: Verdier, p. 145

Lo que Jabès, el poeta de lo judío y de la lengua francesa, es una experiencia universalizable, que concierne al destino de la especie humana y está en el corazón de lo humano. Es esta alternancia entre la especificidad judía y la universalidad, entre lo individual y lo universal, esta dialéctica entre proximidad y distancia, la que transforma en auténtica su poesía.

Título: El libro de las preguntas
  • Autor/es: Edmond Jabès
  • Editorial: Siruela
  • Nº de páginas: 896
  • Encuadernación: Cartoné

Referencias   [ + ]

1. JABÈS. Edmond. 2000. Del desierto al libro. Entrevista con Marcel Cohen. Madrid: Trotta, p. 83
2. JABÈS, Edmond. 1990. El Libro de las Preguntas, Vol. I. Madrid: Siruela, p. 254
3. JABÈS, 2000, Op. Cit, pp. 81-82
4. LÉVINAS, Emmanuel. 1976. Noms Propres. Paris: Fata Morgana, p. 73
5. Ibíd., p. 74
6. SACHS, Nelly. Viaje a la transparencia. Obra poética completa. Madrid: Trotta, p. 193
7. BLANCHOT, Maurice. 1969. L’Entretien infini. Paris: Gallimard, p. 183
8. JABÈS, Edmond. 2002. Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato. Barcelona: Galaxia Gutenberg, p. 119
9. CHALIER, Catherine. 1982. Judaisme et altérité. Lagrasse: Verdier, p. 145
Daniel Arana

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