Un día cualquiera

Luis Villa del Campo - Flickr Creative Commons
Luis Villa del Campo – Flickr – Creative Commons


 Cierro la puerta tras decir adiós. Despedirse es importante, ayuda a separarse y a saber que mamá va a volver. La casa está vacía. En silencio. Respiro hondo. Lo saboreo. Cuánto echo de menos esta calma… Tengo que ducharme y aprovechar el rato que me regala mi mejor amigo. Hacer la cama. Poner una lavadora. Fregar. Recoger. Sobre todo, recoger. Libros, puzles, animales en formatos varios y muchas migas de pan. Nunca he barrido tanto mi casa. Aprovechar –pienso–, aprovechar es poder dedicar un rato a escribir, no limpiar la casa. Así que dejo que gane ese yo que quiere volver a ser quien era y corro a por el portátil. Ocho líneas después, llega la culpa: has gastado ya nueve minutos, te quedan cincuenta y uno y un montón de cosas que hacer. Luego no podrás hacerlas y te agobiarás. Tiene razón, en mi casa de cuarenta y cuatro metros cuadrados, el desorden crece de forma exponencial en un abrir y cerrar de ojos. Y, aunque soy una experta en dejarlo todo tirado, en realidad, necesito un poco de orden a mi alrededor para poder sentirme bien. Ay. Si no es sólo que me apetezca escribir porque lo disfruto, es que tengo que entregar un artículo esta semana. ¿Otra vez? ¿No te has dado cuenta ya de que no puedes hacer todo lo que hacías? La culpa otra vez. Línea dieciséis y diecisiete minutos gastados. Ahora sí que tengo que levantarme. ¿Qué es lo más urgente? Ducharte, primero ducharte. Que hoy puedes lavarte el pelo. No tienes que luchar contra un enano de setenta y cuatro centímetros que juega con la cortina y termina empapado. Pero suelta ya el portátil, que eso no le interesa a nadie. 

(…) 

Me quedan diez minutos y no me resisto. Tengo que apuntar que recuerdo haber leído que el orden es bueno también para las criaturas: mejor que no tengan demasiados estímulos para su frágil atención. Y entonces pienso en el artículo que leí ayer en diagonal: mientras los gurús digitales crían a sus hijxs sin pantallas, lxs de la gente más pobre viven pegados a ellas; y seguro que también tienen casas más desordenadas y menos Montessori. La culpa también es desigual. Pero había tenido otra idea mientras me duchaba… Y es que ahora sólo pienso en pequeños momentos como ése, porque me paso el día meditando. Es decir, con la atención plena puesta en esos setenta y cuatro centímetros que ya casi corren y llegan mucho más alto de lo que parece. Lo malo es que la mayoría de ideas las pierdo, mi memoria sigue fallando y no tengo tiempo para apuntarlas. Ésta también se me ha ido… Claro, es que te quedan seis minutos y no le has preparado nada de comida, que la teta ya no es suficiente y está pequeño. Mierda, la culpa vuelve en la línea treinta y dos y ya he gastado otro minuto. 

(…) 

Conseguí coger algo de comida y llegar sólo dos minutos tarde a recogerlo. Olvidé, sin embargo, los baberos y no suelo llevar pañuelos de papel en el bolso. Resultado: niño con mocos secos en la nariz y otros nuevos colgando. Culpable otra vez en la línea treinta y siete. Trayecto de quince minutos en autobús, un recado de curro para aprovechar el viaje y ya estamos en nuestra clase de gimnasia de postparto –ya podría hacer actividad física “normal”, pero en “lo normal” no admiten niñxs–. Una hora en la que una hace lo que puede para volver a tener un cuerpo parecido al de antes. Y no sólo por fuera, que también, no os voy a mentir; sino, y sobre todo, por dentro, que no se ve, pero es lo más importante. Vivan los hipopresivos. Hoy acabamos pronto la clase: la profe nos cuenta que la bebé de una compañera ha nacido muerta y todo se vuelve insignificante. Cosas que no suelen pasar, pero pasan. Cosas de las que no se habla. Y si algo no se nombra, ya sabemos, no existe. Y si tu bebé no existe, ni siquiera en el lenguaje, qué puedes hacer. Así que, aunque había borrado estas líneas, las vuelvo a escribir: al menos, hemos de nombrarlo. 

El olor que llega del pantalón es inequívoco, tengo que cambiarle el pañal. Al momento me he olvidado de todo lo que no sea conseguir que no se manche las manos de caca. El llanto cotidiano al vestirle o desvestirle se vuelve desconsolado porque he tirado la cáscara de un plátano a la basura. Y la quería, claro. Meterle en la silla de paseo no mejora las cosas. Pero a estas alturas ya sé que lo que le pasa es que tiene sueño y estoy en un espacio en el que nadie me va a mirar mal porque mi bebé llore. Consigo salir y a los cinco minutos se ha dormido.  

(…) 

La siesta es de las buenas: puedo comer con su padre sin interrupciones e incluso tener un rato de sofá y conversación. Aunque no podemos disfrutarlo mucho, porque hoy llega un nuevo miembro a la familia que esperamos nos revolucione la vida: ¡un lavaplatos! Una sabe que es mayor cuando le emocionan este tipo de cosas. El último curso que di tenía una motivación secreta: ganar algo más de tiempo gracias a una máquina. Después de cruzar los dedos para que el timbre no acabe con la siesta, con la excusa de oír si el bebé se despierta, huyo de los instaladores para seguir escribiendo, aunque el único espacio libre es el cuarto de baño y acabo sentada con el portátil en la taza del váter. Muy simbólico, ésta es tu nueva habitación propia. Y da las gracias, que habitualmente, ni allí puedes estar sola. Pero la intimidad dura poco, el peque me reclama y es mi oportunidad para que mame; enseguida me tengo que ir a currar y, si no, mis tetas acabarán hinchadas y doloridas.  

(…) 

Me marcho oyéndole llorar, pero ya sé que se le pasa enseguida y la culpa aparece apenas un segundo y se va. Más culpable me siento de pensar que ir a trabajar es un descanso. Pero es que es mucho más agotador estar con el bebé. Sé que puedo decir esto porque soy una privilegiada: me gusta mi curro. Pero también es verdad que los cuidados no se consideran trabajo y lo son. 

Cuatro horas y quince minutos más tarde estoy de vuelta. Mientras camino por la calle, me debato entre desear que ya esté dormido o encontrarle aún despierto. La respuesta depende del día. Hoy ha sido un día fácil, así que preferiría verle un poco más. Cuando abro la puerta, oigo unos pasitos que se acercan. Sentada en el suelo para estar a su altura, espero con ganas esa cara que se ilumina al verme. Nunca nadie me volverá a recibir así y no sé cuánto durará. Mientras su padre me cuenta qué han hecho esa tarde, yo me pregunto cómo he podido pasarla sin él. La culpa regresa con fuerza en la línea setenta y ocho. 

Son más de la nueve de la noche y se cae de sueño, así que no me llevará mucho dormirle. Aun así, cuando termino de darle de mamar y consigo que me deje ir sin  despertarse, son ya más de las diez. Una cena rica me espera en la mesa. Menos mal, tengo un hambre voraz. Quisiera seguir escribiendo, pero el cocinero, con razón, me reclama algo de atención. Me soborna, además, con un trozo de bizcocho para que le acaricie los pies. No vale, sabe que ahora el dulce es mi perdición. Un capítulo de serie más tarde, nos despertamos en el sofá. Apagamos las luces y nos vamos a la habitación. Los setenta y cuatro centímetros atraviesan la cama junto a la almohada. Lo recoloco y protesta. Teta otra vez. No falla. Ni para dormirle a él ni para dormirme yo. Buenas noches. 

*** 

Cuando me enamoro, mis amigas me aguantan porque me quieren: soy una pesada, todo el día hablando de lo mismo, todo el día contándolo como si fuese la primera vez; y sin embargo es fácil encontrar las palabras: tantas novelas, poemas, películas, pintadas, canciones… Cuando eres madre, te ocurre algo similar, pero es difícil ponerle palabras. La narración de la experiencia materna escasea; también las interlocutoras atentas. Tan sólo encuentro algo de literatura en primera persona y la devoro. Las experiencias de otras me acompañan tanto… La soledad, la ambivalencia, la culpa se vuelven emociones compartidas y pesan menos. Por eso esas líneas de ahí arriba. Quizás no le importen a nadie, quizás acompañen a alguien. 

Irene Choya

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